Lo que se rompió en aquel verano 5Luca
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Luca

¿Qué es peor que cualquier cosa? No saber quién carajo eres.

Esas cinco palabras, como un collar de espinas, han estado acribillándome —con más intensidad que en el pasado— cada día de los últimos dos años.

Y es que aunque la mayoría de las personas puede vivir perfectamente bien sin saber qué es lo que hay dentro de sí, no resulta así para mí.

Este es un vacío que descubrí a muy corta edad, y no precisamente porque haya sido un chico tan sensible como para percatarme de ello, sino por la manera en la que algunos se desbordan por cualquier cosa de su interés y la hacen suya, como si hubieran nacido exclusivamente para ello.

Por eso las grandes interrogantes desde pequeño: ¿con qué propósito especial nací?

¿Qué puedo hacer mejor que nadie? ¿Para qué estoy aquí?

Desde siempre he intentado encontrar aquellas respuestas: en todos los sitios, a todas horas, en todos los viajes y momentos en los que me he sentido vivo.

Porque así es como pasa, ¿no? Haces algo y de repente, todas las piezas encajan. Te encuentras a ti mismo.

Pero nunca lo he experimentado.

Y ahora, con el paso de los años, he entendido que se trata de una búsqueda infinita que tal vez nunca tendrá fin, y que nadie más, por desgracia, puede hacer por mí.

Fue por ello que en algún punto me rendí y comencé a crear mi propia red de pequeñas cosas que aunque no son grandes pasiones, me salvan un poco cada día.

Comencé a aceptar lo rutinario y dejé de buscar lo extraordinario porque está claro que no he nacido para algo similar.

Sin embargo, el espacio que queda en el medio es algo que no puedo pasar por alto como los demás, como si no fuera un gran agujero que nunca se desvanece del todo.

La carencia no se esfuma, ni siquiera cuando monto grandes olas con la tabla de surf o cuando salgo de excursión en busca de las mejores fotografías.

Aunque esto no es lo peor, puesto que si me concentro en la superficie no parece faltarme nada: tengo veintiséis años, un trabajo estable en una agencia de publicidad, un título universitario en diseño gráfico, dos hermanos geniales, una sobrina que adoro y un buen tío que a falta de mis padres se ha dado a la tarea de ver por mí y el resto de mi familia.

También tengo a Blair, mi novia, así como a Oliver, Elijah y a otros amigos que hice en mi etapa universitaria.

Tengo lo suficiente. Tengo a casi todos los que me importan.

Y digo casi porque… tan solo debo pensar en unos ojos grises para recordar que no es así, pues existe un nombre que aunque no lo he vuelto a pronunciar en voz alta en mucho tiempo, sigue colándose en las rendijas de todo lo que está guardado hasta el fondo.

Lizzy, siempre Lizzy.

Es pensarla y al instante regresar al presente, en los asuntos diarios, en las cosas que tengo que hacer.

Es creer que las personas y las cosas cambian y que la vida no puede detenerse por ese inevitable hecho.

Es el miedo o la incapacidad de explorar los propios sentimientos y encubrirlo con la idea de que el tiempo traerá las respuestas a todas esas cuestiones que quizá nunca me atreveré a formular.

Es limitarme a pasar la página sin leer más allá.

Es, sobre todo, el miedo al futuro. También la cobardía de no rebuscar entre los escombros que han eclipsado una parte de lo que alguna vez fui.

—Luca, ¿puedes darme un minuto?

La voz de Elikai West, el hermano mayor de mi padre, me interrumpe a mis espaldas justo cuando estoy por comenzar la siguiente serie de ejercicios en el gimnasio que forma parte de su hotel, La Isla Maravilla, una propiedad en Waikiki que su esposa Freya recibió hace quince años como herencia de sus acaudalados padres.

—¿Qué sucede? —Me limpio el sudor de la frente con la toalla blanca que cuelga en mi hombro antes de darme la vuelta para encarar a Elikai, quien, como es habitual a casi todas horas, viste bermudas y sandalias de playa—. Aún estoy por terminar la rutina.

—No te quito mucho tiempo. Solo quería preguntarte una cosa.

Necesito varios segundos para ralentizar mi respiración antes de concentrarme en su rostro afilado.

Tan parecido a mi padre, con su piel morena y ojos verdes —los mismos que yo heredé, aunque modificados por la heterocromía—, Elikai me observa con cierta cautela y preocupación.

Al instante, intuyo que ya se habrá enterado del tema de la mudanza temporal y el cambio que solicité en la modalidad de trabajo, pues Rupert Adams, el dueño de la agencia de publicidad de la que formo parte desde hace más de tres años, es uno de sus amigos más cercanos en la ciudad.

—Pues bien… dime.

Pongo los brazos en jarra.

—Me enteré de que has tomado la decisión de trabajar en línea y mudarte a Paia durante un tiempo y bueno, no me extraña para nada tu decisión.

Llevas ocho años viviendo aquí en Honolulu, es lógico que extrañes tu hogar, pero solo quería saber cómo te encuentras.

¿Esto tiene que ver con la ausencia temporal de Blair?

—No, para nada.

Me vuelvo a frotar el rostro con la toalla antes de dejarla alrededor del cuello.

Siento el cuerpo caliente y las extremidades bañadas en sudor.

Como he perdido la liga que traía en la mochila, la melena húmeda que llevo a la altura de los hombros está apelmazada detrás de las orejas, pero algunos mechones se escapan y me salpican los pómulos, entorpeciendo un poco mi visión.

Trago saliva mientras ordeno mis ideas para no sonar tan absurdo.

Elikai aguarda mi explicación.

—Esto no tiene que ver con Blair, tío —afirmo, mirándolo a los ojos—.

Tampoco con ninguna otra persona o algún problema en específico con el trabajo, pero es cierto que en estos últimos meses he estado pensando que necesito un cambio.

No lo sé, despejarme un poco de la vida que llevo aquí en Honolulu.

No quiero decir que aquí lo pase mal, al contrario.

La verdad es que no puedo explicártelo, porque tengo lo suficiente, pero no estoy tan cómodo.

Sé que suena extraño, pero es más o menos lo que siento.

Y cambiar un poco de aires quizá me vendría bien para que eso desaparezca.

La expresión de Elikai cambia. Su mirada se suaviza y antes de hablar, inhala una bocanada de aire. Se acaricia la barbilla durante tres segundos y luego se cruza de brazos antes de asentir y esbozar una media sonrisa.

—Sí, lo que imaginaba. Estás pasando por un lapso de cuestiones y dudas, ¿no? —dice con naturalidad—. En realidad, estaba esperando a que tú mismo te dieras cuenta de que no pareces estar muy satisfecho aquí. Sé cómo se siente, ya he pasado por eso.

Suelto un resoplido, irritado.

—¿Y cómo salgo de eso? ¿Siempre será así?

—No hay manual. Pero solo puedo decirte que te limites a seguir experimentando.

A menudo, las respuestas siempre están allí, pero solo podemos verlas cuando somos más sinceros.

Es decir, cuando dejamos de mentirnos. Sé cómo sueno, como uno de esos libros de autoayuda, pero no te enfades.

La experiencia enseña cosas, y es bueno compartirlas con quienes nos importan.

Eres mi sobrino, y sabes que también eres mi favorito.

Sacudo la cabeza, casi fastidiado.

—Brillante. Eso no mejora nada.

Mi tío aprieta los labios.

—Entonces ¿cuándo te vas?

Me aparto dos pasos de él y me agacho para agarrar la botella de agua que dejé junto a la máquina. Giro la tapa y me llevo la boquilla a los labios para darle un gran trago. El líquido me refresca y sacia mi sed.

—En una semana, mientras termino de ordenarlo todo con Manu y con Rupert —repongo con la botella en mano, sintiéndome de repente un poco ansioso; aunque sé que mi hermano está manejando bien la situación que atraviesa, no deja de inquietarme—.

No pretendo que sea mucho tiempo, tal vez solo un par de meses, pero por favor, no le comentes todavía nada de esto a Kai.

No quiero que nadie se entere hasta que yo mismo llegue a Paia.

Lo más seguro es que ya esté de vuelta antes de la llegada de Blair.

Lo he decidido así porque, bueno, aunque ya lo hablé con Manu y él me aseguró que estará bien, no sé si sea buena idea dejarlo solo tanto tiempo.

Ha llevado muy bien lo de la terapia hasta ahora y confío en que las cosas van a mejorar; ya lo están haciendo.

Pero no puedo evitar preocuparme porque no quiero arrepentirme de hacer algo mal. Sé que lo comprendes, ¿no?

—Tranquilo. De Manu yo me encargo. Como siempre. —Elikai avanza y pone una mano sobre mi hombro—. Tú haz lo que necesites hacer. Sabes que para mí ustedes son como mis hijos. No te preocupes. Estaré aquí para él.

Cinco minutos después, regresa el sudor.

Las últimas palabras de Elikai me dan un cierto alivio; sin embargo, en medio del caótico silencio, busco no pensar. Tan solo me limito a exigirle a mi cuerpo hasta el límite.