Lo que sabe de mí Capítulo 38
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Capítulo 38

Me llamó Nuria a las diez de la mañana desde el fijo de la sede, que es la manera que tiene la casa de decirte que la llamada es oficial.

—Te pasa Celia.

—Buenos días, Mara. ¿Puedes venir esta tarde a las cuatro?

—Puedo.

—Trae el DNI, que si no en recepción se lían.

Fue amable. Fue de una amabilidad práctica, sin una sola aspereza, la de quien te dice que traigas paraguas.

A las cuatro y diez estábamos en la sala de visitas, ella, el abogado joven y yo. Y ese fue el primer dato: la sala de visitas y no su despacho.

—Hay un asunto del cierre —dijo Celia—. Y es un asunto en el que no tenemos alternativa.

El abogado abrió una carpeta.

—El protocolo de consolidación exige la intervención de una arquitecta certificante —leyó—. La designación corresponde a la transmitente y ha de recaer en la persona que ostente el conocimiento de la arquitectura del sistema. El comprador la ha aceptado.

—¿Y?

—Y esa persona eres tú —dijo Celia—. No hay otra. Lo hemos mirado.

—¿Lo habéis mirado?

—Dos veces. —Ni una gota de ironía—. Propusimos a dirección de análisis en bloque y no lo aceptaron.

Propusimos una firma externa y tampoco: dicen, con razón, que una firma externa puede verificar el continente pero no puede certificar que la arquitectura declarada sea la real, porque no la ha construido.

—Porque la construí yo.

—Porque la construiste tú.

Estuve un momento sin decir nada, mirando la carpeta abierta delante de mí.

Aquella tarde tuve que hacer un trabajo que no había hecho nunca, que consistió en enterarme de una cosa muy buena mientras ponía cara de estar enterándome de una muy mala.

—¿Y si digo que no?

—Se retrasa el cierre y el comprador pide explicaciones.

—El abogado joven habló sin levantar la vista—.

Y probablemente se abriría un procedimiento interno para determinar si la negativa constituye un incumplimiento de sus deberes residuales como socia respecto de una operación aprobada por la junta. No lo digo yo. Lo dice el protocolo.

—Todavía no está aprobada por la junta.

—Correcto. Por eso he dicho «respecto de».

Celia no intervino.

—¿Qué implica exactamente? —dije.

—Un día. —El abogado pasó una hoja—. Comparecencia en el entorno controlado, jornada completa, con el perito y con el fedatario. Verificación de arquitectura, correspondencia entre repositorios, integridad del inventario y reproducibilidad del método. Firma del manifiesto junto con el perito.

—¿Acceso?

—Ninguno sustantivo. Usted no abre piezas.

—Ya lo sé. Lo pregunto para que conste que lo he preguntado.

—Consta.

Firmé la aceptación en dos ejemplares. Celia firmó debajo.

Cuando el abogado salió con la carpeta, ella se quedó sentada.

—¿Cómo estás? —dijo.

—Bien.

—Ya. —Se levantó y se puso el abrigo, que estaba en la silla de al lado—. Tomás está abajo. Quiere hablar contigo cinco minutos y no ha querido subir.

En el garaje, Tomás tenía el coche aparcado en la plaza que fue mía durante cuatro años y el motor encendido. Bajó la ventanilla y me hizo un gesto para que entrara.

Dentro olía a coche nuevo y hacía calor. No apagó el motor en toda la conversación.

—Está cerrado —dijo, y me dio un sobre marrón sin nada escrito—. Con todas las cláusulas, como pediste.

Lo abrí allí mismo. Once páginas.

—Léelo tú —dije—. Por orden.

—Mara.

—Por orden, Tomás. Quiero oírlo.

Suspiró y sacó las gafas.

—Compensación por salida, la cifra está en la primera.

Contrato de transición de seis meses, con dedicación mínima y honorarios.

Confidencialidad, con penalización. Exclusividad de colaboración con el comprador durante el periodo de transición.

Manifestación de que no existen irregularidades no comunicadas a la sociedad.

Renuncia a ejercitar acciones frente a la sociedad y frente a los socios.

Y compromiso de transmisión de tu veintiséis por ciento una vez formalizada la operación, con precio en el anexo.

—Sigue.

—Ya está.

—¿Ya está?

—Ya está.

—¿Dónde está la liberación de responsabilidad?

Tomás dejó las gafas en el regazo.

—No hay.

—¿No hay?

—No hay porque no se puede. —Se volvió hacia mí por primera vez—.

Yo pedí que la hubiera. Se lo pedí a la asesoría el jueves de la semana pasada, con estas palabras: quiero una cláusula que la deje fuera.

Y me contestaron que nadie puede liberar a nadie de una responsabilidad penal, que eso no lo firma ni un notario, y que lo único que se puede hacer es que la sociedad se comprometa a no reclamarte a ti.

Y eso es lo que hay, y eso solo te protege de nosotros.

—O sea que esto no me protege de nada.

—De nosotros sí. De lo otro no. —Volvió a mirar adelante—. Y no te voy a decir que sí, porque sería mentira y porque tú lo leerías el domingo y me lo echarías en cara en marzo.

Pasé a la novena página, donde está la firma.

—Una cosa —dije—. ¿Esto me compromete el voto?

—No.

—Dímelo mirándome.

Se volvió.

—No. —Lo dijo despacio—. Puedes firmar esto mañana mismo y votar en contra el seis de febrero, y no incumples nada. Lo pedí yo también, porque si te lo ataba al voto no te lo iba a poder ni enseñar. Es una salida, no una compra.

—¿Y la certificación?

—La certificación va por otro lado. Eso es del protocolo del cierre, no de esto. Aunque no firmes nada, sigues siendo la certificante.

Doblé las once páginas y las volví a meter en el sobre.

—¿Plazo?

—Seis días. El treinta y uno, a las seis de la tarde, en la notaría de Almagro.

—Seis días antes de la junta.

—Seis días antes. —Se quitó las gafas del regazo y las guardó—. Y no es casualidad. Quieren la cosa cerrada antes de sentarse a votar.

Me quedé con el sobre en las manos.

—Fírmalo, Mara.

—Todavía no.

—Fírmalo. —Y ahí le cambió la voz, poco, lo justo—. Yo he hecho esto lo mejor que he sabido. Te he conseguido una salida que no te compra nada. No te va a llegar otra.

Salí del coche. Él no arrancó hasta que llegué al mío, que también es una cosa que hace desde hace nueve años y medio.

En casa dejé el sobre en el salón, al lado de las cuatro carpetas de anillas que siguen ahí y que ya no sé si son mías o suyas.

Miré el móvil. Once horas antes, en un restaurante de la calle Villanueva, un hombre me había preguntado si necesitaba que se quedara sentado un rato después de que yo me fuera, y le había dicho que sí, y él se había quedado.

No había llamado.

No iba a llamar. Yo había escrito cuatro folios para que no llamara y los folios estaban bien escritos.

Eso fue lo que me costó el día siete: la certificación estaba conseguida, el plan estaba vivo, la casa se lo había creído entero.

Y el resto de aquella noche me la pasé de pie en el salón con un sobre marrón en la mano, comprobando que ya no había nadie a quien contárselo.