Lo que se rompió en aquel verano 15Lizzy
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Lizzy

La música de Oliver es dulce y atrapante, intensa como el sol y suave como una caricia.

Lo que más me impresiona es la pasión que desborda al estar haciendo lo que ama.

El gesto en su rostro y su sonrisa son la viva imagen de la felicidad.

Es cosa de mirarlo y pensar que no podría hacer nada mejor, pues esto es lo suyo, lo que lo consume y de lo que está hecho.

Es algo que destaca y sorprende porque por desgracia, hay pocas personas apasionadas en el mundo y conectadas consigo mismas.

En cambio, la normalidad es lo que abunda.

Por eso no puedo dejar de mirarlo, porque es como un espejo propio.

Sentado en un taburete, mientras canta con su voz rasposa y toca el ukelele sobre la pequeña tarima de madera que funge como escenario en esta rústica cafetería-bar en el centro de Paia, las personas charlan y ríen animadas en las mesas bajo un techo de paja a la hora del crepúsculo de este lunes.

La mayoría son turistas y locales que ya sea de paso o después de una tarde de surf o de yoga con amigos, buscan cenar en un sitio acogedor y con buen espectáculo.

Las plantas esparcidas en maceteros y las guirnaldas de luces decoran el lugar.

Oliver me sonríe fugazmente. Yo le sonrío de vuelta.

Y así, mientras me termino los tacos de pescado y la limonada de lavanda, las dos horas siguientes se pasan en un parpadeo.

Cuando me doy cuenta, otro músico sube a la tarima para terminar el resto de la jornada y Oliver se sienta conmigo.

Luce un poco cansado. El sudor brilla en la piel morena de su cuello y sus hombros, pero es evidente que lo ha disfrutado al máximo.

Su buen humor permanece cuando una mesera toma su orden.

Según explica, siempre pide lo mismo al final de cada presentación: una cerveza fría y una hamburguesa con papas fritas.

Por mi parte, yo pido otra limonada. Todo aquí está buenísimo.

—Has estado fantástico, Oliver.

Él sonríe, complacido.

—La verdad es que aún me falta mucho por mejorar, pero voy bien.

—Bebe un buen trago de su tarro de cerveza y luego se limpia con una servilleta—.

Aquí trabajo todos los días entre semana y a veces también los sábados.

Solo los fines voy a ciudades cercanas. Me gusta este ritmo, este presente. En el futuro, ya se verá.

Me río entre dientes.

—Tú siempre tan modesto. —Animada, sacudo la cabeza y lo veo engullir con ganas un bocado de su hamburguesa—.

Y nada, creo que ahora comprendo lo que me dijiste el otro día, sobre la definición de éxito de cada uno.

La sociedad nos vende la idea de que debemos ser grandes estrellas, pero a veces podemos conseguir el mismo placer haciendo lo que amamos en un pequeño y paradisíaco pueblo de Maui, ¿no es así?

Él asiente con gesto pensativo. La música de fondo inunda nuestra conversación.

—Seguro, pero lo otro, como dije, tampoco está mal —repone antes de relamerse una de las comisuras de la boca—.

La cosa es que debemos descubrir qué es lo que queremos hacer con nuestra vida y sobre todo, cómo queremos vivirla.

Es igual de importante. Creo que a eso se reduce todo.

Por eso la gente debería empeñarse en descubrirlo. Cuanto más pronto, mejor. Tú lo sabrás.

—Una frase estelar —señalo con ánimo.

Los segundos transcurren lentos. Luego lo escucho carraspear antes de hablar.

—Pero por cierto, hay algo en lo que he estado pensando en estos días —dice como quien no quiere la cosa—.

No has mencionado a Luca en ningún momento, y eso es muy raro.

No sé, me sorprende que aún no le hayas avisado sobre tu regreso.

Ustedes siempre han sido de lo más cercanos, y supongo que sigue siendo así, ¿no?

De pronto mi pecho se tensa.

—Pues, sobre eso…

Las palabras se silencian en mi garganta. Él espera y yo sigo sin saber qué decir. Y creo que Oliver se percata de lo que sucede.

—Algo pasó entre ustedes, ¿verdad? —Deja de comer y le da un trago lento a su cerveza, quizá para darme tiempo de ordenar mis propias ideas—.

No sé qué es lo que haya sucedido, Luca nunca me ha contado y yo tampoco se lo he cuestionado, pero lo sospecho desde hace tiempo. Sí, soy un poco observador, ya sabes.

Aprieto los labios.

—Es complicado.

—Pero vaya, no quiero ser entrometido, y de hecho no es necesario que me expliques nada.

—Oliver apoya los codos en la superficie de la mesa, junta las manos y pasea la mirada por los rincones del sitio—.

Tal vez son cuestiones privadas y lo entiendo.

Solo quise mencionarlo para no equivocarme.

Quiero decir, ya no hablo mucho con él, nos hemos distanciado un poco, por las rutinas y todo eso, así que no quiero que se me escape algo que resulte comprometedor. Solo es por esa razón.

Lanzo un suspiro tendido. Clavo la mirada en los hielos que flotan en mi limonada y dejo de percibir los estímulos de mi alrededor.

Trato de encontrar la respuesta en mi interior, sin éxito.

No puedo definirlo, ya que nunca hubo una ruptura.

¿Cómo explicar la herida que nunca sucedió? Al final alzo la mirada.

—Sinceramente, no hay manera de explicar esto, Oliver.

—Aún ahora, duele hablar sobre este tema—.

En realidad, Luca y yo nunca tuvimos ningún problema.

Después de la muerte de Keanu y Martha, incluso a la distancia, yo estuve con él, al igual que todos y tal vez un poco más.

Pero no lo sé, pasó el tiempo y empezamos a distanciarnos.

Nuestra comunicación dejó de ser tan frecuente y de repente, dejó de existir.

De hecho, han pasado casi dos años desde la última vez que nos escribimos.

Oliver entreabre los labios, sorprendido.

Supongo que esperaba otro tipo de explicación.

—Nadie lo sabe, quizá solo Henry lo sospecha un poco —añado como si fuera cualquier cosa antes de tomar otro sorbo de limonada—.

Pero vaya, esto ya no tiene tanta importancia, al menos no la que tuvo en su momento.

La vida cambia, las personas cambian y no podemos hacer nada contra eso.

Entonces… ¿debería cambiar mis tacos de pescado por esa hamburguesa?

Se ve muy buena. Por cierto, sigo sin entender qué tienes contra el poke .

Oliver parpadea y trata de sonreír. Sé que ha entendido mis intenciones.

—No lo sé, creo que soy la excepción a la regla como habitante de este pequeño pueblo: no me gusta el surf ni el yoga, y tampoco soy adicto al poke . De los tacos de pescado no diré nada. Son buenos, pero no los prefiero.

—Pues tú te lo pierdes —sonrío.