Lo que sabe de mí Capítulo 50
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Capítulo 50

Llamé a mi hermana a las once y cuarenta desde el coche.

Dio señal seis veces y saltó el contestador con la voz de una compañía de teléfonos, porque el suyo no lo ha grabado nunca.

Colgué antes del pitido y volví a llamar, y esa vez dio dos señales y se cortó, que es lo que pasa cuando alguien coge el móvil y lo cuelga.

No volví a llamar.

Al chico no lo llamé. No lo llamé aquella noche y no lo he llamado después.

Llegué a casa a las doce y diez. Las cuatro cajas siguen en la entrada, en el mismo sitio donde las dejé hace veinticinco días, y para llegar al salón hay que pasar de lado.

Me senté en el sofá con el abrigo puesto y estuve así hasta las tres.

En algún momento de esas tres horas hice lo siguiente. Escribí a Adrián y no contestó. Llamé a Adrián y estaba apagado. Volví a escribir a las dos menos cuarto y a las dos y diez, y lo que puse en el segundo mensaje no lo voy a poner aquí.

Me enteré cinco días después, por Pilar, que a las nueve y media de aquella noche él ya estaba en un despacho de la calle Serrano con una abogada de las caras, y que llevaba el móvil apagado por indicación de ella, y que a la mañana siguiente los dos se presentaron en el juzgado con un escrito de personación.

No había desaparecido. Estaba haciendo lo que hay que hacer cuando has firmado una cosa así, con alguien que se lo cobra por horas.

A las siete y veinte de la mañana me llamó Tomás.

—Dimito hoy —dijo—. Ya lo he mandado.

—Vale.

—No te lo digo para que me digas nada.

—Ya lo sé.

Se quedó callado un momento y se oyó una televisión de fondo.

—Mara, ¿tú sabías esto cuando estuvimos en la notaría?

—Sí.

—Joder.

—Sí.

—Vale. —Otro silencio—. Es lo que te iba a preguntar. Ya está.

Y colgó.

Celia mandó el suyo a las nueve. Es un escrito de tres páginas dirigido a Arcadia, con copia a la asesoría, en el que la sociedad manifiesta que el manifiesto de integridad se emitió por la certificante en el ejercicio de una función técnica y que la sociedad no comparte ni asume las calificaciones contenidas en la comunicación de una socia realizada a título individual.

Es correcto. Está bien redactado. Y dice, con otras palabras, exactamente lo contrario de lo que la misma sociedad puso por escrito ante un comprador durante ocho semanas.

De Bru llegó un correo de cuatro líneas a las diez y veinte, dirigido a los tres socios, agradeciendo la disposición de todas las partes durante el proceso y comunicando que Arcadia dejaba sin efecto la carta de intenciones.

La última línea decía que quedaba a nuestra disposición para cualquier aclaración.

No se despidió de mí en particular. No tenía por qué.

Del corpus no supe nada hasta media mañana. La preservación se acordó el día siguiente: los siete precintos siguieron donde estaban toda la noche, con Bassols sentada al lado en una silla de plástico, y salieron de aquel local a las once y cuarenta de la mañana con un funcionario y con acta.

Yo no lo vi. Me lo contó Pilar por teléfono cuando ya había pasado.

Sigo teniendo el veintiséis por ciento.

Lo digo porque es la única cosa de todo esto que la gente no entiende cuando se lo cuento.

No lo he entregado, no lo he donado, no lo he puesto a nombre de nadie y no he creado ningún fondo para nadie, entre otras cosas porque no hay dinero: hay una participación en una sociedad que no puede vender lo único que valía y que tiene por delante lo que tiene por delante.

Pilar dice que probablemente acabe embargado preventivamente, y que eso es lo mejor que puede pasarle.

De las once mil personas de aquellas cajas, aquella noche no se reparó ni una.

A las cinco y veinte me quedé dormida en el sofá con el abrigo puesto y me desperté a las seis y cuarto con la calefacción apagada.

Me duché, me cambié, me hice un café que no me bebí y salí de casa a las siete y media.

Los juzgados de plaza de Castilla abren a las ocho.

Pilar llegó a menos cuarto con el escrito y con una carpeta, y no me dijo que fuera a salir bien ni que hiciera bien ni ninguna de las cosas que se dicen. Me preguntó si había desayunado, le dije que no, y me dijo que era una tontería.

A las ocho menos cinco se abrieron las puertas.

Entré la primera. La sala de espera de esa planta tiene sillas de plástico azul atornilladas al suelo en filas de cinco, y a esa hora está vacía y hace frío porque llevan toda la noche con la calefacción apagada.

Me senté en la primera fila, en la silla del extremo, y dejé el bolso en el suelo entre los pies.

Detrás de mí no había nadie todavía.