Capítulo 49
El manifiesto se emitió a las veintiuna cero cero.
Son once páginas. Bassols firmó primero, en la línea de arriba, y me pasó el bolígrafo, y firmé yo debajo, y el fedatario puso su sello y su firma y anotó la hora en el acta.
Salí al pasillo del local, un trozo de pasillo con dos sillas y una máquina de agua.
Saqué el móvil y escribí a un número que no está guardado con ningún nombre.
Manifiesto firmado. 21:00.
Se envió a las veintiuna cero cuatro.
Volví dentro. La sala estaba en ese estado en que se quedan las salas cuando algo largo acaba: gente de pie, alguien recogiendo cables, dos personas de la casa mirando el móvil.
Y a las veintiuna cero cinco empezaron a sonar.
Primero el de la chica que había venido con el asesor de Arcadia. Luego el del abogado joven. Luego el del asesor. Luego el de Bru, que estaba en la puerta de la calle y que entró mirando la pantalla y no levantó la vista hasta que llegó al centro de la sala.
—¿Qué es esto? —dijo alguien.
Nadie contestó durante casi un minuto porque todos estaban leyendo.
Yo también lo abrí, aunque me lo sabía de memoria. Llegó a mi correo como a los demás, porque uno de los cuatro destinatarios era el despacho de Pilar y de ahí salió a más sitios en once minutos.
Cuatro folios. Doce operaciones. Fechas, ciudades, referencias. Seleccioné el objetivo. Diseñé el procedimiento. Actué con autonomía. Y el punto cuarto, con la dirección de la sociedad recibiendo informes y archivándolos.
Vi entonces una cosa que no había previsto y que me dejó de pie en mitad de aquella sala sin poder moverme.
Se pusieron a trabajar.
A las veintiuna diez, el abogado joven ya estaba hablando por teléfono con alguien y diciendo dos veces la palabra «empleado».
A las veintiuna diecisiete, Celia entró en el local, que hasta ese momento no había pisado, y en cuarenta segundos le había dicho al asesor de Arcadia que la sociedad había cesado a esa persona hacía seis años y que colaboraría con lo que hiciera falta.
A las veintiuna veinticinco, alguien de la casa dijo en voz alta, sin ninguna maldad, que menos mal que era de campo.
Bru leyó los cuatro folios dos veces, se guardó el móvil y dijo:
—Esto lo miramos mañana.
Eso fue todo.
Un hombre había firmado una declaración renunciando a cualquier defensa posible, se había atribuido doce delitos y había hecho pública su vida entera para que aquella venta no se pudiera cerrar.
Y treinta y cinco minutos después, en la misma sala, seis personas educadas lo habían convertido en un problema de comunicación de un antiguo empleado.
No se detiene nada con eso. Nunca se detuvo nada con eso.
Un operativo autónomo es exactamente la historia que una empresa necesita para sobrevivir a una cosa así.
A las veintiuna cincuenta llegó lo otro.
No sonó nada. Fue al revés: se hizo un silencio muy raro, porque cuatro personas recibieron el mismo correo con dos minutos de diferencia y ninguna dijo nada mientras lo abría.
La sociedad. El comprador. La perito. El fedatario.
Iba una declaración manuscrita de once páginas, escrita a bolígrafo y firmada hace cuatro días, en la que Mara Vidal Ríos relata la creación del método, la redacción de los protocolos, el margen que dejó en el consentimiento de verificación y la fecha exacta en que supo lo del expediente de su hermana.
Iba la referencia del inventario emitido cincuenta minutos antes.
Iba la dirección de aquel local, con el número de portal.
Y iba una solicitud de preservación urgente y entrega del corpus a la autoridad judicial.
Bassols fue la primera en levantar la cabeza.
Miró la mesa de los precintos, luego al fedatario y luego a mí.
—¿Alguien va a tocar algo? —dijo.
Nadie se movió.
—Pregunto en serio. Si alguien de esta sala va a acercarse a esas siete cajas, que lo diga ahora y lo hago constar.
Silencio.
—Muy bien. —Se puso otra vez los guantes, que ya no hacían falta para nada—. Entonces se queda todo como está y yo me quedo aquí.
Y se sentó en una silla, al lado de la mesa de los precintos, con el chaleco puesto, y no se movió de ahí en toda la noche.
A las veintidós y treinta, Bru salió de la sala pequeña donde llevaba veinte minutos con dos personas y con el teléfono.
—Buenas noches —dijo, a nadie en particular—. Suspendemos.
—Ismael —dijo Celia.
—El activo está afectado por una contingencia material sobrevenida. —Se abrochó la chaqueta—. No es un juicio de valor. No podemos formalizar la adquisición de un corpus cuya preservación se ha solicitado a una autoridad esta misma noche. Mañana hablamos con calma.
—Es un empleado.
—Esta mañana era un empleado. —Cogió su abrigo del respaldo—.
A las diez menos diez había una declaración de un antiguo operativo.
A las diez menos diez de la noche hay un inventario certificado de once mil piezas con la cadena completa, firmado por la persona que diseñó el sistema, y una solicitud de preservación con la dirección de esta puerta.
Se puso el abrigo.
—Son dos cosas distintas —dijo—. Buenas noches.
Y se fue.
Celia se quedó de pie en el centro de la sala.
Lo entendió ahí. No lo digo por interpretar: lo entendió ahí, porque se volvió y me buscó, y me estuvo mirando un rato largo, y luego fue hacia la puerta y se paró a mi lado, en el vestíbulo, donde están las dos sillas y la máquina de agua.
—Has votado que sí para que lo juntaran —dijo.
—Sí.
—Treinta días.
—Sí.
Asintió despacio, dos veces.
—Hiciste exactamente lo que había en el informe —dijo—. Actuar contra tus propios intereses sabiendo que te estaban manipulando. Lo pidieron por escrito en septiembre y lo tienen, con fecha y con notario.
—Lo sé.
—Y les da igual que salga en el periódico. —Se ajustó el bolso en el hombro—. Eso es lo único que no vas a poder quitarles.
Salió a la calle.
A las veintitrés y quince el fedatario cerró la diligencia del día. En el papel consta que los siete precintos permanecen intactos, con sus números, y que ninguna de las partes ha solicitado acceso.
Yo salí a las once y media. En la acera, apoyada en el coche, miré el móvil.
Le había escrito a las veintiuna cero seis, sin pensarlo, desde el pasillo, dos palabras y un signo de interrogación.
No había contestado.
MANIFIESTO DE INTEGRIDAD
Consolidación del activo documental. Once páginas. Se reproducen la primera y la última.
En Madrid, a las veintiuna horas del día 6 de febrero, en el entorno controlado de acceso único sito en el domicilio que consta en el acta, y en presencia del fedatario que suscribe, se emite el presente manifiesto.
I. Objeto. Hacer constar el resultado de la consolidación íntegra de los siete repositorios que integran el activo documental, practicada entre las 12:00 y las 20:40 del día de la fecha.
II. Alcance de las firmas. La perito responde de la verificación de ficheros, de sus huellas y de la correspondencia técnica entre lo declarado y lo entregado.
La arquitecta certificante responde de la arquitectura del sistema, de la correspondencia entre repositorios, de la integridad del inventario y de la reproducibilidad del método documentado.
Ninguna de las firmantes responde del contenido de las piezas, que no ha sido examinado.
III. Resultado. Los siete repositorios han sido consolidados. Las huellas calculadas coinciden con las declaradas, con la salvedad recogida en la diligencia de las 14:15, resuelta. El inventario resultante asciende a 11.204 piezas.
(última página)
XI. Inventario. Extracto de correspondencias verificadas por muestreo. [...]
XII. Piezas de tipo documental distinto de informe. Repositorio 5, fila 341. Sección de cierre, operación 4471-B. Fecha de entrega en mano y hora de firma de recepción según registro. Estado: íntegra.
XIII. Precintado. Practicado a las 20:40 sobre los siete repositorios, con precintos numerados del 1 al 7, bajo custodia del fedatario hasta la formalización.
Y para que conste, firman:
Aurora Bassols Ferré, perito.
Mara Vidal Ríos, arquitecta certificante.
Identificador R1 R4 R5 R7 Estado 0-8-114-2207 ✓ ✓ ✓ ✓ verificado 0-8-114-2208 ✓ ✓ ✓ ✓ verificado 0-8-114-2209 ✓ ✓ ✓ ✓ verificado