Lo que se rompió en aquel verano 7Lizzy
6%

7Lizzy

Lizzy

¿Dónde está el verdadero hogar?

La respuesta, como una caricia firme y sutil, nace en mi corazón mientras recorro las mismas calles que han coloreado los mejores veranos de mi vida.

En cuanto me cuestioné eso, al salir de casa por la tarde de este primer día en Paia, después de comer con Henry y desempacar, lo supe con claridad: el hogar no es el sitio donde naces o donde has pasado la mayor parte de tu vida, sino el lugar donde como un latido natural te reconoces.

Y es que de algún modo se siente como si el tiempo apenas hubiera transcurrido.

Ahora tengo veinticuatro años, ya no soy aquella chiquilla que fui, pero las cosas a mi alrededor poco han cambiado.

En primera instancia, todo se respira igual.

La cotidiana tranquilidad que se refleja en los rostros de los locales aún permanece.

Los verdes de la vegetación predominan sobre los cafés de la tierra.

La luz de la tarde, amarilla, baña las coloridas construcciones de madera que bordean la carretera camino a Hana —la que atraviesa el pueblo—, igual que siempre, y la humedad, como un guante, abraza desde cada rincón.

La brisa más fresca, proveniente de las montañas, serpentea entre las copas de los árboles mientras los turistas de variadas nacionalidades pasean en grupos con tablas de surf y toallas en los hombros.

«Paradise», de Coldplay —mi banda favorita desde los quince años—, suena en mis audífonos negros de casco mientras lo estudio todo, hasta que un viejo amigo, de los más cercanos que tuve en Paia, de piel morena y ojos marrones, a tres metros de mí en sentido opuesto, detiene su paso justo cuando estoy por debatirme entre entrar o no a la tienda de surf del reservado Benjamín Fisher, su padre.

La puerta del local se anuncia a pocos pasos. La música sigue, pero ya no la escucho. Me quito los audífonos y los coloco alrededor del cuello, que está al descubierto, ya que como es habitual llevo el cabello recogido en una coleta alta.

—Lizzy, ¿eres tú?

Me observa con total asombro. Mi expresión debe imitar la suya.

—Oliver, por Dios…

No estoy segura de quién ha dado el primer paso, pero de pronto me encuentro abrazando a un muchacho un poco más alto de lo que recuerdo y algo más robusto que antes.

Su colonia, de un aroma muy parecido al musgo, impregna mis sentidos antes de separarnos y darme cuenta de que al menos en apariencia, Oliver Fisher sigue siendo el mismo chico amable y simpático de siempre.

Ahora sus rasgos están más afilados, como la línea de la mandíbula y los pómulos, que se notan más acentuados, pero su habitual gesto fresco y animado sigue allí.

Los rulos de su cabello castaño, corto y con volumen —como siempre lo ha tenido— tampoco se han ido.

—Vaya, ha pasado tanto tiempo que apenas puedo creer que estés aquí —comienza a decir a borbotones, con su identificable voz rasposa, al tiempo que me dirige hacia la entrada de su local.

De inmediato, el aire acondicionado nos refresca de pies a cabeza—.

¿Has venido para quedarte un verano más, como antes?

¿Has llegado hoy mismo? ¿Acaso ya todos saben que estás aquí y yo soy el único que no?

¿Por qué no me avisaste que vendrías después de tanto tiempo?

Te habría recibido con algo mínimamente bueno para comer.

Me río entre dientes por tal asombro, aunque no esperaba algo distinto.

En el último par de años, mi comunicación con la mayoría de la gente de Paia no ha sido nula, pero sí mínima y escasa, así que ya me imaginaba este tipo de reacción.

Por otro lado, aunque Oliver nunca fue tan cercano para mí como lo fue Luca, justo ahora me percato de lo mucho que lo echaba de menos.

Nos acercamos al mostrador donde está la caja registradora y Oliver llama a su padre en voz alta unas veces, pero el señor Fisher tarda en salir.

Con un rápido vistazo, observo que la tienda con paredes rústicas de ladrillo sigue igual de abarrotada que siempre: hay equipos completos de surf para venta y renta, ropa y artículos acuáticos de todo tipo en exhibición, así como un letrero de madera que anuncia clases de surf en las playas de Hookipa y Baldwin, tanto para surfistas con cierto grado de experiencia como para principiantes.

—Discúlpame por atarearte con tantas preguntas, pero en verdad no esperaba volver a verte este verano, Lizzy —prosigue Oliver mientras me extiende una botella de agua natural que ha sacado de una pequeña nevera al costado de unas sillas de madera, en las que me invita a sentarme—.

Parece nada, pero ya han pasado más de tres años desde la última vez que nos vimos, y seis años desde el último verano que compartimos todos juntos.

¿No es una cosa de locos lo rápido que pasa el tiempo?

La última vez que hablamos me dijiste que seguías en la escuela de medicina, así que supongo que ya estarás a la mitad de la carrera.

La pandemia hizo algo extraño y alteró la percepción del tiempo.

Pero bueno, me callo; ahora te dejaré hablar. Soy todo oídos.

Sonrío nerviosa, un poco abrumada. Pero no estoy incómoda, para nada. De hecho, me siento aliviada, pues la incertidumbre comienza a desvanecerse al comprobar que en efecto, todo sigue igual que antes, al menos en la superficie.

—Pues la verdad es que hoy mismo he llegado a Paia, esta mañana.

Todavía no termino de instalarme en la casa de Henry, pero quería recorrer un poco las calles del centro y ya sabes, darles la sorpresa a todos —explico con más soltura, antes de girar la tapa de la botella para abrirla y tomar un sorbo.

El sudor aún se pega en el cuerpo, aunque ya empieza a secarse—.

De hecho ahora mismo nadie sabe aparte de ti que estoy aquí.

Mi padre cumplió con lo de no decir ni una palabra de mi regreso.

Así que aquí estoy, pero esta vez no solo se trata de una visita de verano como solía ser…

Digamos que he tomado la drástica decisión de quedarme a vivir con Henry de manera indefinida. Sí, tal y como lo escuchas.

Sus ojos marrones chispean.

—¿De verdad? —pronuncia con perplejidad, alzando las cejas—.

Vaya, eso no me lo esperaba. Pero déjame entenderlo, Lizzy.

Tenía entendido que estabas en la escuela de medicina y que, bueno, ya estabas realizando tu vida en San Antonio y todo eso.

¿Esto quiere decir que te vas a dar una pausa con tus estudios o algo así?

Mientras trato de encontrar las palabras adecuadas, me muerdo el labio con un poco más de fuerza de la necesaria y clavo la atención en un punto fijo detrás de Oliver, en las tablas de surf de distintos tamaños y colores, colocadas en forma vertical con soportes al costado de las paredes.

Respiro hondo y dejo la botella de agua en el piso laminado.

—Probablemente te parecerá una locura, como a casi todo el mundo, pero he decidido abandonar mis estudios en medicina.

Voy a comenzar de nuevo para perseguir de lleno mi sueño de dedicarme solo a la escritura y lograr vivir de lo que amo; claro, si tengo algo de suerte y paciencia —declaro con tanta claridad y seguridad que incluso a mí me sorprende, al menos a esa parte propia que aún se muere de miedo y se atormenta por la duda—.

En los últimos dos años me empecé a dar cuenta de que simplemente no estaba siendo yo misma.

Pero supongo que no podía verlo porque estaba convencida de que tenía la obligación de satisfacer las expectativas de mi madre y mi familia.

No quería decepcionarlos. No quería que me vieran como un fracaso…

Pero me cansé de luchar contra la corriente, así que solo quiero ser la persona que siempre he sido.

Será difícil, lo sé, pero nada realmente importante se hace sin miedo, ¿no es así?

La vida, en todo sentido, es un riesgo. Es absurdo pensar que hay caminos seguros para cualquier cosa.

Y yo solo quiero intentarlo. No quiero arrepentirme dentro de treinta años de no haberlo hecho y no saber qué pudo haber pasado.

Oliver, pensativo, aprieta los labios. En medio del silencio, lo veo cruzarse de brazos y reconozco en su semblante la misma fuerza que ha renacido en mí, el mismo coraje.

Debido al distanciamiento, no conozco mucho sobre las cosas que ha tenido que afrontar en los últimos años para sostener sus sueños con la música —él nunca eligió otro camino alterno—, pero estoy segura de que se parecen a las que ahora mismo yo transito.

Es un entendimiento en el que no hacen falta palabras.

—Pues… la verdad es que no me parece una locura.

Al contrario, creo que has tomado la decisión correcta.

—Oliver sonríe con una franqueza pura—. Y sí, tienes mucha razón: es un error pensar que existe un camino seguro en la vida.

Aquellos que lo piensan y siguen los esquemas hechos por otros, por ejemplo, por miedo, tarde o temprano terminan lamentándose de lo que pudieron haber hecho o haber sido.

—Lanza un suspiro y sacude la cabeza por un momento—.

Entonces se la pasan imaginando lo que quizás habrían alcanzado de haberse atrevido.

En realidad, yo creo que lo único certero es que estamos aquí para descubrir quiénes somos, y serlo, claro.

Se escucha como algo sencillo, pero no lo es, porque se lucha contra todo, hasta con las limitaciones.

La mayoría prefiere quedarse en lo seguro.

La gente se olvida de que los sueños viven precisamente en los riesgos que hay que tomar para alcanzarlos y por lo general, nunca son riesgos pequeños.

Eso sin hablar aún de la persistencia cuando aparecen los fracasos, pero en fin, sabes a qué me refiero.

—Sí, yo también lo creo —digo con un leve nudo en la garganta—. Aunque creo que tú lo has dicho de manera inmejorable.

Después, la presencia afable de Benjamín Fisher interrumpe nuestra conversación y una vez más, cuando ambos me acompañan al restaurante de los West —el reconocido El Sabor del Mar en el centro de Paia—, las sonrisas y la cálida bienvenida de cada persona que eché más en falta de lo que imaginaba me reconfortan y me hacen sentir como en casa, como en cada verano.

Pero en el fondo, la sensación se siente mutilada.

Como si faltara algo importante: una voz, una mirada, un rostro añorado.