Lo que sabe de mí Capítulo 45
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Capítulo 45

Aparqué a las seis menos veinte enfrente de la casa y no me bajé.

Estuve cuarenta minutos ahí.

Lo que hice en esos cuarenta minutos fue lo único que sé hacer, que es poner una cosa detrás de otra en el orden en que van a pasar.

El seis por la noche, cuando Pilar entre eso en un juzgado, el expediente de mi hermana va dentro. Íntegro. Con su identidad, con su referencia, con el informe de campo del hombre que la sedujo y con la entrada de matriz que lo une todo.

A partir de ese momento Julia Vidal Ríos es una perjudicada en unas diligencias.

Eso significa lo siguiente, y lo enumeré ahí sentada, con las manos en el volante, porque necesitaba verlo entero y no a trozos.

Significa que va a haber gente que lea lo que le pasó.

No una persona: un juzgado, una fiscalía, un forense si hace falta, los abogados de Mímesis, los de Celia, los de Tomás, los del fondo, los de él.

Profesionales. Gente correcta que hace su trabajo y que va a tener encima de una mesa cuarenta y un minutos de audio de una mujer de treinta años dándole las gracias a un hombre en un bar de Atocha.

Significa que la van a citar. Que va a tener que ir, y contarlo, y que se lo van a preguntar dos veces por si acaso.

Significa que aquello de hace nueve años deja de estar cerrado. Que un acuerdo de residencia obtenido mediante engaño es un acuerdo que se puede reabrir, y que reabrirlo es lo que un abogado le recomendaría, y que reabrirlo la mete otra vez en un juzgado de familia con Hugo de quince años en medio.

Significa que su intimidad está protegida hoy y que dentro de dos años lo decidirá otra persona. Un tribunal dirá qué parte de esa historia se oye en público y qué parte no, y lo decidirá con criterio, y lo decidirá sin ella.

Y significa lo último, que es en lo que más me detuve.

Hace nueve años alguien decidió por Julia qué era lo mejor para ella y consiguió que firmara. Y el seis por la noche voy a decidir yo por Julia qué es lo mejor, y ella no va a firmar nada, porque esta vez ni siquiera hace falta que firme.

Eso es lo que hay. No hay una versión de esto en la que yo salga siendo otra cosa.

A las seis y veinte lo tenía escrito por dentro, ordenado, con las cinco consecuencias en su sitio.

Y decidí que sí.

Lo decidí ahí, a las seis y veinte, en el coche, con el motor apagado, antes de tocar el timbre y antes de hablar con nadie.

Cogí el bolso y me bajé.

Hugo estaba en la entrada, agachado, quitándole la cadena a la bicicleta.

—Hola.

—Hola.

Llevaba el abrigo del instituto y una mochila colgando de un hombro. La bicicleta estaba tirada de lado en el suelo, como siempre, y él le estaba dando la vuelta a la rueda para meter el candado por algún sitio.

—¿Está tu madre?

—Sí. —Sin levantar la cabeza—. ¿Vienes mucho ahora, no?

—Un poco más que antes.

—Ya.

Consiguió pasar la cadena. Se levantó y se limpió las manos en el pantalón.

—Me voy a casa de mi padre —dijo—. Un rato.

—¿Vive cerca?

—En Villaverde. Voy en bici si no llueve. —Se ajustó la mochila—. Ceno allí y me vuelvo.

—¿Y qué tal?

—Bien. —Se encogió de hombros—. Es un rollo la bici, pero bien.

Se quedó un momento comprobando el candado, dándole un tirón, de las que hace la gente que ha perdido una bicicleta alguna vez.

—Oye —dijo—. ¿Tú conociste a mi padre?

—Poco.

—Es que mi madre no habla de él.

—Ya.

—Y él tampoco habla de ella. —Le dio otro tirón al candado, aunque ya estaba—. Yo sé lo que pasó, ¿eh? No es que no lo sepa.

—Ya.

—Se lio con uno y se fue. Y mi padre se quedó conmigo. —Lo dijo sin ninguna carga, como se dice el argumento de una película que se ha visto muchas veces—. Yo era pequeño, no me acuerdo casi.

Yo estaba a metro y medio de un chico de quince años, en una acera de Getafe, a las seis y veinticinco de la tarde de un día uno.

Y tenía la frase entera montada. Cabía en dos líneas. Tu madre no se fue con nadie. A tu madre le pusieron a un hombre delante, pagado, con un guion, para que firmara un papel, y lo pagó tu padre, y yo trabajo en la empresa que lo hizo, y lo sé desde hace ocho años y cuatro meses.

Dos líneas.

—Ya —dije.

Hugo cogió la bicicleta por el manillar.

—De lo único que me acuerdo bien es de los martes —dijo.

—¿De los martes?

—Sí. Mi padre no me dejaba llamarla los martes. No sé por qué los martes. Los demás días sí. —Se subió al sillín con un pie en el suelo—. Y yo me acordaba toda la semana de que el martes no.

Se quedó ahí un segundo, esperando a que yo dijera algo.

—Bueno —dijo—. Adiós.

—Adiós.

Salió pedaleando de pie hasta la esquina y luego se sentó, y giró a la derecha, y ya no lo vi.

Me quedé en la acera con las llaves en la mano.

Y entonces se abrió la puerta.

Julia estaba en el escalón con un trapo en la mano y me estaba mirando desde hacía no sé cuánto.