Capítulo 39
La notaría cierra a las siete y media y nosotros llegamos a las seis menos diez, por idea de Tomás, para que hubiera tiempo.
El notario es el mismo de Almagro, el que me preguntó hace veinte días si pasaba algo el dieciocho. Nos hizo pasar, repartió los ejemplares y se sentó.
—Antes de nada —dijo Tomás—. Los números.
Sacó una hoja que se había preparado él, que hace desde hace nueve años y medio y que yo siempre había agradecido.
—Compensación por salida, esto. Contrato de transición, seis meses, esto al mes. Y la transmisión del veintiséis por ciento, con el precio del anexo, que se paga a los treinta días de la formalización. —Bajó el dedo hasta el final de la columna—. En total, esto.
Lo miré.
Es mucho dinero. Es más dinero del que voy a ver junto en el resto de mi vida y es aproximadamente lo que cuesta no tener que preocuparse nunca más por el mes que viene.
—Ya —dije.
—Mara.
—Que ya lo he visto.
El notario esperó, con las manos quietas, sin ninguna prisa. Es de los que han visto de todo.
—¿Puede leerme la cláusula sexta? —dije.
Tomás levantó la cabeza.
—La sexta es la manifestación.
—Ya sé cuál es la sexta. Quiero oírla leída.
El notario buscó la página y leyó despacio, con la dicción de quien lee documentos en voz alta desde hace cuarenta años.
—«La parte firmante manifiesta que, a la fecha del presente acuerdo, no tiene conocimiento de irregularidad alguna relativa a la actividad de la sociedad que no haya sido comunicada a los órganos de administración de la misma».
—Levantó la vista—. Y la séptima, que va con esta, es la renuncia al ejercicio de acciones frente a la sociedad y frente a sus socios.
—Gracias. Una pregunta técnica.
—Dígame.
—Si una persona firma eso, y meses después resulta que la manifestación era inexacta, ¿qué es lo que hay?
El notario juntó las manos.
—Depende de la magnitud y de la intención —dijo—. En lo civil, hay un incumplimiento contractual, con las consecuencias que el propio acuerdo prevea, que aquí son estas de la cláusula décima. Y hay una manifestación inexacta hecha ante quien pagó por ella.
—¿Y si la persona que firma sabía, en el momento de firmar, que era inexacta?
—Entonces ya no es una inexactitud.
—Ya.
—Señora Vidal —dijo el notario—, yo no sé de qué me está hablando y prefiero no saberlo.
—No le estoy hablando de nada. Le estoy preguntando por un texto.
Tomás no me quitaba la vista de encima.
—¿Qué haces? —dijo.
—Nada.
—Estás preguntando por si te vas a poder volver atrás.
—Estoy preguntando qué firmo.
—Firma. —Empujó el ejemplar dos centímetros hacia mí—. Firma, Mara, y mañana te vas a la playa una semana, y en marzo te llamo y te digo cómo va todo. Es lo que hay. No hay más.
Le di la vuelta a la última página. Está el hueco de la firma, con mi nombre completo mecanografiado debajo, y al lado el de Tomás en representación de la sociedad.
Y aquí es donde tengo que ser exacta, porque es la única decisión de todo aquel mes que tomé despacio.
Lo que no podía firmar no era el dinero.
Podía coger el dinero, votar en contra el seis de febrero y no incumplir absolutamente nada: eso me lo había dicho Tomás en un garaje con el motor encendido y era verdad.
Podía coger el dinero y seguir siendo la arquitecta certificante, porque eso va por el protocolo del cierre y no por este papel.
Ninguna de las dos cosas la compraba aquella hoja.
Lo que compraba aquella hoja era la sexta y la séptima.
Yo iba a firmar un documento en el que declaraba, ante mi socia y ante un fondo que pagaba, que no conocía ninguna irregularidad que no hubiera comunicado.
Y once días después iba a sentarme delante de una perito y de un fedatario a certificar un sistema y, después de eso, a poner por escrito exactamente lo contrario.
Firmar aquello no me impedía hacerlo. Convertía lo que iba a hacer en otra cosa. Convertía una confesión en un incumplimiento deliberado, y convertía una manifestación en una mentira con fecha, con notario y con precio.
—No —dije.
Tomás cerró los ojos un segundo.
—¿Por qué?
—Porque no estoy de acuerdo con la sexta.
—La sexta es de estilo. Está en todos.
—Ya lo sé. La he redactado veinte veces.
—Entonces sabes que no significa nada.
—Significa lo que dice.
Nos quedamos así. El notario miró el reloj de la pared y se calló. Es su manera de decir la hora.
A las seis y veinticinco Tomás lo intentó otra vez, y a las seis y cuarenta lo intentó de otra manera, peor, porque me habló de la hipoteca de un piso que yo no tengo y de una edad que todavía no tengo, y las dos cosas eran ciertas.
A las siete menos cinco dejó de intentarlo.
—Se te acaba a las seis —dijo, y luego se dio cuenta—. Se te acabó a las seis.
—Ya.
—Ha pasado ya la hora, Mara. Aunque quieras, ya no.
—Ya lo sé.
Y esa fue la parte que nadie de aquella habitación entendió, porque el plazo llevaba cincuenta y cinco minutos vencido cuando él lo dijo, y yo lo había dejado vencer sentada en una silla, con las manos quietas y sin decir nada, mientras un hombre que me tiene aprecio me explicaba lo que iba a perder.
El notario recogió los ejemplares, quitó los clips y los metió en una carpeta.
—¿Lo protocolizo como no aceptado?
—Como no aceptado —dijo Tomás.
Bajamos juntos. En el portal se paró a ponerse el abrigo y no me miró mientras lo hacía.
—Voy a tener que llamarla ahora —dijo.
—Lo sé.
—¿Le digo por qué?
—Dile lo que quieras.
—Eso es lo que me jode. —Se subió el cuello—. Que le voy a decir que has dicho que no, y ella va a decir «vaya», y va a ser verdad que le da igual. Y a mí no.
Echó a andar hacia Almagro y a los cuatro pasos se volvió.
—Una cosa. Adrián Leiva ha pedido una reunión con el fondo.
—¿Con Arcadia?
—Con Bru. Directamente, por su cuenta, la semana pasada. —Se encogió—. No sé para qué y no me han querido decir si se la han dado.
ACUERDO DE SALIDA
Ref. AS-26. Ejemplar para la firmante. Once páginas. Extracto de cláusulas.
Primera. Compensación. La sociedad abonará a la firmante, en pago único y dentro de los treinta días siguientes a la firma, la cantidad recogida en el anexo I.
Segunda. Prestación de transición. La firmante prestará servicios de asesoramiento durante seis meses, con dedicación máxima de veinte horas mensuales y honorarios según anexo II. La prestación se entiende de disponibilidad, sin sujeción a jornada.
Tercera. Confidencialidad. La firmante se obliga a no divulgar, directa ni indirectamente, información relativa a la actividad, los procedimientos, la clientela y la documentación de la sociedad.
La obligación no alcanza a los requerimientos de autoridad competente.
El incumplimiento devengará la penalización prevista en la cláusula décima.
Cuarta. Exclusividad de colaboración. Durante el periodo de transición, la firmante colaborará en exclusiva con el adquirente en cuantas actuaciones se deriven del proceso de integración, absteniéndose de prestar servicios análogos a terceros.
Quinta. Transmisión posterior. Formalizada la transmisión del activo, la firmante se obliga a transmitir la totalidad de su participación en el capital social, por el precio y en el plazo del anexo III.
Sexta. Manifestación. La parte firmante manifiesta que, a la fecha del presente acuerdo, no tiene conocimiento de irregularidad alguna relativa a la actividad de la sociedad que no haya sido comunicada a los órganos de administración de la misma.
Séptima. Renuncia. La firmante renuncia al ejercicio de cuantas acciones pudieran corresponderle frente a la sociedad y frente a sus socios por razón de su relación con aquella, con la salvedad de las derivadas del presente acuerdo.
Décima. Penalización. El incumplimiento de las cláusulas tercera, cuarta o sexta devengará, a favor de la sociedad, la cantidad prevista en el anexo IV, sin perjuicio de la reclamación de daños adicionales.
Nota de la asesoría, al pie, en cuerpo menor: la presente propuesta no condiciona el sentido del voto de la firmante en la junta convocada ni afecta a su designación conforme al protocolo de cierre.