8Luca
Luca
Sentado en un taburete, atareado y un poco preocupado por Manu —de quien solo espero que no esté bebiendo con amigos—, dejo el celular sobre la barra de este tradicional bar que suelo frecuentar y le doy un trago más al Blue Hawaii , mi cóctel favorito: una mezcla de curazao azul, ron, piña y crema de coco.
Es miércoles, son las nueve de la noche y a falta de salir con Blair o quedar con Elijah o algún otro par de amigos, he venido aquí para exprimir las horas y apagar el ruido mental.
—¿Deseas alguna otra bebida? —Me pregunta con tono sugerente la misma barista, quizá nueva, pues es la primera vez que la veo, sobre todo, porque ha estado mirándome como si fuera una especie de chocolate derritiéndose—. Te ves un poco, no lo sé, abatido.
La observo durante un largo instante. Parece mayor que yo, tal vez de unos treinta y dos años.
Es guapa, morena, alta y tiene una melena larguísima y oscura con bucles perfectos.
Lo que más destaca en su rostro son sus ojos avellana y sus labios carnosos.
Por la conveniente situación, sé que podría tontear un poco, sin ir más allá, pero no estoy de humor para esto y tampoco me parece correcto.
—Quizá un poco más que eso —admito.
Ella sonríe con gracia y arruga la nariz.
—¿Síndrome del corazón roto?
—No exactamente.
No tengo ningún problema con Blair. De hecho, todo es tan perfecto con ella que no hay ninguna fisura, y eso debería ser una buena noticia, pero en el fondo no lo percibo de esa manera.
No es como se supone que me han dicho que debería sentirme, con el jodido mundo entre las manos.
Sin embargo, nunca lo medito a profundidad, pues no quiero rebuscar más allá.
Encuentro seguridad en lo que somos juntos y eso basta.
No es destellante ni remueve mis entrañas, pero a la vez es cauto y fiable. Lo que necesito para estar tranquilo.
Por otra parte, lo que me acontece no tiene que ver en absoluto con Blair.
Este vacío en mis días y en mi propio ser es algo que nace del interior y no es resultado de lo que me rodea.
Ni siquiera está relacionado con la muerte de mis padres, porque podría atribuirlo a la tragedia de haberlos perdido hace seis años, pero la tristeza ya no escuece como antes y ya no hay espinas de por medio que puedan lastimarme.
El dolor se ha convertido en una raíz de nostalgia que de vez en cuando me abraza como un viento melancólico.
En realidad, esta sensación es vieja y ha habitado en mí desde hace mucho tiempo, aunque tal vez sea cierto que la última gran herida terminó por sacarla más a flote.
Como si las barreras que antes la ocultaban se hubieran debilitado con el duelo y la incertidumbre.
—Ya comprendo. Extrañas a una mujer, ¿no es así?
—infiere la barista mientras, desde su lado, apoya la cadera en el borde de la barra y se lleva una mano a la cintura—.
Mi nombre es Margaret y soy experta leyendo las emociones de las personas.
Lo veo en tus ojos, así que no intentes negármelo. Dime, ¿llevas mucho tiempo sin verla?
Arqueo una ceja y le doy otro trago a mi bebida.
—Tres años y medio.
Sé que no debería hablar de esto, sentirlo. Pero se trata de una desconocida, de modo que puedo relajarme un poco y no obligarme a suprimir lo que a veces pienso, lo que aún susurra el silencio de mis insomnios y rasguña debajo de los párpados.
No suelo hablar de Lizzy —la chica de las palabras rimbombantes, enamorada de la poesía y el mar, que fue mi mejor amiga—, ni siquiera con mis propios hermanos.
Como ante un abismo peligroso, rehúyo de las conversaciones, los lugares y todas las cosas que la evocan.
Es por ello que en los últimos dos años mis visitas a Paia se han vuelto cada vez más esporádicas, aunque ahora estoy por hacer —y he aquí lo irónico— exactamente lo contrario.
Sin embargo, no es como suena. No regresaré a Paia para rescatar lo que está encerrado en un álbum de fotografías.
Estoy impulsado por una búsqueda propia, algo que me haga entender los paréntesis de este presente.
Aunque aun así, no puedo negar que también tengo miedo.
Y es que cuando su nombre aparece en mi pensamiento, comienzo a sentir, a sentir más de lo que debería.
Por eso cuando los recuerdos se dibujan los apago y cambio de imagen, de nombre.
Esto es así si quiero vivir sin sentir la ausencia de lo que se ha perdido, y de una manera tan escurridiza que cuando sucedió ni siquiera me di cuenta.
Esto es así desde que dejé de soñar con el futuro.
—Vaya, eso es un buen tiempo.
Fijo la vista en un punto a sus espaldas.
Acaricio con el pulgar el borde del vaso de vidrio.
Hay pocos clientes, y otros dos baristas también atienden.
Margaret no parece apresurada y espera a que añada algo más.
Ella no puede verlo, pero ahora mismo una ráfaga de colores, aromas y el sonido de una inconfundible risa se cuelan por los rincones de mi conciencia.
Es como un vendaval que me acaricia con sabor a verano: percibo el agua salada, la cerveza artesanal, el poke , los tacos y las hamburguesas de pescado, los poemas espontáneos, las palabras rimbombantes, la música de Ed Sheeran, Coldplay, Michael Jackson y U2, las fotografías de nuestras aventuras, los partidos de baloncesto por las mañanas y hasta el helado de mantequilla de maní con trozos de coco.
También los incontables raspones en las rodillas por las caídas en bicicleta y la sangrienta escena de cuando intenté patinar en un terreno escarpado.
Los picnics en Baldwin y el atardecer más perfecto del mundo en la cima del volcán Haleakala.
—Sí, pero el hecho de que la última vez que nos vimos se sienta como si hubiera sido hace poco tiempo y no hace tanto como es en realidad, hace que todo sea un poco más complicado —añado, finalmente, con cierta resignación antes de terminarme el resto de la bebida de un solo trago—.
Y pensar que alguna vez fuimos como uña y carne, y ahora ya ni siquiera hablamos.
Margaret se rasca la mejilla con delicadeza. Sus ojos avellana se suavizan, supongo que ha recordado algo. Tal vez a una persona importante para ella.
—¿Y qué les pasó?
—Nada, solo la vida.
Ella sonríe, triste.
—Sí, suele pasar, pero te voy a decir algo —hace una pausa—: si extrañas a una persona, y esa persona es importante para ti, será mejor que la busques y se lo digas.
Nunca sabemos lo que puede pasar mañana, o incluso si nosotros mismos seguiremos aquí, así que deberíamos atrevernos a hacer siempre lo que sentimos cuando lo sentimos.
No tarde, cuando ya no haya posibilidad de cambiar nada.
Sus últimas palabras son como un latigazo.
Allí, donde late mi corazón, algo se hincha y luego vuelve a su normalidad.
Bajo la mirada a mi vaso de vidrio, vacío, y trago saliva.
De pronto me asaltan las ganas de terminar con esta conversación, y es que puedo percibir los débiles temblores en la montaña de escombros que guarda en su interior una historia que ya se ha terminado de contar.
Me atemoriza y no quiero que se desmorone.
He conservado el bloque de hielo durante años.
¿Qué sentido tendría romperlo ahora? Todas las aristas ya están definidas.
Y aun así, mi corazón es el que habla:
—En tal caso, si me atreviera a hacer lo que siento cuando lo siento, entonces… justo en este instante, tomaría un avión e iría directo a San Antonio solo para verla una vez más y decirle cuánto la he echado de menos.
—¿Y por qué no lo haces?
Me levanto del taburete casi de un salto. Saco la cartera del bolsillo y niego con la cabeza.
—Eso ya no importa. Fue un gusto conversar contigo, Margaret. —Me despido con tono afable y desprovisto de toda emoción anterior, a la vez que dejo unos cuantos billetes sobre la barra que incluyen el precio de la bebida y la propina—. Por cierto, mi nombre es Luca.
Ella recoge los billetes y los junta.
—Ten, toma esto, yo invito. —Me los extiende de vuelta ante mi perplejidad—.
Quién sabe, tal vez no vuelva a verte, y no quiero quedarme con las ganas de hacer esto por un joven apuesto y algo triste que tal vez en otra oportunidad pueda conocer mejor.
Algo en ti me ha recordado a alguien especial, pero no me preguntes por qué.
—Margaret… no es necesario.
A lo lejos, alguien la llama por su nombre. Entonces me dedica una última sonrisa antes de alzar la mano y agitarla en el aire para despedirse. Me guiña el ojo y luego dice:
—Que tengas una buena noche, Luca.