Lo que se rompió en aquel verano 13Lizzy
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Lizzy

Ya es domingo. Llevo cinco días en Paia, pero aún no he sido capaz de escribir ni siquiera mil palabras.

Con la paciencia agotada, cierro la tapa de la laptop con cierta frustración.

Al contrario de lo que ocurría en mi etapa adolescente —en la que escribí mucho entre los catorce y los diecisiete—, en los últimos cinco años apenas he logrado concluir una novela y otra que he dejado a medias, la misma que he decidido retomar.

Si recapitulo, desde marzo del año pasado cuando comencé esta última obra y la abandoné al poco tiempo, no he escrito más allá de textos cortos.

Casi nada, pero ahora comprendo que incluso cuando casi lo abandoné, nunca se extinguió la necesidad de soñar, de crear.

Por esto mismo en el fondo me compadezco un poco.

Volver al ruedo no será tan simple. Es más que lógico que aunque todo se haya acomodado en mi propio caos, ahora esté un poco oxidada.

Lanzo un suspiro pesaroso.

Después de haber ayudado a Henry en la boutique por la mañana —él no me ha obligado ni mucho menos, pero quiero retribuir su apoyo incondicional, tanto el económico como el moral—, me encerré en mi habitación para avanzar en el Proyecto otoño .

Dicha novela —aun sin título— ha estado rondando los laberintos de mi mente desde hace tiempo, incluso antes de que la comenzara y luego la dejara de lado.

Siempre he sentido que es especial y que en sus adentros hay mucho por descubrir.

Eso no pasa con cada historia que escribo.

Por eso he decidido que será el proyecto que marcará el inicio de este nuevo punto de partida como escritora.

Y sí, una gran parte de mí está entusiasmada. La otra, en cambio, tiene miedo.

Aunque tengo bien cimentada la trama de la novela e incluso la planificación de la primera parte, es como si algo en mí estuviera desenchufado.

Lo he intentado en estos últimos días y no logro conectar con mi propia voz.

Esto, sin duda, es lo más desastroso que le puede pasar a una escritora.

Si fuera menos exigente conmigo misma, quizá intentaría forzarlo, pero jamás me ha gustado el resultado de aquello que escribo con poca ilusión.

En completo silencio, clavo la mirada en las vetas de la madera que forman diversas figuras en la superficie del escritorio que Henry me regaló cuando era niña y descubrí que lo que más amaba en el mundo era sentarme a escribir en cuadernillos y hojas sueltas de papel.

Recuerdo con nitidez aquel verano en el que Luca tenía doce años y yo diez.

Cierro los ojos por un instante y puedo respirar la emoción.

Sin embargo, antes de que el barro de los recuerdos empiece a tomar forma y se convierta en figuras concretas, me levanto de la silla y deambulo de extremo a extremo en la pequeña habitación.

Meto las manos en los bolsillos traseros de mi pantalón corto de mezclilla y aprieto los labios en una fina línea mientras lo escruto todo a mi alrededor, como si no conociera este lugar de memoria.

El piso vinílico imitación madera; la cama tendida con un suave edredón blanco, nuevo y limpio; el ropero gris con dos puertas que me he dedicado a reordenar en los últimos días; el librero que está justo al costado de la puerta y aún conserva ejemplares desgastados que leí en su momento más de tres veces; el tocador de cedro con un espejo en forma de óvalo que está enfrente del pequeño baúl acolchado que decora el pie de la cama, el cual contiene algunas pertenencias y cartas que escribí en el pasado y nunca entregué; la única ventana rectangular que, unos quince centímetros por encima de mi escritorio, da hacia el patio trasero y permite ver el cobertizo donde Henry guarda sillas, tablas y más objetos; y también la verja invadida por diversas plantas como la hiedra de Barbados, la cual delimita nuestra casa con la propiedad de los vecinos.

Me detengo frente al tocador. Mis ojos grises me devuelven una mirada transparente que evoca lo que comienza a removerse en mi interior, mientras, con dedos trémulos, acomodo los mechones de cabello oscuro por detrás de las orejas.

Luego tomo un poco de aceite para el cabello, pues aunque es liso, algunas ondas nacen sutiles como enredaderas y si no las controlo, se vuelven rebeldes, más aún con este clima tropical.

Me hago mi típica coleta. Son las seis de la tarde.

Sé que podría escribirle a Oliver para cualquier plan.

Con él he pasado la mayor parte de estos días, ya sea para comer juntos en el restaurante de los West, ir de compras o acompañarlo en sus presentaciones locales.

No es algo propiamente dicho, pero estamos poniendo al día nuestra amistad, la cual tuvo una especie de pausa y ahora ha vuelto a retomar la misma naturalidad de antes.

Aunque en este momento me apetece estar sola.

Quiero ir a un sitio tranquilo.

Tras prepararme con una gorra y un kimono, agarro mi celular del escritorio, me coloco los audífonos de casco alrededor del cuello y salgo de casa en la bicicleta que encuentro en mejores condiciones en el cobertizo. Sin pensar demasiado, me dirijo hacia la playa de Baldwin. Mi playa favorita.

La bahía de Paia es el sitio más cercano al centro para zambullirse en el mar, pero siempre he preferido la playa que está un poco más al oeste. En el pasado solía ir allí cada vez que me sentía triste, enfurecida o simplemente quería un rato de paz.

Me incorporo a la carretera principal y en pocos minutos llego al centro.

En el corazón de Paia, donde se encuentran la mayoría de los negocios, me percato de todo el movimiento que hay: el tráfico, los turistas caminando por las aceras, los restaurantes y cafeterías llenos a rebosar, un par de bares con entretenimiento y música en vivo.

Lo mejor es que aunque el ambiente veraniego parece agitado, la sensación relajante permanece en el aire.

El sol de la tarde calienta mi piel. La humedad se impregna como humo.

Cuando llego a mi destino tras unos diez minutos, dejo la bicicleta con su respectivo candado en el aparcamiento y después de atravesar un tramo de áreas verdes y abundante vegetación a través de un sendero, llego hasta el inicio de la arena dorada de grano fino y las rocas negras que desperdigadas sobresalen como lunares.

La brisa del mar me acaricia el rostro y el murmullo incesante del oleaje penetra cada fibra escondida de mi ser.

No hay mucha gente en la playa, pero sí la suficiente como para tener que buscar un sitio alejado de los grupos más grandes.

Me acerco a la orilla. «Fix You» se reproduce en mis audífonos.

Me quito las Converse. Me suelto la liga que sujeta el cabello antes de sentarme en cuclillas en la arena dorada, cerca del último rastro de las olas que rompen y escupen espuma blanca, pero a la distancia suficiente para que el agua no alcance a lamer mis pies.

Estamos en la tercera semana de junio, ya casi a principios de julio, de modo que la puesta de sol ocurrirá dentro de una hora.

Transcurren los minutos; siento cómo las ráfagas de viento despeinan mi cabello sobre la espalda y los hombros.

Pero no hago nada para apartar los mechones que invaden mi rostro.

Me siento liviana, sin pensar en nada, mientras contemplo el vaivén de las aguas claras que aún albergan a algunos surfistas.

Detrás de mí, la vegetación bordea la costa que se dibuja larga e infinita.

Me concentro en este instante. En las líneas de la canción:

Lights will guide you home…

Entonces llega algo: un eco. La niña que fui.

El mar… es un espejo. Es el comienzo y el final de toda conversación, de todo sentimiento y de cada fuego.

También es el respiro del alma y la sinceridad del corazón.

Y justo aquí la puedo sentir. La sensibilidad se derrama en mis venas y aparece al final del túnel detrás de los párpados.

Sé que está allí. Aún vive en mí y no se ha ido. Aún puedo acariciarla.