Lo que se rompió en aquel verano
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Lizzy
«Happier», de Ed Sheeran, se detiene de golpe.
Me quito los audífonos de casco y los dejo alrededor del cuello nada más poner un pie en el estacionamiento tras salir del edificio de la terminal del aeropuerto de Kahului.
Después de un vuelo de casi doce horas con una única escala en Los Ángeles, finalmente estoy en el principal distrito comercial de la isla de Maui, la segunda más grande en superficie y la tercera más poblada de Hawái.
Es miércoles y están por dar las once de la mañana, de modo que no me sorprende que la ciudad ya esté bañada bajo un pleno y brillante sol que luce solitario en un cielo despejado. La brisa húmeda y caliente me abraza.
La sensación no es nueva, pero sí lejana.
Aferro con más fuerza de la necesaria la única maleta con ruedas que he traído como equipaje.
Sí, es verdad que me siento más tranquila y segura de lo que esperaba, pero no puedo ignorar el nudo incómodo que ha ido creciendo en mis entrañas desde que abordé el avión.
Y es que aunque no encuentro grandes diferencias respecto a mis recuerdos en todo lo que me rodea, es verdad que han transcurrido tres años y medio desde la última vez que estuve en este lugar.
Tal vez por eso, a pesar de haber pasado trece veranos de mi vida en estas tierras paradisíacas, siento que todo es nuevo.
O quizá yo soy la distinta.
Llevo a flor de piel los temores que suelen acompañar a los nuevos comienzos, pero en mi corazón habita un fuego renacido. Uno que no tiene nada que ver con Luca West, el chico que alguna vez orbitó mi mundo como un sol propio.
Entonces solo éramos Luca y Lizzy. Letras, tablas de surf y olas de mar.
Ahora todo eso suena lejano, improbable.
Quizá ya ni siquiera pertenecemos a un mismo conjunto como antes.
Y es que incluso en una etapa caótica como esta que atravieso me siento definida: sé lo que hay en mi corazón y lo que quiero hacer durante el resto de mi vida.
Pero si pienso en la vida en pareja, en dúos, no veo nada.
Solo una especie de miedo que contiene cosas invisibles, las cuales no tengo deseos de desentrañar.
De pronto mi celular suena y enseguida lo saco del bolsillo para contestar.
—Cariño, estoy por llegar, ¿ya estás ahí?
—Hola, papá. —Me cuesta pronunciar la última palabra por la falta de práctica, aunque lo hago con una sonrisa—. Justo estoy en la entrada del aeropuerto. Te estoy esperando.
—Bien. Ya estoy cerca. Te veo ahí.
Poco después, distingo el intenso color rojo de la vieja camioneta Chevrolet de Henry, a quien vi por última vez el pasado veinticinco de abril, en mi cumpleaños más reciente.
Viajó a San Antonio para festejarme y de paso, brindarme su apoyo para que me atreviera a perseguir aquello que siempre he anhelado, antes de seguir encauzando mi vida en un camino sin retorno que nunca iba a sentirse como el auténtico.
Por supuesto, para el infortunio de mi madre, una exitosa neurocirujana de San Antonio, hija mayor de un cardiólogo y una enfermera ya jubilados.
No hace falta mencionar la gran disputa de opiniones que siempre ha existido entre mis padres sobre lo que de verdad importa y lo que no.
Aquellos jóvenes que alguna vez se enamoraron en unas lejanas vacaciones hawaianas de verano pactaron el final de su historia de amor el mismo día que terminaron.
La pickup se detiene enfrente de mí.
Con su típica sonrisa, ancha y abierta, Henry baja del asiento del conductor y bordea la camioneta, pero antes de ayudarme con la maleta, me estrecha en un cálido abrazo que tiene el superpoder de ahuyentar casi todas mis inseguridades.
En cuanto me siento cobijada por su calor, es como si de repente todo se enchufara a mi alrededor.
Ya no soy la extraña que visita por primera vez un sitio que es muy similar al que habita en sus memorias.
Una vez más, estoy en casa.