Lo que sabe de mí Capítulo 48
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Capítulo 48

A las doce menos cinco había en la acera de Fuencarral dos furgonetas, seis personas de la casa y un notario que no era el de la junta.

Se entra de uno en uno. El fedatario toma nombre, apellidos, documento y hora, y lo dice en voz alta mientras lo escribe, y cuando entras te da un adhesivo con un número que no es tu nombre.

A mí me dieron el cuatro.

Bassols estaba dentro con dos técnicos y con guantes de nitrilo puestos desde antes de que llegara nadie.

—Buenos días. Su puesto es este.

El mío era la mesa del centro, la grande. Encima había un portátil abierto con una sesión ya iniciada, un bloc de hojas numeradas, un bolígrafo y nada más.

Miré la pantalla.

No es el sistema de Mímesis. Es una vista construida para aquel día, con el nombre de la firma de Bassols en la esquina, y lo primero que se ve es un árbol: siete ramas, una por repositorio, y debajo de cada rama, números.

Números de piezas. Números de identificador. Números de correspondencia.

Ninguna columna de texto. Ninguna. Donde en mi sistema hay un campo que se llama «objetivo» y otro que se llama «desarrollo» y otro que se llama «observaciones del operativo», en aquella pantalla había una franja gris con un guion largo en medio.

—Si intenta abrir una pieza le va a salir un aviso —dijo Bassols, sin levantar la vista de lo suyo—. Y el aviso queda registrado.

—Entendido.

—No se lo digo por usted. Se lo digo porque a todo el mundo se le ocurre a media tarde.

Los repositorios entraron a las doce y cuarto, uno detrás de otro, cada uno con su responsable y cada uno por su lado, y ninguno de los seis se cruzó con otro dentro de la sala porque el fedatario los fue llamando por número de posición.

Fue la primera vez.

Once mil expedientes. Nueve años y medio. Siete cajas que no se hablan entre sí desde que yo escribí, en una semana de julio, que no debían hablarse.

Estaban todas en la misma habitación, a la vez, a menos de doce metros unas de otras, y yo estaba en el centro con un adhesivo con el número cuatro pegado en el jersey.

El trabajo empezó a la una menos veinte y no paró hasta las ocho y media.

Lo primero son las huellas. Cada repositorio trae la suya declarada y los técnicos la calculan otra vez delante del notario.

Es lento y es aburrido y no lo puede hacer nadie más deprisa.

A las dos y cuarto una no cuadró, y hubo doce minutos en los que nadie habló y en los que a mí se me subió el corazón a un sitio que no es el suyo, y resultó ser un problema de codificación de dos ficheros antiguos y se resolvió.

Nadie comió. Trajeron unas bandejas a las cuatro y se quedaron ahí.

Lo mío empezó a las cinco.

Mi trabajo consistió en tres cosas y todas se hacen con números.

La primera es decir si el árbol que tienen delante es el árbol de verdad. Siete repositorios, sus dependencias, qué cuelga de qué, qué no cuelga de nada. Eso lo diseñé yo y lo reconocí en cuatro minutos, y luego estuve dos horas comprobando ramas para poder decir que lo había comprobado.

La segunda es la correspondencia. Coges un identificador del cinco y tiene que aparecer en el cuatro, en el uno y en el siete. Cuatro apariciones, cuatro sitios, un mismo número. Si aparece en tres, se anota. Si aparece en cinco, se anota.

Hice mil doscientas comprobaciones por muestreo y no vi ni un nombre.

Es eso. Estuve tres horas mirando cadenas de siete cifras y letras y no supe en ningún momento de quién estaba hablando, y ese es el motivo por el que aquella tarde pude hacerlo.

La tercera fue la peor.

Reproducibilidad. La certificante declara que el método documentado es reproducible en los términos declarados por la transmitente.

Eso se comprueba abriendo el catálogo de secciones, que está en el siete, y comparándolo con las eficacias registradas. Sin nombres, sin casos, sin historias. Números.

Sección cuatro: eficacia declarada, tanto por ciento. Comprobada sobre tantas aplicaciones. Coincide.

Sección seis: eficacia declarada, tanto por ciento. Comprobada sobre tantas aplicaciones. Coincide.

Estuve un rato con esa línea.

A las seis y cuarenta apareció.

No fue nada. Fue una fila más de una lista de correspondencia del bloque que me tocaba a las seis y cuarenta, con su identificador de siete cifras a la izquierda y cuatro palomas verdes a la derecha, una por repositorio.

Yo tengo ese número desde hace ocho años y cuatro meses. No lo he escrito nunca en ninguna parte y lo tengo.

Puse el cursor encima. Se puede clicar. Sale el aviso.

Lo dejé donde estaba, marqué la correspondencia como verificada y pasé a la fila siguiente, que era otro número de siete cifras que no me decía nada, y a la siguiente, y a la siguiente.

Tardé cuatro segundos más que en las otras. Eso es todo lo que pasó y no pasó nada más.

A las siete y veinte, en el bloque del cinco, había una pieza que no es un informe.

En el inventario del repositorio cinco, además de los informes de campo, están archivadas las secciones de cierre. Vienen aparte, con su referencia de operación, su fecha de entrega en mano y la hora de la firma de recepción.

La de la operación 4471-B está en la fila trescientos cuarenta y uno.

Sección de cierre. Referencia. Fecha. Hora de recepción: 17:04.

No hay más. No hay una vista previa, ni un extracto, ni las tres primeras palabras. Hay un identificador, una etiqueta de tipo documental y una casilla que dice «íntegra», que en aquel contexto quiere decir que el fichero no está corrupto.

Estaba a dieciocho centímetros de mis dedos y llevaba puesto el guante de la mano derecha porque a esas horas ya me lo había puesto sin darme cuenta.

Verifiqué la correspondencia. Marqué la fila. Seguí.

A las ocho y treinta y cinco Bassols dijo que había terminado y a las ocho y cuarenta cerró el inventario.

Los dos técnicos precintaron los siete repositorios uno por uno, en el orden de las posiciones, y el fedatario fue leyendo en voz alta el número de cada precinto mientras lo colocaban.

Del uno al siete.

—Ya está —dijo Bassols, y se quitó los guantes.

Y entonces me tendió la mano.

—Ha sido un placer. —Se los guardó en el bolsillo del chaleco—. Y se lo digo en serio: es el sistema mejor documentado que he auditado nunca. Trazabilidad completa en once mil piezas, sin un salto. Enhorabuena.

Le di la mano.

—Gracias.

—¿Lo diseñó usted entera?

—La arquitectura sí.

—Pues está muy bien hecho.

El notario levantó acta del precintado a las ocho y cuarenta y ocho. En el papel que yo iba a firmar a las nueve, en la línea de abajo a la derecha, ya estaba mi nombre completo con los dos apellidos, y encima, en una casilla, la palabra «certificante».

Firmar aquello es decir cuatro cosas.

Que la arquitectura es la que digo. Que las piezas se corresponden. Que el inventario está completo.

Y que funciona.