Capítulo 46
—Pasa —dijo—. Que hace frío.
La cocina estaba con las luces de arriba encendidas y la mesa recogida. Había una bolsa de la compra sin deshacer encima de una silla y ella la apartó y la puso en el suelo para que yo pudiera sentarme.
No me senté.
—El seis voy a entregar el archivo —dije—. Entero. A un juzgado.
Julia dejó el trapo en la encimera.
—Vale.
—Y tu expediente va dentro.
Se quedó quieta.
—Me dijiste que no.
—Lo sé.
—Me lo dijiste ahí, en esa silla, hace ocho días.
—Ya lo sé.
Se pasó las dos manos por delante del delantal, que no llevaba, que es un gesto que le he visto hacer mil veces cuando no sabe qué hacer con las manos.
—¿Y ahora vienes a pedirme permiso?
—No.
—¿No?
—Vengo a decírtelo.
Se rio una vez, corto, sin ninguna gracia.
—Muy bien.
—Julia.
—No, si está muy bien. Es lo más honrado que has hecho en cinco semanas. —Cogió una silla y se sentó ella, y yo me quedé de pie—. Explícamelo.
—Puedo sacarte.
—¿Puedes?
—Materialmente puedo. Puedo pedir que tu expediente no se incorpore. —Dejé el bolso en la mesa—. Y si lo saco, no sirve de nada lo demás.
—¿Por qué?
—Porque lo que se entrega tiene que estar completo. Si falta una pieza, la perito no firma. Si no firma, no hay certificación. Y si no hay certificación, lo que llega al juzgado son papeles que ha traído una señora que estaba enfadada con sus socios.
—Eso ya me lo has dicho.
—Y hay otra cosa. La de verdad. —Y aquí me oí decirlo, y lo dije entero y de una vez porque llevaba dos días sabiendo que iba a tener que decírselo a ella y a nadie más—. El archivo no crea la pluralidad. La prueba. Y si saco tu nombre, deja de probarla.
Julia no dijo nada durante un rato.
Fuera pasó un coche. Arriba no había nadie.
—Explícame eso último —dijo—. Despacio.
—Hay once mil expedientes. Si los entrego todos menos el tuyo, sigue habiendo once mil menos uno, o sea que sigue habiendo muchos.
—Puse las dos manos en el respaldo de la silla que no había ocupado—.
Pero para que un juez vea que eso es una sola cosa y no once mil cosas sueltas, tiene que poder seguir la cadena entera en un caso, y en otro, y en otro.
Y la cadena solo existe si están las cuatro piezas de cada uno.
—Y si le quitas una a la mía, la mía deja de ser una de las once mil.
—Sí.
—Y entonces yo no le sirvo.
—No es eso.
—Es exactamente eso, Mara. —No levantó la voz ni una vez en toda la conversación—. No me estás diciendo que no puedas sacarme. Me estás diciendo que no te conviene.
—Te estoy diciendo que si te saco, no se prueba.
—Y a mí eso me da igual. —Y ahí sí se le movió algo, y fue lo único—. ¿Lo entiendes? Que a mí me da igual que se pruebe.
—Julia...
—A mí no me tiene que probar nada nadie. Yo ya sé lo que me pasó. Lo sé desde hace nueve años y me he pasado nueve años organizándome la vida alrededor de eso, y ahora resulta que mi vida vale como demostración.
Se levantó y fue al fregadero y abrió el grifo y no puso nada debajo, y lo cerró.
—¿Cuándo lo supiste?
Me quedé quieta.
—¿Qué.
—Cuándo supiste tú lo mío. —Se volvió—. No hoy. Entonces.
—Julia.
—Es que hay una cosa que llevo años sin preguntarte y hoy me da igual. —Se apoyó de espaldas en la encimera—. Tú entraste ahí antes de que a mí me pasara aquello. Tú eras la que hacía los papeles. Y en nueve años no me has preguntado ni una sola vez cómo se llamaba aquel hombre.
—No lo sabía.
—Sí.
—Julia, no lo...
—Ni una vez, Mara. —Se le puso la voz muy tranquila, que es como se le pone cuando ya no hay marcha atrás—. Cualquiera me lo habría preguntado. Una hermana pregunta. «¿Cómo se llamaba?», «¿de dónde salió?», «¿te acuerdas de la cara?». Todo el mundo pregunta eso. Tú no.
Yo tenía las manos en el respaldo de aquella silla y no me acuerdo de haberlas movido en toda la conversación.
—Hace ocho años y cuatro meses —dije.
Julia no se movió.
—Un mes después de que se cerrara. Salió una referencia en un cruce de datos que yo estaba haciendo por otra cosa, y vi el apellido, y comprobé la autorización, y estaba firmada arriba. —Me oí—. Y cerré la pantalla, y no abrí incidencia, y seguí trabajando.
—Ocho años y cuatro meses.
—Sí.
—Yo vine a esta casa hace cuatro. —Miró la cocina, entera, como quien cuenta ventanas—. Tú me ayudaste con la mudanza. Trajiste cajas. Te quedaste a dormir dos noches en el sofá porque Hugo estaba raro.
—Sí.
—Y llevabas cuatro años y medio sabiéndolo.
—Sí.
Se quedó un momento más de espaldas y luego cogió el trapo de la encimera y lo dobló y lo dejó en su sitio, que es el mismo de siempre, colgado del tirador del horno.
—Vete —dijo.
—Julia.
—Vete a tu casa. —Ni un grito—. Haz lo que tengas que hacer el seis, que ya veo que lo vas a hacer, y a mí déjame en paz.
Cogí el bolso.
—Y a Hugo no lo llames más.
Me paré con la mano en el respaldo.
—No le vas a contar tú lo que le tenga que contar alguien —dijo—.
Ni ahora ni cuando esto salga en algún sitio ni dentro de dos años.
Si un día se entera, se enterará por mí, y voy a ser yo la que esté sentada delante de él cuando se entere.
Esa es la única cosa que me queda de esto y no te la voy a dar.
—Vale.
—Dímelo con la...
Se le rompió la voz. Solo esa vez.
—No. Vete.
Salí por el pasillo yo sola. La puerta la cerré yo.
En el coche estuve un rato sin arrancar. Enfrente, la ventana de la cocina seguía encendida y se veía la mitad de arriba de una mujer de treinta y nueve años de pie delante de un fregadero.
No se movió en todo el tiempo que estuve mirando.