Lo que se rompió en aquel verano 2Genevieve
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Genevieve

Su madre apaga el motor de la Range Rover.

Ninguna de las dos se atreve a formularlo, pero ambas lo sienten: la ausencia de Lizzy se respira en el aire acondicionado y en la sombra que baña el asiento vacío del copiloto.

En silencio, Genevieve se limita a observar la consternación de su madre.

No lo superará pronto. En este momento no lo hace y tal vez no lo hará nunca.

Aunque lo peor de todo es el irrefutable hecho de que en ella no podrá depositar jamás la misma expectativa.

Tiene once años, pero sabe lo que quiere con mucha claridad: nada de pasillos de hospitales tristes ni medicinas.

Ella sueña con convertirse en tenista profesional.

—Mamá, ¿puedo preguntarte algo? —Desde el asiento trasero, absorta, se concentra en la penumbra que envuelve el exterior de la arbolada calle del residencial barrio de Monte Vista—.

¿Por qué deseabas tanto que Lizzy fuera como tú y como casi todos en la familia?

Lo intentó, pero todos sabemos que ella jamás querría dedicar su vida entera a algo que no le gusta.

Lizzy ama la literatura. Tardó mucho tiempo en hacer esto por miedo a decepcionarlos, pero la verdad es que me alegra que lo haya hecho, y qué bueno que al menos Henry haya decidido apoyarla.

Su madre hace el ademán de contestar. Sin embargo, ella no espera y sale de la camioneta.

Entra a la casa, atraviesa el elegante vestíbulo y sube las escaleras anchas sin detenerse a llamar a su gata siamesa, Lola, a quien adoptó hace dos años tras encontrarla abandonada en un basurero a la salida del instituto.

Dobla en el pasillo que conduce hacia la habitación de su hermana y la suya.

Las dos puertas están frente a frente. Se queda en medio durante largos segundos.

Y así, de la nada, una sensación nostálgica la envuelve.

Lizzy ha dejado la puerta entornada.

Ha sido bastante buena ocultando sus verdaderas emociones, tan solo para no hacer dudar a su hermana respecto a su radical decisión, pero ahora esta se ha marchado, y ya no tiene por qué esconder lo mucho que le hará falta.

Aunque trece años las separan, siempre han sido muy unidas.

Lizzy solía llevarla a sus clases de tenis.

En días tranquilos o fines de semana, aprovechaban para salir y ver una película en el cine, patinar sobre hielo, visitar el zoológico o tomar un helado en el vibrante Paseo del Río.

Con todo ello, le costará hacerse a la idea de que quizá ya nunca más volverán a vivir bajo el mismo techo.

Poco se habla del sufrimiento de una hermana menor cuando la mayor se va de casa, sobre todo cuando la separación ocurre justo al comienzo del periodo vacacional de verano.

Con desazón, empuja la puerta de madera.

Enciende el interruptor y al instante el silencio la golpea.

Los muebles permanecen intactos en su lugar.

Tan pulcro como siempre, todo luce ordenado.

La única ventana está cerrada. Encima del escritorio, dispuestos en vertical en las repisas de varios niveles, los libros de literatura —principalmente de poesía y novelas de varios géneros— simbolizan el alma de su hermana.

Deben superar en número a los tomos relacionados con lo que ella estudiaba hace poco, los cuales ni siquiera están a la vista.

El único rastro que revela que Lizzy fue estudiante de medicina es una bata blanca doblada en un brazo del diván.

Nada más. Su desinterés siempre fue visible, y ahora se nota más.

Pasea la mirada por cada rincón. Luego como un destello, algo llama su atención: un pequeño libro, grueso y solitario, en la superficie de la cómoda.

Se acerca y al tomarlo, se da cuenta de que no es un libro cualquiera.

Está cubierto de felpa gris y luce desgastado.

Lo abre y al instante lo descubre. Es un diario. El diario de Lizzy.