Lo que se rompió en aquel verano 11Lizzy
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Lizzy

Un término medio. Nunca tan fuerte, pero firme. Nunca tan cálido, pero templado. Así ha sido siempre mi amistad con Oliver Fisher.

—Así que ellos también se fueron de Paia —digo, pensativa, refiriéndome a Sky, Rachel, Dylan y Cameron—.

No me sorprende, porque siempre dijeron que lo harían.

La verdad es que no he vuelto a hablar con ninguno de ellos en mucho tiempo, ya sabes.

Pero me alegra que estén persiguiendo lo que siempre quisieron ser, que estén en esa lucha.

Lo más seguro es que lo estén consiguiendo, cada uno a su modo.

Oliver asiente y aguarda unos segundos. Sus pasos, como los míos, son lentos.

—Es extraño, y ni siquiera lo digo como una especie de consuelo para justificar el punto en el que me encuentro actualmente, pero creo que con el tiempo he ido descubriendo que no me interesa el éxito normativo.

Me refiero a giras internacionales de conciertos y ventas de álbumes millonarias —lo escucho decir a mi lado mientras caminamos a lo largo de la carretera principal con dirección al centro de Paia.

Hemos decidido ir a comprar una botana antes de regresar para seguir conviviendo con el resto—.

Esto me basta y me hace feliz. Me gusta presentarme en pequeños restaurantes locales de ciudades cercanas, al igual que aquí.

Lo disfruto mucho, porque me permite cubrir todas mis necesidades, y a la vez tengo ese contacto cercano con la gente a la que de verdad le gusta la música hawaiana.

Una vida íntima, tranquila y creativa. Eso es lo único que necesito. Por ahora.

Lo miro de reojo con cierto disimulo. Oliver, vestido con una camisa blanca de manga corta y pantalones sueltos de lino —aún conserva el mismo estilo de vestir que en la adolescencia—, mantiene una expresión relajada mientras parece hablarse a sí mismo.

—Por supuesto, no quiero decir que cualquier otro tipo de éxito sea algo malo —continúa Oliver con una media sonrisa que deslumbra en su rostro cuando voltea hacia mí y su mirada marrón se encuentra con la mía—. Supongo que cada uno tiene su propia definición de triunfo. Y está bien.

Aparto la mirada y meto las manos en los bolsillos del pantalón corto de mezclilla que me he puesto en conjunto con una camiseta de tirantes y un kimono blanco —desde pequeña siempre he utilizado kimonos y tengo prácticamente de todos los estilos y colores—.

La vegetación flanquea la acera a nuestro costado izquierdo y la brisa húmeda de la noche se entreteje entre las hojas de los árboles y las palmas.

—Entiendo a qué te refieres. Porque yo pertenezco a lo normativo, pero nunca lo expreso, no como lo pienso en realidad. Supongo que así me protejo de mis propias expectativas, y también de las ajenas. Guardar silencio parece ser necesario cuando casi nadie cree en ti.

Oliver se detiene abruptamente. Gira el rostro hacia mí y yo dejo de avanzar.

—Yo creo en ti, Lizzy. De verdad.

Entonces los dos sonreímos.