Lo que se rompió en aquel verano 4Genevieve
4%

4Genevieve

Genevieve

La vena de la curiosidad es una tentación mortal para cualquier niña de once años, y ella no es la excepción, especialmente cuando se trata de algo relacionado con su hermana mayor.

Las dos siempre han sido demasiado cercanas.

No podría inferir lo contrario, pero aún hay mucho que Lizzy le guarda.

Lo sabe porque lo ha leído en sus ojos grises cuando le ha hecho preguntas como: «¿Con quién fue tu primer beso?

¿Qué se siente enamorarse de un chico? ¿Cómo es que a los mayores no les resulta asqueroso intercambiar saliva con otra persona? ».

Sentada con las piernas cruzadas en el sillón acolchado favorito de su habitación —con forma de dona—, sostiene el diario de su hermana en el regazo, mientras la luz de la lámpara lateral baña su silueta e ilumina lo suficiente para leer con claridad.

Es de noche y mañana tiene que levantarse temprano para ir a sus clases de tenis.

Es claro que debería dormir y no estar a punto de invadir la privacidad de Lizzy, pero la vocecita interna se silencia en cuanto abre el diario y pasa la primera página:

Querida Holly:

Esto pasó cuando tenía seis años, dos años antes de tenerte a ti como mi diario.

Qué bueno que tuve la idea de dejar estas páginas en blanco para poder escribir algo como esto.

¡Sabía que lo necesitaría! Ahora tengo doce, casi trece, y la verdad es que no me molestaría en contarte sobre este día si no fuera tan importante para mí, pero lo es; sobre todo, porque no quiero olvidar el momento en que Luca y yo nos conocimos.

Aunque te diré que no hace mucha falta. Es un misterio, pero gran parte de mis recuerdos más antiguos con Luca no se desvanecen, ni siquiera con cada nuevo cumpleaños.

Es como si estuvieran pegados a mi cerebro con engrudo.

En cambio, los recuerdos con la mayoría de las demás personas parecen vivir detrás de una cortina gris, incluso los que son recientes.

¿Esto debería contárselo a Henry? Tal vez…

Él siempre tiene explicaciones para todo aquello que me cuesta entender, excepto para las cosas relacionadas con mamá y los días de su juventud.

Siempre es igual: solo tengo que mencionarla para que su expresión cambie y busque cualquier excusa para evadir el tema, como ir al baño, decir que tiene sueño o que necesita comprar algo de despensa.

Bueno, ese es otro tema. Regresemos a este día que quiero contarte:

Un 14 de junio de 2005 —lo sé porque Henry tiene fotografías con fecha—, fue la primera vez que estuve en Paia, el pueblo de Hawái en el que mi papá ha vivido toda su vida.

Si soy sincera, no tenía grandes expectativas; solo era una niña pequeña que no quería separarse de mamá ni de sus amigos de la escuela, así que no estaba muy emocionada.

Pero sí recuerdo lo rápido que eso cambió, a causa de lo coloridas y llamativas que eran las calles, las tiendas de surf, el delicioso sabor de los tacos de pescado y el helado de mantequilla de maní con trozos de coco que sigue siendo mi favorito y que comparto con Luca hasta el día de hoy.

Ese fue el comienzo de mi historia de amor con el mar, la arena, las tablas de surf, los partidos de baloncesto, las patinetas y las rodadas en bicicleta.

En aquellas cuatro semanas descubrí que la playa sería para siempre mi lugar favorito. Más que nada, las playas de Paia.

También descubrí mi conexión con Henry. Y es que Henry —lo intento, pero no se me hace natural decirle papá— nunca había estado conmigo más de una semana entera.

Por lo general, hasta ese verano, él era el que siempre viajaba a San Antonio para visitarme en la temporada más calurosa del año, así como en Navidad, Pascua y mis cumpleaños.

Yo aún era demasiado pequeña para separarme de mamá por mucho tiempo, y tampoco era que así lo quisiera.

Así que allí estaba. Era un mundo nuevo para mí.

Recuerdo que en pleno centro del pueblo, entramos al restaurante de mariscos de Keanu West, el mejor amigo de Henry de toda la vida.

El olor inconfundible a pescado llenaba el lugar en aquella húmeda tarde.

Apenas dimos dos pasos, un hombre de cabello castaño y grandes ojos verdes —de una tonalidad muy oscura— nos recibió con una gran sonrisa y palabras amables.

Henry lo saludó y enseguida me presentó con entusiasmo.

—Bienvenida a El Sabor del Mar —dijo aquel hombre de piel morena, incluso más alto que Henry.

Su aspecto me pareció refinado y robusto al mismo tiempo.

En ese momento no lo sabía, pero ahora lo identifico como una mezcla de rasgos europeos y polinesios—.

Qué gusto me da por fin poder conocerte, pequeña...

Elizabeth. Yo soy Keanu West, un viejo amigo de tu padre, así que seguro ya te ha contado de mí.

Y supongo que ya has conocido el centro del pueblo, ¿cierto?

Asentí con timidez.

—Lizzy está bien —murmuré.

Keanu me sonrió con dulzura.

—Lizzy, no sabes lo mucho que tu padre nos ha hablado sobre ti. Este es el mejor restaurante de mariscos de Paia, así que puedes pedir lo que sea y seguro te va a encantar, aunque por supuesto, te recomiendo los tacos de pescado. Son mis favoritos.

—Gracias, Keanu —respondí.

Henry me revolvió el cabello con cariño y pasamos a sentarnos a una de las mesas de madera.

Los grandes ventanales que flanqueaban los costados del local dejaban ver las construcciones cercanas y las aceras, donde la gente pasaba caminando con bañadores, bebidas frías y tablas de surf.

La luz amarilla de las lámparas de mimbre bañaba todo el lugar mientras el menú se mostraba brillante por detrás de la barra y la caja de cobro.

En las paredes, cuadros con fotografías antiguas de la isla de Maui y de diferentes tipos de mariscos me observaban en silencio.

—Martha, mira quién está aquí…

Una mujer delgada y mucho más pequeña que Keanu se acercó a nuestra mesa.

Llevaba un vestido de flores y un delantal, y aunque en aquel momento no la conocía, su actitud maternal era evidente.

Algo en sus gestos y en la suavidad con la que miraba a los demás lo revelaba.

Sus ojos marrones y su cabello rubio, largo y ondulado, le daban luz a su persona.

—Tu hija es encantadora, Henry —dijo Martha con una sonrisa cálida, antes de acariciar el hombro de su esposo y dirigirse hacia él—. Cielo, tengo que terminar de preparar algo en la cocina con Finn, pero cuando lleguen Elikai, Freya y los chicos, ya veremos qué hacemos para esta tarde, ¿te parece?

Ya no escuché mucho más. Pasaron los minutos sin que dijera nada.

Aún no tenía suficiente confianza con nadie, aparte de Henry, así que me comporté mucho más cohibida de lo que era en realidad.

En ese tiempo, además de haber sido siempre una niña distraída e imaginativa, solía ser un torbellino que casi nunca estaba en paz y se desbocaba con cualquier cosa que le resultaba interesante.

También era una obsesionada con las palabras rimbombantes y difíciles de pronunciar.

Al final, terminé por aceptar la sugerencia de Keanu: pedí tacos de pescado. ¡Estaban realmente deliciosos!

No sé cuánto tiempo pasó, pero en algún momento Keanu se retiró de la mesa y mi padre se levantó para pedir algo en la barra. Fue cuando lo vi por primera vez.

Con una mochila desgastada al hombro, un niño de piel tostada y cabello de un rubio oscuro —que se entremezclaba con hebras que centelleaban más claras— entró al restaurante.

Me llamó la atención porque llevaba la melena larga y ondulada hasta los hombros.

A simple vista, su aspecto era salvaje. También poseía una mirada demasiado determinada para rondar los diez años, y es que a lo lejos sus ojos relucían como dos pozos dorados.

Luego, en vez de dirigirse hacia cualquier otra parte, avanzó en mi dirección con la mirada fija, curiosa y casi desconcertada en mí.

Yo terminé de masticar mi bocado y lo observé de la misma manera.

Casi de inmediato, me di cuenta de que me había equivocado: sus ojos no eran dorados, sino de un verde profundo y oscuro, como los de Keanu; sin embargo, dos anillos delgados y nítidos de color miel rodeaban sus pupilas, y eso fue lo que provocó desde lejos el efecto leonino.

—¿Qué demonios le pasa a tu piel y a tus ojos?

—Fue lo primero que salió de su boca, con un tono cargado de extrañeza, en cuanto se detuvo a menos de un metro de mí y apoyó las manos en el respaldo de una silla—.

Estás tan pálida como un vampiro, casi como la nieve o la cal, y nunca había visto unos ojos tan faltos de color.

Son extraños, como los de un fantasma. ¿O es que estás muy enferma?

Parpadeé y fruncí el ceño.

—Bueno, al menos no son tan comunes como los tuyos —repliqué, mordaz, aunque sabía que mentía—. Y ni siquiera te conozco, ¿cómo es que puedes ser tan… injurioso?

—¿Qué rayos significa injurioso?

Estuve a punto de responder, pero ya no lo hice.

Detrás de él, los murmullos y las risas de un puñado de niños y dos adultos hicieron eco en el local, y toda nuestra mutua atención se desvaneció.

Un minuto después, Henry volvió a la mesa junto con Keanu y así supe quiénes eran: la familia del niño que después de varios días terminaría convirtiéndose en mi cómplice de aventuras.

Aún lo sigue siendo hasta ahora. A pesar de que somos diferentes en varios aspectos —por ejemplo, a mí me encantan los gatos y él prefiere los perros, a mí me gusta hacerlo todo perfecto y a él le importa más divertirse que el resultado—, creo que desde el principio Luca y yo hemos congeniado muy bien porque él tiene una extraña necesidad de explorarlo todo y yo de sentirlo todo con la misma intensidad con la que escribo este diario.

Y por cierto, las asperezas jamás volvieron. Espero que nunca lo hagan.