Lo que sabe de mí Capítulo 43
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Capítulo 43

Fui por la mañana y no estaba.

Llamé tres veces al telefonillo y bajó una vecina con un carro de la compra y me tuvo la puerta abierta, y subí, y llamé arriba, y no estaba. Me senté en el escalón del rellano un rato con el bolso en las rodillas, y luego bajé y me fui.

Volví a las once de la noche.

Esta vez abrió el portal sin preguntar quién era.

Estaba de pie en el recibidor cuando llegué arriba, con la puerta abierta, con la misma camisa de por la mañana o con otra igual. Ninguno de los dos dijo nada.

Y no lo dijimos en ningún momento de aquella noche.

No es un modo de hablar. No hubo saludo, ni una frase para empezar, ni un nombre, ni una pregunta, ni un permiso pedido en voz alta, ni una palabra durante, ni una despedida.

Fue la única vez en cinco semanas que no hubo lenguaje, y de todas las cosas que pasaron entre aquel hombre y yo, esa es la que menos me esperaba.

Entré. Él se apartó y no cerró la puerta.

Se quedó ahí, abierta del todo, contra el tope, con la luz del rellano entrando en el suelo del recibidor y el temporizador contando hasta que se apagó y volvió a encenderse dos veces porque alguien bajó por la escalera.

Yo la vi. Sé que él sabía que yo la veía.

Dejé el bolso en la silla del salón y me quité el abrigo yo misma y lo puse encima.

Lo que había ido a hacer aquella mañana era pedirle que retirara lo del día seis.

Lo había ensayado en el coche y tenía tres argumentos, y el tercero era bueno.

Y a las once de la noche, en la puerta de su casa, ya sabía que no había ningún argumento, porque él había firmado un papel en el que renunciaba expresamente a poder atender ninguno.

Así que no había nada que decir, y ninguno de los dos dijo nada, y eso es lo primero que hicimos juntos en cinco semanas sin que hubiera un procedimiento debajo.

Fui yo la que se movió primero.

Él no se movió hasta que yo llevaba tres pasos, y entonces se movió él, y nos encontramos más o menos a la mitad del salón, y no fue elegante, y no importó.

Y a los dos minutos nos paramos.

No sé decir por qué. No se paró él, no me paré yo: nos paramos, con las manos donde estaban, y estuvimos así un rato largo, mucho más largo de lo que dura una duda. Yo tenía la respiración en la garganta y él tenía la frente contra mi sien y no nos movimos.

La puerta seguía abierta. Se veía desde donde estábamos: el rellano, el felpudo del vecino, el interruptor de la luz.

Cualquiera de los dos podía haber salido por ahí. Yo estaba a cuatro metros de la puerta y a doce minutos andando de mi casa. Él estaba en la suya, y para terminar aquello le habría bastado con dar dos pasos hacia atrás.

No se movió ninguno.

Y cuando aquello se acabó, después del rato entero que tardó en acabarse, seguimos.

Fue corto y fue deliberado. Yo he escrito la palabra «deliberado» en informes de campo durante once años y nunca había entendido lo que quería decir hasta esa noche: cada cosa que hicimos la hicimos sabiendo lo que era, y ninguno se apoyó ni un segundo en la excusa de que estaba pasando sin más.

No hubo ternura. Y quiero decir una cosa sobre eso, porque es fácil escribirlo mal.

No es que no hubiera. Es que ninguno de los dos hizo el gesto de ternura que se hace para arreglar algo.

No hubo la mano en la cara, ni el «shhh», ni la frente contra la frente después, ni ninguna de las cosas que sirven para decirle a la otra persona que esto significa que estamos bien.

Y tampoco hubo nada de lo otro, ni un tirón, ni una brusquedad, ni una manera de agarrar que quisiera pasar factura.

Hubo dos personas que se buscaron, que se pararon a la mitad, que no aprovecharon la pausa y que siguieron.

Y todo lo demás siguió estando allí mientras tanto.

Yo tenía en el bolso, en la silla del salón, un número de teléfono y una hora escrita en un papel.

Él tenía, en algún sitio de aquella casa o en su cabeza, un expediente sobre mí que ya no era el de Mímesis sino otro, y que llevaba cinco semanas escribiendo.

Y entre los dos, encima de la cama, seguía habiendo una noche de hace diez días en la que un hombre se paró antes de tiempo y no explicó nunca por qué.

Ninguna de esas tres cosas se apartó. No hubo un momento en que se apartaran. Estuvieron ahí, con nosotros, todo el rato, y creo que por eso ninguno de los dos habló: porque cualquier frase habría tenido que ser sobre alguna de las tres.

Terminó y no nos dijimos nada.

Se quedó boca arriba con un brazo por encima de la cara. Yo me levanté a los diez minutos, me vestí en el pasillo, sin encender, y volví al salón a por el abrigo.

En la mesita de la entrada, donde tiene las llaves y las monedas y un cargador, había un folio doblado en tres.

Lo abrí lo justo para ver la primera línea.

Es una instrucción de liberación. Media página. Dice a quién se envía, dice que la orden es irrevocable a instancia del declarante y dice la hora en cifras, en el segundo párrafo, con dos puntos en medio.

Lo doblé otra vez y me lo metí en el bolsillo del abrigo.

La copia de la declaración no la toqué, porque la copia estaba en mi casa desde la noche del día cuatro, en el salón, con mis anotaciones a bolígrafo en los márgenes.

Cuando levanté la cabeza, él estaba en el marco de la puerta de la habitación.

Estaba despierto. Me estaba mirando. Vio perfectamente lo que yo tenía en la mano y lo que había hecho con ello.

No se movió.

Me puse el abrigo, cogí el bolso y salí, y la puerta se cerró detrás de mí porque tiene muelle, y bajé los tres pisos andando.