Epílogo
Ocho meses después
Le escribí en junio y no contestó.
Volví a escribirle a mediados de septiembre, tres líneas, sin preguntar nada, y contestó a las once de la noche del mismo día con el nombre de un hotel de la calle Fortuny, una fecha y una hora.
Miré el hotel antes de decir que sí. No es uno de los nuestros. No aparece en ninguna lista de las que yo hice y no tiene sala de reuniones en planta baja, y comprobar eso me llevó ocho minutos y me pareció normal mientras lo hacía.
Llegué la primera. Era lo que quería.
La habitación es corriente. Una cama, un sillón, una mesa pequeña con dos sillas junto a la ventana y un cuadro de un puerto. No hay nada que se parezca a un sitio de trabajo, y ese fue el único criterio que apliqué.
Yo estoy así, y lo escribo aquí porque es el estado en el que se encuentra la persona que cuenta esto y no lo he dicho todavía.
En libertad provisional. Sin pasaporte, que está en un cajón del juzgado desde febrero.
Comparezco los días uno y quince, y voy andando porque me pilla cerca.
Mi participación en Mímesis y lo que tengo están embargados preventivamente desde abril, y no vale gran cosa, y Pilar dice que eso es lo mejor que puede pasarme.
No hay fecha de juicio. No hay condena. No hay nada más que un procedimiento que se mueve despacio y que va a durar años.
Julia no me ha perdonado. Lo escribo así, sin más, porque no hay ninguna forma de escribirlo que lo mejore. Hablamos una vez en marzo, por teléfono, ocho minutos, para una cosa de mi madre. No hemos vuelto a hablar.
De Adrián sé lo que se sabe cuando dos personas están en el mismo procedimiento y no se hablan: que declaró en febrero, que ha vuelto a declarar en mayo, que su abogada es buena, y que a él, además de lo suyo, le van a caer encima doce autorías que no fueron suyas y que se atribuyó por escrito una noche de invierno.
Su abogada le recomendó no tener contacto conmigo. Eso me lo dijo Pilar en marzo, con las palabras exactas: recomendó, no prohibió, porque nadie puede prohibirle eso a un adulto.
Ocho meses.
Llamó a las nueve y diez.
Abrí y era él y estaba más delgado, y no dijo hola, y yo tampoco.
Traía una carpeta.
De cartón, gris, de las de gomas cruzadas, del tamaño de un contrato de arrendamiento y bastante más gruesa. La llevaba en la mano izquierda, contra el costado, de esa manera en que se lleva una cosa que no se piensa soltar en la entrada.
Yo sé cuánto ocupan ochenta páginas. Aquello no eran ochenta páginas.
Entró y la dejó encima de la mesa pequeña, junto a la ventana, y se sentó en una de las dos sillas.
Yo me senté en la otra.
Y estuvimos así un rato, en dos sillas de hotel, con una carpeta cerrada entre los dos.
No hay ninguna cámara en esa habitación, ni la ha habido nunca.
No hay hoja de asignación, ni hora de verificación, ni sobre encima de una mesa con un número de operación.
Nadie va a escribir nada esta noche y nadie va a leer nada el jueves.
No hay ninguna palabra que sirva para preguntar si esto está previsto, porque no hay nada previsto y porque las palabras que teníamos eran de una casa que ya no existe.
Lo único que hay es un hombre de cuarenta y dos años con una carpeta y una mujer de treinta y cinco que sabe perfectamente lo que es.
—Espera —dijo, y fue la primera cosa que dijo en ocho meses.
Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó un papel doblado en cuatro.
Lo dejó delante y lo estuvo mirando un momento sin abrirlo. Luego lo cogió otra vez, lo partió por la mitad, juntó las dos mitades y las volvió a partir, y dejó los cuatro trozos en el borde de la mesa, del lado de la ventana, uno encima de otro.
No lo leyó.
—Tengo juicio en marzo —dijo entonces—. Del mío, no del vuestro. El nuestro va a ir por otro lado.
—Ya lo sé.
—Ya. —Se pasó la mano por la boca y se la quitó—. No sabía qué decirte. Llevo desde julio sin saberlo. Y ahí ponía cosas mejores que las que voy a decir ahora.
—¿Como qué?
—Como que no debería haber vuelto.
—¿Y lo crees?
—No. —Miró la mesa—. Por eso lo he roto.
Se quedó callado.
Yo tenía una pregunta y llevaba ocho meses con ella y ni siquiera es la pregunta que la gente creería. No es la del día catorce. Esa la enterré en febrero en una sala de Fuencarral, a dieciocho centímetros de mi mano derecha, y aprendí a vivir con lo que se aprende a vivir.
La que tenía era más tonta y era esta: si en algún momento de aquellas cinco semanas hubo diez minutos que no estuvieran hechos con material.
No la hice. Y no la hice porque sé lo que habría contestado y sé cuánto habría valido, y porque a estas alturas ya no soy la clase de persona que necesita que le contesten a eso.
Miré la carpeta.
Está terminada. Se ve en el canto: no está creciendo, está cerrada. Las gomas están dadas de vuelta dos veces, que es lo que se hace cuando ya no se va a abrir por la mañana.
Ahí dentro hay cinco semanas mías, y ocho meses más.
Ahí dentro está lo que hago cuando alguien me interrumpe dos veces, y a qué hora me canso, y lo que dije en una habitación de la calle Alcalá y lo que hice en un suelo de Lavapiés, y lo que se me nota en la cara cuando alguien me nombra a mi hermana.
Ahí dentro hay una mujer entera, escrita por la única persona del mundo que sabe mirarla.
Y no está en ningún servidor, ni tiene identificador de siete cifras, ni consta en un inventario, ni la ha certificado nadie. No hay un juez que la pueda preservar ni una perito que la pueda precintar. Es de él y está en una mesa de hotel y podría estar mañana en cuatro sitios distintos.
Ocho meses declarando, con dos abogadas de por medio y un procedimiento que va a durar años, y aquel hombre no ha usado ni una línea.
Todavía.
—Déjala aquí —dije.
Fue una vez. No lo dije suplicando y no lo dije como quien negocia. Lo dije de la manera en que se pide una cosa que se sabe que no te van a dar, que es diciéndola bien y sin adornarla.
Adrián no contestó.
No dijo que no. No dijo por qué. No hizo ninguno de los tres o cuatro gestos que hace un hombre cuando quiere que se note que ha oído algo y no lo va a hacer.
Se quedó donde estaba, con las manos sobre las rodillas, mirándome, y dejó pasar el tiempo que hacía falta para que las dos personas de aquella habitación supieran que la respuesta ya estaba dada.
Yo también dejé pasar ese tiempo.
Y luego me levanté.
Cogí el bolso, me puse el abrigo y fui hasta la puerta, y la abrí, y me quedé al lado con la mano en el picaporte.
No lo hice para probar nada. Aquello no era una prueba, y no había ninguna que hacer, y los dos estábamos a estas alturas muy lejos de necesitarlo.
Lo hice porque eran las diez menos veinte de la noche de un día de octubre y ya no había nada más que hacer en aquella habitación.
Adrián se levantó.
Se puso la chaqueta y se estiró los puños de la camisa, y luego se quedó un segundo delante de la mesa pequeña, con los cuatro trozos de papel en el borde y la carpeta gris en el centro.
La cogió.
Salimos los dos por la misma puerta, y él la llevaba debajo del brazo derecho, y yo lo vi, y no se la volví a pedir.