Capítulo 37
Estaban en la mesa del fondo, a nuestra izquierda, a cuatro metros: el abogado joven de la asesoría y una chica de contratos a la que conozco de vista. Los vi al entrar. Ellos me vieron a mí.
Nos sentaron en la esquina, que es la mesa que yo había pedido, porque en ese sitio la esquina es el único punto desde el que se oye todo lo demás y desde el que se oye todo.
Adrián llegó cinco minutos después que yo. Se sentó, miró la carta y luego la dejó.
—Estás rara desde el jueves —dijo.
Once minutos. Empecé a la vez que traían el vino.
Fue así.
Los cuatro primeros minutos hablé de la casa y del cierre y de que estaba cansada, que era la sección uno y que servía para que él se relajara y para que las dos personas de la mesa de al lado dejaran de mirar. Funcionó las dos veces.
Luego dije:
—¿Sabes qué es lo que más me ha costado de todo esto?
—Dime.
—Que la primera noche me enseñaras el expediente y yo lo dejara encima de la mesa. —Bebí—. Llevo un mes pensando por qué no me lo llevé, y ya lo sé. No me lo llevé porque me gustó.
—Mara.
—Me gustó que alguien hubiera hecho ochenta páginas sobre mí. Eso es lo que soy.
Es verdad. Es completamente verdad y es la primera cosa fea de aquella noche, y la puse la primera porque una verdad sobre una misma abre la puerta a todas las demás. Está en la sección dos del manual de la casa y la escribí yo hace ocho años.
Él no dijo nada. Se echó un poco hacia atrás.
Y entonces entré en NÁCAR.
—Elena firmó el jueves.
Adrián dejó el tenedor. No lo soltó de golpe: lo dejó despacio, en el borde del plato, con el cuidado con el que se deja una cosa que se va a tener que volver a coger.
—No hagas esto —dijo.
—El día once, en el domicilio del objetivo, y sin que constara en las secciones facilitadas. —Lo dije de memoria, porque me lo había aprendido esa tarde—. Manifesté que la acompañaría a París y que buscaría trabajo allí. Lo hago constar por si procede.
—Para.
—Y firmó el jueves. Lo pone tu informe. Lo escribiste tú.
—Mara, para.
—Y luego, seis años después, en el suelo de tu casa, a las tres de la mañana, me cuentas que leíste media línea en una hoja que no era tuya y que desde entonces no sabes si aquello lo dijiste tú.
Un camarero pasó por detrás con una bandeja y esperé a que pasara, que era el hueco de la sección tres. Yo lo había escrito ahí. En el folio pone «esperar interrupción de servicio».
—Y yo he estado dos semanas dándole vueltas —seguí—, y ¿sabes lo que he entendido?
Él no contestó.
—Que es lo mejor que te ha pasado en la vida.
—Me oí decirlo con una voz completamente normal—.
Porque desde ese día tú no eres el hombre que le prometió a una mujer que se iba con ella a París y luego no fue.
Desde ese día eres una víctima del método.
Y así ya no hay que responder de nada, y encima da pena, y encima funciona.
Adrián se quedó mirando la mesa.
Y luego levantó la cabeza, muy despacio, y miró por encima de mi hombro, a la mesa del fondo, y luego volvió a mirarme a mí.
—Sección tres —dijo.
—¿Qué.
—Hueco de servicio. Has esperado a que pasara el camarero. —Tenía la voz igual que siempre—. ¿Cuántas te quedan?
Y esa es la parte de aquella noche que no había previsto y que no estaba en ningún folio.
Yo pensaba que iba a tener que llevármelo hasta el final sin que se diera cuenta. Que la dificultad estaba en la ejecución. Y lo tenía delante identificando mis secciones a la primera, con dos empleados de mi antigua empresa a cuatro metros, y no se levantó.
—Dos —dije.
—Dilas.
Y aquí es donde tenía que haber parado.
No paré.
—Un hombre que necesita creer que a él también lo escribieron —dije— es un hombre que ha encontrado una manera muy cómoda de no responder de nada.
Y por eso volviste. No por el archivo. Volviste porque necesitabas que la única persona que puede confirmarte que tú también eras material te lo confirmara.
Y yo te lo he confirmado gratis, tres veces, en tres semanas.
Nada.
—Y la última —dije—. Yo no voy a seguir con esto. Ni con lo de la empresa ni contigo. No tengo nada, no voy a tener nada y estoy cansada. Se acabó.
Se hizo un silencio de esos que en un restaurante no son silencio.
Adrián tenía las dos manos quietas delante del plato. Estuvo así unos segundos. Luego cogió el vaso de agua y bebió, y al dejarlo el vaso hizo un ruido pequeño contra el mantel, y esa fue la única cosa que le salió mal en toda la noche.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo.
—Sí.
—¿Lo has escrito tú?
—Sí.
—¿Cuántos folios?
—Cuatro.
Asintió una vez, como quien recibe un dato.
—Está bien hecho —dijo—. Lo de empezar por una verdad sobre ti es lo mejor.
Cogió la chaqueta del respaldo. No se la puso.
—¿Necesitas que me quede sentado un rato después de que te vayas?
Tardé en contestar.
—Sí.
—Vale.
Me levanté, cogí el bolso y salí. No dije nada más porque en el folio no había nada más.
Antes de llegar a la puerta miré una vez hacia la mesa del fondo. La chica de contratos estaba hablando. El abogado joven tenía el móvil debajo del borde de la mesa, escribiendo con los dos pulgares.
En la calle me metí en un portal a dos números y estuve un rato.
Había supuesto que aquello me iba a costar mucho más de lo que me costó, y esa noche no me hice ninguna pregunta sobre eso. No me la hice al día siguiente tampoco. Tardé bastante en hacérmela.
A las once y diez le escribí a Pilar.
Han conservado íntegras las grabaciones de la operación y las han puesto a disposición del comprador. Yo firmé un consentimiento de captación limitada. No las he visto ni las tengo. No hagas nada todavía.
Contestó a los cuatro minutos.
Recibido. Consta.