9Lizzy
Lizzy
Cinco horas después de haberme reencontrado con las personas de siempre en el restaurante de los West —esa familia que la vida te presenta y no eliges—, la noticia de mi llegada se ha corrido como una bola de nieve por todos los rincones del pueblo.
Ahora todos saben que tras un cambio personal de planes, he decidido abandonar todo lo construido en San Antonio para cimentar de nueva cuenta mis auténticas aspiraciones en las laderas de esta isla, lejos de las expectativas y presiones familiares.
Algo que, claro está, solo puedo lograr con el apoyo de alguien tan libre y optimista como Henry.
A decir verdad, una parte de mí esperaba que los demás reaccionaran con incredulidad o con el juicio pesimista de la mayoría de la gente; incluso estaba preparada para ello.
Pero ha sido todo lo contrario, tanto que estuve a punto de llorar.
Y es que lo necesitaba demasiado: ha sido un arcoíris en medio del horizonte gris.
A veces, ni siquiera es necesario que los demás apoyen y crean en nuestros sueños; basta con que no nos lancen piedras o nos señalen con escepticismo, especialmente cuando son testigos de que lo estamos intentando.
Esto me ha quedado claro en estas últimas horas, que se han llenado de sonrisas, palabras cálidas y una atmósfera íntima, capaz de derrumbar por completo la rigidez, el hielo y la incertidumbre que aún estaban adheridos como parches en mi pecho.
Los últimos tres años y medio, minuto a minuto, se han ido desdibujando. Casi todo se siente como era.
Kai y Anela, quienes ahora viven juntos en una casa alquilada en la avenida Baldwin y se encargan por completo de El Sabor del Mar, han sido, por supuesto, los responsables de preparar la cena de esta noche: mis tacos de pescado favoritos, cerveza tradicional y el magnífico postre de piña.
Su hija, Malea, ya tiene cinco años y sigue siendo tan rubia como la única vez que la vi siendo una bebé, en aquella última Navidad que pasé en Paia.
Sus ojos verdes son una fiel réplica de los de su abuelo paterno, aunque en general guarda bastante parecido con uno de sus tíos…
Por otro lado, Benjamín, al igual que Oliver, ha apoyado mi decisión de perseguir mis aspiraciones y me ha alentado a no rendirme.
Sus palabras me han cargado de mucha esperanza: «Lizzy, nunca tengas miedo de ser quien eres.
No hay nada peor que ser embustero con uno mismo y elegir los caminos que incluso siendo de provecho nunca nos han interesado, porque déjame decirte, esos caminos no tienen el poder para conmovernos.
Así que sin importar nada más, nunca dejes de serte fiel.
Esto siempre se lo he dicho a Oliver, porque más allá de todo, lo que más me importa es que sea un muchacho feliz».
En el cuidado césped del jardín delantero de la casa de Henry, iluminado gracias a las luces de cuerda que hemos colocado de extremo a extremo en la fachada, hemos dispuesto dos tablones de madera y suficientes sillas de plástico para todos, extraídas del cobertizo.
Sobre el mantel verde limón, los platillos, vasos y cubiertos están desperdigados.
La casa blanca de un solo piso, de estilo americano, como el resto de las viviendas de la calle, está enmarcada por un puñado de arbustos y palmeras a cada lado.
Vienna , de Billy Joel, suena en la bocina portátil de Kai.
El viento húmedo de esta apacible noche de reencuentros, un poco más fresco que el de la tarde, nos envuelve como un manto bajo un firmamento oscuro, apenas iluminado por la luz de la luna y salpicado de estrellas.
Después de haber participado lo justo en la animada charla grupal de la cena, llena de bromas, recuerdos y anécdotas compartidas, me encuentro sentada —sin nadie más a mi lado—, sumergida en una pequeña pausa interna en tanto contemplo lo que sucede a mi alrededor como si se tratara de un recuerdo ajeno: Malea, quien no para de reír, corretea por el césped con un pequeño avión de plástico en mano mientras sus padres la persiguen.
Más cerca del porche de la casa, sentados en la banca de madera, Henry y Benjamín comparten una charla que parece trivial mientras beben un par de cervezas.
Es etéreo, pero aún se puede sentir el vacío que dejó la partida de Keanu y Martha. El mismo Henry me lo ha dicho: las cosas nunca vuelven a ser las mismas cuando fallecen unos amigos de toda la vida. Es como un vistazo a cualquier viejo verano, pero un poco desfigurado.
Se respira la ausencia de los que faltan y se han ido para no volver, aunque con menos tristeza en el caso de Manu y Luca, ya que sus ausencias están sobreentendidas.
Todos sabemos que ambos viven en el hotel de Elikai y Freya en Honolulu y que mientras el primero estudia ciencias políticas, el segundo trabaja en una agencia de publicidad que le dificulta viajar a Paia con frecuencia.
Esto lo sé de primera mano por Henry, quien también me contó sobre los problemas que Manu tuvo con el alcohol y que, de hecho, desde hace poco está yendo a terapia.
He estado lejos de esa situación, pero me alivia que esté mejorando, porque después de todo, sé lo importante que es Manu para Luca.
Sin embargo, en cuanto Kai los mencionó, con el pretexto de mantenerlo como una linda sorpresa, pedí que nadie les dijera ni una palabra de mi regreso.
Por fortuna, a ninguno le pareció extraño o fuera de lugar mi comentario.
Mi llegada ha sido una sorpresa para todos.
De hecho, ni siquiera me he comunicado con Miley. Lo tengo pendiente.
Kai también expresó que por ahora la casa de sus padres permanece deshabitada, aunque aún está amueblada, y que junto con Anela se encarga del mantenimiento cada fin de semana. Como él ya se ha independizado y sus hermanos viven en Honolulu, la casa solo se ocupa cuando Luca y Manu están de visita.
Mientras decía aquello, por primera vez desde mi llegada, me atreví a mirar fijamente la casa de enfrente: de dos pisos, con una fachada en tonos verde olivo y hueso, conserva el mismo estilo americano que las demás.
Con el fino césped delantero y la cortina gris de la cochera cerrada, evocó en mí incontables recuerdos, como la banca de madera pintada de rojo que aún adorna el porche y las macetas colgantes repletas de flores.
Me estremecí y no volví a mirar en esa dirección.