Capítulo 41
Estaba sentado en el escalón del portal, con el abrigo puesto y una bolsa de tela entre los pies.
Eran las diez y veinte de la noche y yo volvía de cenar sola en un japonés de Ponzano al que voy cuando no quiero cocinar. Llevábamos cuatro días sin hablar. Cuatro días son noventa y seis horas y las conté en algún momento de la tercera.
Se levantó cuando me vio.
—Diez minutos —dijo—. Y no vengo a discutir.
—Sube.
—No.
Abrí el portal igual y él entró detrás y se quedó de pie en el vestíbulo, debajo de la luz de los buzones, una luz horrible.
—¿Cómo estás? —dije.
—Bien. —Ni siquiera se le movió la cara—. Toma.
Sacó de la bolsa un archivador de dos anillas, de los gordos, con el canto rotulado a mano.
—¿Qué es?
—Lo que me faltaba por darte. Los cierres de operación de ocho años, los acuses de recepción de las secciones que me entregaban en mano, con clave y con hora, y las hojas de conformidad que me devolvía verificación. Todo lo que en su día me quedé.
Lo cogí. Pesaba.
—Adrián.
—Está ordenado por año y hay un índice a mano en la primera página, porque no tenía impresora.
—¿Por qué me traes esto ahora?
—Porque es tuyo más que mío. —Metió otra vez la mano en la bolsa—. Y esto.
Era un sobre. Blanco, tamaño folio, sin nada escrito por fuera, cerrado con la solapa metida y no pegada.
—Y esto qué es.
—Una copia.
—¿De qué?
—De una declaración que firmé anteayer por la mañana. —Lo dijo igual que lo demás, sin subir la voz—. Está depositada. El original no lo tengo yo. Está en un despacho, con una instrucción de liberación.
Yo tenía el archivador en un brazo y el sobre en la otra mano y no hice ninguna de las cosas que se hacen en esa situación.
—Explícate.
—El texto se publica solo. —Se metió las manos en los bolsillos—. El día seis de febrero, a las nueve y cinco de la noche. Va a cuatro destinatarios y sale a esa hora.
—¿Qué texto?
—Está en el sobre.
—Te he preguntado qué texto.
—Y te he dicho que está en el sobre.
Nos quedamos así, con la luz de los buzones apagándose a mitad de la conversación, y él le dio al interruptor sin mirar, propio de quien ha esperado mucho rato en un portal.
—Retíralo —dije.
—No se puede.
—Todo se puede retirar.
—Esto no. —Y aquí es donde le cambió algo, aunque no fue en la voz—. Fui yo el que pidió que no se pudiera. Está por escrito. Ni yo ni nadie puede pararlo, ni retirarlo, ni retrasarlo, ni cambiarle una coma. A las veintiuna cero cinco sale.
—¿Y si el seis no pasa nada?
—Sale igual.
—¿Y si se cae la venta?
—Sale igual.
—¿Y si yo hago algo que...?
—Sale igual, Mara. —No lo dijo con dureza. Lo dijo como quien repite un dato tres veces para que quede—. No depende de la junta, ni del cierre, ni de ti, ni de mí. Es una hora.
Miré el sobre.
—Has decidido por mí.
—Sí.
—Ni siquiera me lo has preguntado.
—No.
—¿Y no vas a decir nada más?
—No. —Se subió el cuello del abrigo—. Léelo cuando quieras. O no lo leas. Da igual, porque va a salir de todas formas.
Y entonces hizo una cosa que no le había visto hacer nunca: mirar el archivador que yo tenía en el brazo, y luego el sobre, y luego a mí, y todo eso en dos segundos, como quien comprueba que ha dejado las cosas donde tenían que quedarse.
—Ya está —dijo.
Se dio la vuelta y se fue hacia la puerta.
—Hay ascensor —dije, que es la cosa más estúpida que he dicho en mi vida, porque él iba hacia la calle.
Se paró en el primer escalón de la entrada, de espaldas.
—Ya lo sé.
Y bajó los cuatro escalones del portal de dos en dos, y salió, y la puerta se cerró sola con el pistón, despacio, haciendo el ruido que hacen esas puertas.
Subí en el ascensor. Dentro hay un espejo.
Iba con un archivador de dos anillas de ocho años debajo del brazo derecho y un sobre de folio en la mano izquierda, y el sobre no pesaba nada, y el archivador pesaba, y estuve las cuatro plantas con la sensación de que era al revés.