3Lizzy
Lizzy
En Hawái solo hay dos estaciones: invierno y verano.
Pero nada de extremos: apenas unos grados de diferencia entre una y otra, al menos durante el día, ya que por las noches la brecha es mayor.
Eso tiene todo que ver con que no haya traído mucho equipaje conmigo, apenas lo suficiente.
Además, aunque me he ausentado por años, aún tengo bastante ropa acumulada de viejos veranos en la casa de Henry.
Por eso he preferido hacer más espacio para mis cosas personales: libros, la computadora portátil, los audífonos negros de casco favoritos y la libreta de tapa dura que utilizo para anotar ideas, versos que se me ocurren o simples pensamientos. Cualquier escritor me entenderá.
En cuanto a lo demás, es evidente que la temporada turística más alta del año ya ha comenzado, pues estamos a mediados de junio y ya se ve más gente por las calles y mayor cantidad de servicios ofertados.
Por supuesto, nunca me ha sorprendido que Maui sea una de las islas más visitadas del archipiélago.
También conocida como la Isla Valle, está formada por dos volcanes que emergieron del mar —el Mauna Kahalawai y el Haleakala— y se unen en un istmo, lo que da lugar a microclimas en una misma extensión de territorio, según la variación de la altitud sobre el nivel del mar.
Mientras que en las montañas las precipitaciones y las bajas temperaturas son frecuentes, en la costa es más seco y cálido.
En pocas palabras, se trata de mi isla favorita. Es un sitio mágico, perfecto.
Pero no puedo evitar pensar que ya no lo es tanto, al menos para la Elizabeth que se ha hecho mayor y lo ve todo con nuevos ojos.
Y es que hay una sensación, incluso en el viento húmedo, que ha cambiado, como todas las cosas que pensé que jamás lo harían.
Una cierta persona ya no espera con ansias mi regreso —de hecho, le pedí a Henry que guardara celosamente la noticia—.
Tampoco me recibirá aquel bonito matrimonio que solía crear una atmósfera más cálida y cercana para todos.
Incluso existe la posibilidad de que muchos con quienes aquí compartí en el pasado, como Sky, Rachel, Dylan y Cameron, ahora estén en otras ciudades o concentrados en sus propios asuntos, sin mucho tiempo para los antiguos planes de verano propios de la niñez y la adolescencia.
Aun así, trato de convencerme de que nada de ello importa, pues no intervendrá en mis planes; pero no puedo negarlo: siento una frágil y extraña ansiedad.
¿He tomado una buena decisión al regresar a este lugar?
Bien podría perseguir mi sueño, el de convertirme en una escritora con el éxito suficiente para vivir de sus propios libros, en cualquier otra parte del mundo.
Cierto, con más dificultades, pues no tendría el apoyo de Henry y su visión optimista, pero podría hacerlo.
La cuestión da vueltas en mi mente mientras contemplo la interminable extensión de verde y marrón que flanquea la famosa carretera hacia Hana, por la que la pickup avanza a baja velocidad.
Con más de ochenta kilómetros de longitud, innumerables curvas cerradas y puentes angostos, así como acantilados y cascadas en medio de la selva tropical en casi cada tramo, dicha autopista bordea la popular costa norte de Maui y conecta las ciudades de Kahului y Hana.
Aunque nosotros vamos a detenernos mucho antes de medio camino.
—Veo que no has traído mucho equipaje. ¿Es porque tienes dudas sobre la decisión que has tomado?
Henry interrumpe el silencio que se ha prolongado entre los dos.
Al mismo tiempo, una brisa húmeda y cálida entra por la ventanilla abierta y despeina con ligereza mi cabello oscuro, que cae un poco enmarañado sobre mis hombros.
Una nueva canción, al mejor estilo hawaiano, comienza a reproducirse en el viejo estéreo: «Leahi», de Gabby Pahinui.
Aunque no es de mi preferencia, puedo reconocerla, al igual que muchas otras, ya que Henry siempre ha sido un gran apasionado de la música tradicional hawaiana.
—Lizzy, sé que yo mismo te he empujado un poco a todo esto, pero lo he hecho solo porque no me gustaba verte tan frustrada con lo que estabas eligiendo ser en San Antonio, y porque creo que lo correcto es seguir solo lo que nuestro corazón dicta.
Es tu vida, son tus aspiraciones. Pero aunque ahora estés aquí, te lo tengo que decir: si en algún momento te das cuenta de que esto no es lo que en verdad querías, puedes retroceder, retomar tus estudios de medicina y todo seguirá estando perfectamente bien.
Yo seguiré apoyándote. Solo quiero que estés convencida.
Lo que más me importa es que seas feliz, cariño.
—Lo sé. —Lo observo de reojo mientras una sonrisa lánguida se pinta en mis labios—. Pero estoy realmente segura de esto. Solo es nostalgia, ya sabes. La vida es distinta aquí.
Como a mí me ocurre, a Henry no se le da bien expresar sus sentimientos.
Él suele ser de pocas palabras, mientras que yo escondo la mayoría de mis emociones.
Por tanto, me resulta un poco sorprendente su discurso.
Además, a juzgar por su ceño arrugado y la mueca en sus labios, es evidente que se ha esforzado.
Aparto la vista de él y la fijo en el interior de la camioneta, que huele a una mezcla de menta, aceite y sal.
Como era de esperarse, tras el paso de los años, el tapiz está más desgastado y hay nuevas manchas oscuras por doquier, pero no hago ningún comentario al respecto.
Henry es dueño de una boutique de ropa veraniega y acuática en el centro de Paia.
Tiene suficiente capacidad económica como para comprarse un auto nuevo, pero esta pickup conserva un valor sentimental incalculable para él: fue un regalo de cumpleaños de su padre, mi abuelo Alfred, de quien no tengo ningún recuerdo.
Él se la regaló veinticinco días antes de fallecer de un infarto, cuando yo aún estaba por nacer en los meses siguientes.
Por tanto, es probable que Henry se deshaga de ella solo cuando dé su último suspiro de vida.
—¿No te parece un poco extraño? —dice, riendo.
—Sí, muy extraño. —Me acomodo un mechón por detrás de la oreja, lanzo un suspiro y vuelvo a concentrarme en el colorido exterior—.
Eres tú el que me ha ayudado a abrir los ojos y a escuchar con más claridad la voz de mi corazón, y ahora parece que pides que me lo piense mejor.
Escucha, sé por qué lo haces, pero esto es lo que quiero, lo que toda mi vida he querido.
Y aunque tengo miedo, lo voy a intentar, así que no pienso retroceder antes de tiempo.
Además, si lo pienso en profundidad, creo que la incertidumbre también es un regalo; sin ella no habría ninguna emoción y la vida no sería ninguna aventura, ¿no lo crees?
—Sí, en realidad yo pienso lo mismo —admite con simpleza—. No me hagas mucho caso. Pase lo que pase, yo siempre estaré para ti. Eres muy valiente, Lizzy. Estoy orgulloso de ti.
—Gracias, Henry —murmuro. Enseguida, me muerdo el labio inferior y contengo una vaga sonrisa—. Quiero decir, papá…
Los rayos del sol que se cuelan por la ventanilla de su lado se reflejan en su cabello castaño y ondulado —mucho más claro que el mío—, que nunca está muy corto y siempre lleva peinado hacia atrás.
También destellan en su piel blanca que, al contrario de la mía sí puede broncearse y luce un suave tono dorado y rojizo.
Nunca saca el tema, pero alguna vez me dijo que según decía el abuelo, su aspecto es una calca de su madre australiana, a quien tampoco conocí.
Y no solo yo, pues ella dejó al abuelo y abandonó a sus dos hijos cuando aún eran muy pequeños.
Es natural que Henry no tenga recuerdos.
De igual forma, mientras lo miro a hurtadillas, me doy cuenta de que el paso de los años ya empieza a hacerse notorio en las arrugas de las comisuras de sus ojos, en las líneas de su frente y en las canas de su melena, que cada vez son más abundantes.
Sin embargo, a sus cincuenta y dos años, Henry sigue siendo un hombre bien parecido.
Por eso resulta casi incomprensible que nunca haya intentado rehacer su vida desde aquel tumultuoso verano, cuando su vida cambió para siempre al tenerme poco después.
Eso me ha entristecido siempre, pero ya no saco el tema porque él lo evita a toda costa, y solo me queda respetarlo.
Lo veo sacudir la cabeza.
—Sabes que no hace falta, y tampoco me molesta.
—Ante nosotros, aparecen los primeros indicios del pueblo—.
Pero bueno, como tú me lo pediste, aún no le he dicho a nadie sobre tu llegada, ni se lo imaginan.
Después de tanto tiempo, será toda una sorpresa para todos, y más porque esta vez te quedarás por tiempo indefinido.
Aunque supongo que el único que ha de saber sobre todo esto es Luca, ¿no es así?
Tú y él siempre han sido uña y carne, a menos que me haya perdido de algo, claro.
Me quito el cinturón de seguridad. El chasquido suena estrepitoso. Sus palabras, aunque son inocentes, provocan que algo escueza en mi pecho. Intento ignorar la sensación y fuerzo una sonrisa de lo más normal.
—No, no te has perdido de nada importante. Seguimos siendo los amigos de siempre, ya sabes, aunque nos hemos alejado un poco, lo normal por la distancia y todo eso —explico con sencillez y un atisbo de resignación—. Pero no. Él tampoco sabe de esto.
Henry no tiene idea de que las cosas con Luca ya no son ni remotamente las mismas.
No sabe que en casi dos años no hemos intercambiado ni una sola palabra.
Por otro lado, Luca nunca ha sido aficionado a las redes sociales, de modo que todo lo que sé sobre su vida son las partes desperdigadas que Henry me ha ido contando a lo largo de los últimos meses.
—Entonces… —susurra con una sonrisa resplandeciente—, bienvenida a casa, Lizzy.
Y así, como un dibujo olvidado que sacas del fondo de un cajón y que vuelve a fascinarte por sus trazos, nos recibe el pintoresco centro de Paia mientras avanzamos por la carretera principal. Cada rincón, refulgente bajo la luz del sol, me fascina tanto como en el primer verano que estuve aquí.
Anclado en la costa norte de Maui, en la base del volcán Haleakala —tal vez el volcán inactivo más grande del planeta—, Paia es un pequeño y vibrante pueblo hawaiano de ambiente bohemio y artístico, con menos de tres mil habitantes, aunque miles de turistas y excursionistas lo visitan durante todo el año.
Con colores pastel en las fachadas de sus construcciones de madera al estilo americano, idílicos parques de playa, boutiques , tiendas de artículos acuáticos, restaurantes de mariscos y sitios para tatuarse, representa el destino perfecto para todos aquellos que como alguna vez lo quiso mi madre, desean vivir días sumergidos en el surf, el windsurf y el yoga.
Nada hay mejor que relajarse en un lugar mágico con un clima tropical que no suele sufrir bruscas variaciones entre el verano y el invierno, donde la brisa refrescante que desciende desde las elevaciones más altas, como en este día, hace que el sol en la costa sea más tolerable.
Bajo completamente la ventanilla de mi lado.
Me permito respirar el viento húmedo y casi de manera repentina, la necesidad de llorar me embarga desde todos los poros de la piel.
Las emociones encontradas, como ríos que se desbordan, son una mezcla de alegría, miedo y nostalgia.
En silencio me pregunto por qué tardé tanto tiempo en regresar desde aquella última Navidad.
Y es que a pesar de haber tenido varias oportunidades, me resistí a hacerlo.
Poco después, la comprensión llega con certeza y claridad: antes de este día, aún no estaba lista para dar el salto sin paracaídas.
En ese entonces todavía tenía que despejar las telarañas de miedos e inseguridades aferradas a los engranajes de mi corazón.
Porque aquí, en Paia, jamás podré mentirme como en cualquier otro sitio.
En este pequeño pueblo, de una forma u otra, siempre me reconoceré a mí misma.