Capítulo 47
En recepción me dieron la pegatina antes de que la pidiera.
Subí a las diez menos diez. En la sala había siete personas: Celia, Tomás, el abogado joven, un notario que no era el de Almagro, Bru, un asesor de Arcadia al que no conocía y una chica que se sentó al fondo con un portátil y no dijo su nombre.
Me senté donde me siento.
La luz de Zurbano entraba igual que entra siempre a esa hora, y Celia estaba otra vez de espaldas a ella, y yo otra vez con los ojos en la ventana, y en algún momento entre las diez menos diez y las diez pensé que aquella habitación la había medido yo con una cinta métrica hacía nueve años y medio.
Eso fue lo único que pensé antes de que empezara. Lo demás lo mantuve fuera.
Se me daba bien. Lo hice tres o cuatro veces durante la mañana: aparecía una cosa por el borde, una cocina, un trapo colgado del tirador de un horno, y yo miraba una carpeta, o el filo de la mesa, o al notario, que tenía una mancha de tinta en el índice derecho, y aquello se iba.
—Buenos días —dijo Celia—. ¿Empezamos?
El notario leyó la constitución de la junta. Universal, cien por cien del capital presente, punto único del orden del día. Leyó los tres nombres con los dos apellidos de cada uno y los porcentajes.
Cuando dijo el mío, Tomás levantó la cabeza.
Luego el abogado joven leyó la propuesta de acuerdo, que son once líneas y que yo podría haber recitado de memoria porque llevaba treinta días leyéndola en distintas versiones.
—¿Alguna manifestación previa? —dijo el notario.
—No —dijo Celia.
—Ninguna —dijo Tomás.
Tardé.
No sé cuánto. Lo bastante para que el notario levantara la vista del acta y para que Bru, al otro lado de la mesa, dejara de mirar su carpeta.
En el capítulo de hace treinta días yo habría dicho algo. Habría hecho constar tres cosas, habría exigido acta notarial de algo, habría explicado en qué me basaba. Aquella mañana no tenía ninguna gana de que constara nada mío.
—Ninguna —dije.
—Se procede a la votación.
Ahí está la parte que llevaba treinta días esperándome.
—Doña Celia Monterde Ayala, cuarenta por ciento.
—A favor.
—Don Tomás Llorente Sanz, treinta y cuatro por ciento.
—A favor.
—Doña Mara Vidal Ríos, veintiséis por ciento.
—A favor.
Hubo dos segundos en los que no pasó absolutamente nada.
El notario escribió. La chica del fondo dejó de teclear y volvió a teclear. Bru no se movió, porque para él aquello era el resultado previsto y no había ninguna razón para moverse.
—Perdona —dijo Tomás—. ¿Puedes repetirlo?
—A favor.
—Mara.
—A favor, Tomás.
Se echó hacia atrás en la silla y se quedó mirándome con la boca un poco abierta, y luego miró a Celia, y Celia estaba mirando al notario.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Porque esto no se deshace.
—Ya lo sé.
—Quiero que conste que se lo he preguntado dos veces —dijo Tomás, y lo dijo hacia el notario, no hacia mí.
—Consta —dijo el notario.
Celia no preguntó nada.
Eso es lo que quiero dejar escrito de aquella mañana, porque estuve dándole vueltas mucho tiempo después.
La mujer que llevaba treinta días desmontándome pieza a pieza no hizo una sola pregunta cuando le di lo que quería.
Ni «¿por qué?», ni «¿qué has decidido?», ni la mirada de quien comprueba.
Nada. Anotó el resultado en su cuaderno y esperó a que el notario terminara de escribir.
Porque para ella no había nada que preguntar. Aquello no era una rendición, ni un cambio de opinión, ni un acuerdo. Era un dato que llevaba en un informe desde septiembre.
—Aprobado por unanimidad —dijo el notario—. Cien por cien del capital.
Bru se levantó y se abrochó la chaqueta.
—Con su permiso —dijo, y firmó la apertura de la fase de cierre en dos ejemplares, y le dio la mano al notario y luego a Celia y luego a Tomás y luego a mí, con las dos manos, exactamente igual que en el paseo de la Habana.
—Consolidación a las doce —dijo el asesor de Arcadia—. En Fuencarral. ¿La señora Vidal tiene la dirección?
—La tengo.
Recogí y salí de la sala.
El pasillo de la tercera tiene una mampara de cristal desde la puerta de la sala hasta el ascensor, que pedí yo en el año cuatro para que entrara luz en la zona de análisis.
Adrián estaba al otro lado.
De pie, sin apoyarse en nada, con las manos vacías, en el hueco que hay entre la mampara y la escalera. Nadie le había dado ninguna pegatina y nadie parecía haberle preguntado nada.
Nos vimos.
Duró lo que dura cruzar seis metros de pasillo por dentro mientras alguien los cruza por fuera. No hizo nada. No levantó la mano, no se acercó al cristal, no miró la hora. Estuvo quieto, mirándome, y yo seguí andando y llegué al ascensor y me di la vuelta para pulsar el botón. Ya no estaba.
Y hay una cosa que él sabía y que yo sabía que sabía.
Él sabía que a las nueve y cinco de la noche iba a salir un texto con su nombre, porque lo había firmado.
Y sabía que yo también lo sabía, porque me lo había dicho en un portal, y porque tres noches antes me había visto coger un folio de la mesita de su entrada y guardármelo en el bolsillo del abrigo sin decir nada.
Los dos habíamos mirado el mismo reloj y ninguno de los dos sabía lo que iba a hacer el otro.
Bajé. En la sala, Celia estaba de pie junto a la mesa con el calendario abierto por febrero y el rotulador destapado, escribiendo algo pequeño al lado de las dos rayas.