Lo que sabe de mí Capítulo 42
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Capítulo 42

Lo abrí a las siete y media de la mañana, sentada en la mesa del salón, con la persiana todavía bajada.

Son cuatro folios. Está fechado y está firmado con su nombre completo, que hasta ese momento yo solo había visto en una casilla de metadatos y en un catálogo de claves.

Lo leí entero una vez, deprisa.

Luego me levanté, subí la persiana, hice café y lo leí otra vez, despacio, con un bolígrafo, que es la única manera en que sé leer.

Y a la segunda lectura entendí lo que había hecho.

Todo lo que hay ahí es verdad.

Eso es lo primero y hay que decirlo así.

No hay un hecho inventado, ni una fecha falsa, ni una operación que no existiera, ni una víctima que no exista.

Están las referencias con su año y su código.

Están las ciudades. Están las duraciones.

Está NÁCAR con su número, y están otras once operaciones que yo conozco porque hice dictamen sobre nueve de ellas.

Un hombre ha escrito cuatro folios en los que confiesa doce delitos que cometió.

Y en cada uno de los doce, en la misma frase, en un tono administrativo y sin adjetivos, ha puesto tres palabras que son mentira.

Seleccioné el objetivo.

Diseñé el procedimiento.

Actué con autonomía.

Está escrito doce veces, con variaciones mínimas, como se escribe una cosa que se quiere que quede clara. Y en el punto cuarto, que es el que remata, hay una frase que tuve que leer tres veces:

Los informes que redacté fueron entregados a la dirección de la sociedad, que los recibió y los archivó.

Recibió. Archivó.

Es lo que hace una casa que no dirige nada. Una casa que le da a un hombre una herramienta y un despacho, y que luego se encuentra con lo que ese hombre hace y lo mete en una carpeta.

Estuve mucho rato con eso delante.

Porque lo que hay ahí, si nadie puede contradecirlo, es una versión completa, coherente y bien redactada.

Un operativo de campo autónomo, con talento y sin control, que durante ocho años hizo lo que le dio la gana con mujeres que estaban en mitad de un divorcio, y una empresa que le compró los informes y no preguntó lo suficiente.

Eso no es una empresa criminal. Eso es una empresa con un empleado criminal, que es la cosa más antigua del mundo y de la que se sale con un despido, un comunicado y dos años de mala prensa.

Cogí el archivador que me había traído la noche anterior y lo abrí por el índice.

Ocho años de acuses de recepción con su clave y con la hora.

Ocho años de secciones entregadas en mano por una dirección que decidía cuáles le daba y cuáles no.

Ocho años de hojas de conformidad devueltas por verificación.

Es, literalmente, la prueba documental de que aquel hombre no seleccionaba a nadie, no diseñaba nada y no actuaba con ninguna autonomía.

Y no vale absolutamente nada.

Son fotocopias de un hombre. Están en su letra, en su archivador, sin cadena, sin inventario, sin nadie que certifique de dónde salieron, traídas a mi casa en una bolsa de tela por la persona a la que benefician. Un abogado de los suyos las tira en cuatro minutos, y con razón.

Lo único que hay en el mundo capaz de desmentir esos cuatro folios es lo mismo que estaba en juego desde el principio: el archivo entero, consolidado, con inventario y con huellas, y con las secciones que a él nunca le entregaron.

Me senté otra vez.

Hay que ser muy bueno para hacer una cosa así. Hay que conocer perfectamente cómo funciona la casa, y saber que la casa se defiende siempre igual, y adelantarse a la defensa ocupándola tú.

Y hay que quererme mucho, y hay que tenerme muy poco respeto.

Las dos cosas a la vez. Ese es el problema y por eso estuve dos horas sin poder moverme de aquella silla.

Se ha metido delante de mí. Ha decidido, sin preguntarme, cuál es el precio que yo puedo pagar y cuál no, y ha comprado el que él ha considerado que a mí me sobraba.

Ha hecho conmigo exactamente lo que llevo cinco semanas descubriendo que hicieron once mil veces: mirar a una persona, decidir qué necesita y entregárselo sin decirle que se lo estaban entregando.

Y falta lo último. Es lo que me levantó de la silla.

Si el corpus no se reúne entero, su versión gana. Y si su versión gana, él va a la cárcel por doce cosas que hizo y por una autoría que no tuvo, y Celia sale con una nota de prensa.

Es decir: me ha quitado la posibilidad de elegir.

A las diez y veinte fui al coche, abrí la guantera y saqué las cuatro hojas dobladas que me dio hace catorce días en Puerta de Hierro y que llevaban ahí desde entonces.

Las leí en el asiento del conductor, con las llaves puestas y sin arrancar.

Son cuatro pasos. Están escritos en su letra, sin formato, con los verbos en primera persona, y ocupan folio y medio. Los otros dos folios y medio son la razón de cada paso, que es la parte que un guion de la casa nunca lleva.

Es una secuencia buena. Es tan buena que a la mitad tuve que parar y respirar, porque hay un paso, el tercero, que consiste en algo que yo le habría agradecido.

No hay ni una sola manipulación en los cuatro. Ni una mentira, ni una omisión, ni un truco. Lo que hay son cuatro cosas ciertas, dichas en el orden correcto, en el momento correcto, por la única persona que sabía cuáles eran.

Debajo del cuarto paso, al final, hay una línea con otra letra, más apretada, escrita después:

No hace falta. Ya lo hizo ella sola.

Cerré la guantera, arranqué y fui a Lavapiés.

DECLARACIÓN

Cuatro folios. Firmada y depositada. Copia entregada en mano.

Yo, Adrián Leiva Bardají, mayor de edad, con domicilio en Madrid, en pleno uso de mis facultades y sin que medie coacción, promesa ni contraprestación de ninguna clase, hago constar lo siguiente.

Primero. Entre hace catorce y hace seis años presté servicios como operativo de campo, primero para una estructura sin forma societaria dirigida por Celia Monterde Ayala y después para Mímesis, S.L.

Durante ese tiempo intervine en las operaciones que se relacionan en el anexo, identificadas por referencia y año. Son doce.

Segundo. En todas ellas establecí contacto con la persona designada como objetivo ocultando mi identidad real y el motivo de dicho contacto.

Mantuve con varias de ellas relaciones personales e íntimas cuyo único fin era obtener de ellas una decisión determinada.

En ocho casos esa decisión afectaba a un procedimiento de familia en curso. En seis, a la residencia de un menor.

Tercero. Detallo, respecto de cada operación: la referencia, las fechas de inicio y cierre, la ciudad, el objetivo perseguido y el resultado obtenido. Hago constar expresamente que seleccioné el objetivo, diseñé el procedimiento aplicado y actué con autonomía en las doce.

Cuarto. Los informes que redacté fueron entregados a la dirección de la sociedad, que los recibió y los archivó.

Quinto. Respecto de la operación referenciada como 06-NÁCAR, ejecutada hace seis años sobre E.

S., manifiesto que el día once del segundo mes de ejecución le ofrecí acompañarla al extranjero y establecerme allí con ella, a sabiendas de que no lo haría, y que dicho ofrecimiento fue determinante de la firma que se produjo cuatro días después.

Este hecho consta por escrito de mi puño y letra en el informe correspondiente.

Sexto. No he sido inducido, presionado ni instruido por ninguna otra persona para realizar esta declaración, y la formulo con conocimiento de que puede ser utilizada en mi contra.

Séptimo. Solicito que la presente declaración se ponga a disposición de las personas relacionadas en el anexo, o de sus representantes legales, y que se dé traslado de la misma a la autoridad que corresponda.

Instrucción de liberación adjunta al depósito: publíquese el día 6 de febrero, a las 21:05, con independencia de cualquier circunstancia sobrevenida. La presente instrucción es irrevocable a instancia del declarante.