Lo que sabe de mí Capítulo 40
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Capítulo 40

El entorno controlado es un bajo de una calle de Fuencarral que hasta hace dos meses era el almacén de una empresa de reformas. No tiene rótulo. Tiene una persiana metálica, una puerta de acero detrás y ninguna ventana a la calle.

Aurora Bassols me estaba esperando dentro con un chaleco de trabajo y una tablet.

—Buenos días. ¿Trae DNI?

—Sí.

—Se lo voy a pedir hoy y se lo voy a volver a pedir el día seis. No es desconfianza, es que consta.

Tendrá treinta y muchos. Habla en tercera persona del procedimiento, que es una manera de hablar que yo conozco muy bien porque la escribí en cuatro manuales.

—Le enseño la sala y luego le leo su parte —dijo—. ¿Prefiere primero el papel?

—Prefiero verlo.

—Mejor.

La sala es un rectángulo con siete mesas alineadas contra la pared del fondo y una octava en medio, más grande. Encima de cada una de las siete hay un cartel de plástico con un número del uno al siete y nada más.

—Siete posiciones, siete repositorios —dijo—. Cada uno entra por su lado y no se mezcla en ningún momento hasta el inventario.

—¿Y la entrada?

—Una. —Señaló la puerta de acero—. No hay otra. Esa puerta se abre a las doce del día seis, con acta, y no se vuelve a abrir hasta que salgamos todos. Lo que entre, entra antes; lo que no esté a las doce, no está.

—¿Y si falta algo?

—Se hace constar que falta y no se emite manifiesto.

Fuimos por delante de las siete mesas. En cada una había una caja de material precintada, con un adhesivo numerado y una firma.

—El procedimiento es este —dijo, y lo dijo señalando, no explicando—.

De cada repositorio se calcula la huella.

Se compara con la declarada. Si coincide, se anota.

Si no coincide, se para todo y se levanta acta.

Después se construye el inventario, que es una lista: cuántas piezas hay en cada uno y qué correspondencia tienen entre sí.

—¿La correspondencia la mira usted?

—Yo miro que exista. Que a una pieza del cinco le corresponda una del cuatro y una del uno, y que los identificadores casen. —Se paró—. Yo no miro qué pone dentro.

—¿Nunca?

—Nunca. No es mi encargo y no tengo capacidad para valorarlo. Yo verifico ficheros, huellas y correspondencia técnica entre lo declarado y lo entregado. Punto.

Llegamos a la mesa grande del centro.

—Y aquí es donde firma usted —dijo—. Ahora le leo su parte. Es corta.

Sacó la tablet.

—La arquitecta certificante certifica cuatro cosas.

Una, que la arquitectura declarada del sistema se corresponde con la real.

Dos, que la correspondencia entre repositorios es la declarada.

Tres, que el inventario resultante está completo.

Y cuatro, que el método documentado es reproducible en los términos declarados por la transmitente.

—¿Y?

—Y nada más. —Bajó la tablet—. Usted no abre piezas, no lee expedientes, no se pronuncia sobre contenido y no tiene acceso sustantivo a nada.

Si en algún momento del día seis usted me pide abrir una pieza, yo le voy a decir que no, y si insiste voy a hacerlo constar y no voy a firmar el manifiesto.

Se lo digo hoy para que no lo hablemos ese día.

Es la primera persona en cinco semanas que me dice una cosa a la cara sin calcular qué va a hacer yo con ella.

—Entendido —dije.

—¿Alguna objeción al protocolo?

Y ahí me dio la oportunidad, en voz alta, delante de nadie, con la tablet en la mano y con toda la disposición del mundo.

Podía haber pedido cosas. Podía haber pedido ampliar el alcance de la certificación, o una copia del inventario para mí, o que se levantara acta de la hora exacta de emisión del manifiesto, lo único que de verdad me interesaba.

Cualquiera de las tres se podía discutir y ninguna de las tres habría sonado rara viniendo de mí.

Y cualquiera de las tres habría dejado escrito, en un documento que va a leer un juez algún día, que la arquitecta certificante quiso mover el protocolo cuatro días antes.

—Ninguna —dije—. Está bien hecho.

—Gracias.

Fuimos hacia la puerta. En una mesa auxiliar, junto a la salida, había una bandeja con siete precintos de plástico rojo, numerados, todavía sin usar, alineados y separados por un dedo.

Me quedé mirándolos más de la cuenta.

—Esos van al final —dijo Bassols—. Cuando termine el inventario y firmemos las dos, se precinta cada repositorio y quedan aquí, bajo custodia del fedatario, hasta que se formalice.

—¿Cuánto tiempo?

—Depende de ellos. En un cierre normal, unas horas. —Se guardó la tablet en el bolsillo del chaleco—. A veces se firma esa misma noche y a veces se firma al día siguiente por la mañana.

Horas.

—Una cosa —dijo cuando ya le estaba dando la mano—. No es una pregunta de trabajo.

—Dígame.

—Usted diseñó todo esto.

—Sí.

—¿Va a poder certificar un sistema del que forma parte?