Lo que se rompió en aquel verano 10Luca
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Luca

Mantengo el celular pegado a la oreja. Aguardo la respuesta de Blair con cierta tensión.

El silencio de la habitación blanca, con muebles rústicos y piso vinílico, en la que he vivido durante ocho años, me sobrecoge desde cada una de las esquinas.

Este pequeño sitio, ubicado en el quinto piso del hotel de Elikai y Freya, ha sido mi refugio desde que cumplí los dieciocho y llegué a Honolulu para estudiar en la universidad.

En este lugar he pasado de ser un adolescente con sueños poco precisos al adulto carente de fuego propio que ahora soy, porque el vacío que no se puede llenar con nada sigue actuando como una segunda piel.

A veces me pregunto si es que debajo de la cotidianidad todos lo perciben: esa sensación de estar de más, de no tener nada que aportar de forma especial al mundo, de sentirse hasta inútil.

¿Se trata esto de mi propio ego? Tal vez, pero ¿cómo es que a la mayoría le basta con vivir de acuerdo con las normas, cumplir con lo que se espera en cada etapa y no encontrar algo más que le dé sentido al paso de los días?

A veces desearía haber nacido con algún talento artístico.

No afanarme en ninguno como lo he hecho siempre, sino descubrirlo como un tesoro, como pasa con las personas que reconocen su propia alma cuando tocan por primera vez el ukelele, se preguntan cómo vuela un avión o leen El principito y así, escapar un poco del peso de la condición humana.

Porque eso es lo que hace una profunda pasión por algo: es una anestesia, un consuelo, una barca en el absurdo de la vida.

—Me parece bien, Luca —escucho decir a Blair y, acto seguido, dejo escapar un suspiro de alivio—.

Es decir, entiendo que eches de menos tu antigua vida y la cercanía de tu gente, así que me parece perfecto que hayas cambiado la modalidad de trabajo durante unos meses.

Qué bueno que te lo concedieron. Creo que ya lo necesitabas, ¿sabes?

De hecho, yo misma estaba por sugerirte algo similar, y es que venir a Londres, después de tanto tiempo, me ha hecho reflexionar sobre muchas cosas. Demasiadas, en realidad.

Con los pies descalzos, abro la puerta del balcón y salgo.

El viento cálido de esta húmeda noche, aún de miércoles, me golpea los sentidos.

Luego de abandonar el bar donde tuve una peculiar conversación con aquella barista llamada Margaret, y de que Manu me devolviera la llamada poco después —al final resultó que como tuvo una cita con una chica hermosa y no quería que nada lo interrumpiera, apagó el móvil—, decidí regresar a mi pequeña guarida para darme una ducha antes de comunicarme con Blair y contarle sobre mis planes. Y eso es lo que he hecho.

A lo lejos, detrás de las construcciones de una serie de altos edificios que bordean la costa, se escucha el rugido del mar y también se puede entrever una parte de la infinita extensión de las aguas del océano Pacífico.

Pero aunque los sonidos del exterior proporcionan una agradable calma, no soy capaz de respirarla.

—¿Sobre qué tipo de cosas?

Me inclino y apoyo los brazos en el pasamanos de la barandilla. El viento ondea mi cabello en los hombros.

—A veces es necesario detenerse un poco, desconectar y ver las cosas desde otra perspectiva.

—Escucho de fondo el bullicio de la gran metrópoli.

Me ha dicho que va en uno de esos típicos autobuses rojos de transporte—.

Apenas llevo en Londres poco más de dos semanas y ya estoy dándome cuenta de lo mucho que echaba de menos esta ciudad, estas calles.

Más de lo que imaginaba. Tal vez suene exagerado, pero siento que estoy encontrándome conmigo misma.

Esto es lo que hacen los cambios, aunque sean temporales, ¿no?

Algunos suelen revelarnos todo lo que está mal.

No sé por qué siento como si estuviera formándose una franja que parte desde el sitio lejano en el que ella está y termina justo en mi piel.

Cierro los ojos y me concentro en las sensaciones: en el sabor de la brisa, la humedad del aire, el murmullo de los coches, el silencio caótico de mi propia mente.

Cuando los abro, mi atención se fija en un punto perdido del panorama.

La noche encierra con sus sombras y sus luces parpadeantes una mirada ajena y melancólica.

—No, no siento que estés exagerando, Blair —respondo con la voz cargada de un peso extraño—.

Aunque hayas vivido la mayor parte de tu vida aquí en Honolulu, una parte de ti siempre le pertenecerá a Londres.

Allí están los recuerdos de tu infancia, de esa versión tuya que a pesar del tiempo no se ha ido.

Creo que son cosas que nunca dejamos atrás por completo.

Lo digo porque también me pasa lo mismo.

—Supongo que siempre lo he percibido —susurra.

Una sonrisa fugaz destella en mis labios.

—Entonces los dos comprendemos el sentimiento.

Sé que es así, ya que Blair nació en Honolulu, la tierra de su madre, pero luego se mudó a Londres con apenas dos años cuando su padre consiguió un mejor trabajo en su país natal.

No fue hasta once años después cuando tras la separación de ellos, regresó a Hawái junto con su madre y su hermano menor, Axel.

Su padre se quedó en Londres y cada cierto tiempo, visita a sus hijos en la isla.

Aunque ahora fue al revés, pues Blair tenía mucho tiempo sin visitar a su familia paterna.

La escucho lanzar un suspiro tendido.

—Luca, hay algo que tengo que decirte…

El tono de su voz lo dice todo.

Aun así, tengo que preguntarlo:

—¿Qué pasa? ¿Es algo delicado?

Blair se demora unos segundos. La humedad de la noche de pronto se vuelve fría.

—Sé que debería hablar esto en persona y no ahora, cuando estamos tan lejos, pero…

no tiene sentido que lo retrase más cuando ya está tan claro para mí.

Luca, desde hace algunos meses he sentido que nuestra relación no está avanzando hacia ninguna parte, como si estuviéramos estancados en terreno seguro y eso bastara.

—Sus palabras me estremecen porque, en el fondo, sé que son ciertas—.

Pero no es así. Nunca ha sido suficiente, y quizás nos hemos estado empeñando demasiado en que así sea, tanto que no se siente natural.

La verdad es que ya no quiero seguir luchando por algo que cada vez está más lejano.

Por algo que no termina de sentirse correcto. Sabes a lo que me refiero.

—¿Estás terminando conmigo? ¿En serio?

No se abre un abismo debajo de mis pies. No es un dolor que te paraliza. Pero es una cortada en la piel, un peso muerto en los hombros; sobre todo, es una ola que ya no puede soportarlo más y se rompe. Es la sensación de que has sido lanzado a la deriva.

—Creo que debemos dejarnos ir, Luca. Los dos nos hemos esforzado para que lo nuestro funcione, pero no se trata de eso, de luchar siempre, de intentar sentir lo que deberíamos sentir.

Y ahora me doy cuenta del tremendo error que estamos cometiendo.

Créeme, lamento decírtelo de esta manera.

Quería esperar a mi regreso para terminar, pero iba a ser peor.

Ya no podemos seguir engañándonos. Ya no quiero eso.

Los días aquí me han hecho ver distintas las cosas y si de algo estoy segura, es de que no quiero vivir sin certezas, sin saber si amo o no, si lo necesito o no, si es para mí o no.

No es mi intención hacerte daño. Pero es lo mejor para nosotros.

En el fondo, sé que tú lo entiendes tanto como yo.

—En ese caso… —Trago saliva. Me arde la garganta.

—Lo siento, Luca.