Capítulo 36
Me levanté a las seis y a las siete tenía la mesa despejada y cuatro folios en blanco.
La casa no cree lo que le cuentan. La casa cree lo que verifica, y eso también lo escribí yo. Un informe no vale nada si no lo respalda un indicador; una desviación no existe si no consta; un cambio de conducta del sujeto no se acepta si no lo ha visto alguien que no sea el operativo.
Así que si yo quería que Celia se creyera que había dejado de investigar, no bastaba con dejar de investigar. Tenía que haber una causa. Y la causa tenía que ser observable, verificable y de las que constan.
Estuve dos horas dándole vueltas y solo había una.
La casa cree que estoy dentro de una operación de seducción que va bien.
Lo tiene por escrito, con tiempos, con secciones aplicadas y con tres archivos marcados «íntegro».
Para esa gente yo soy un sujeto en curso.
Y a un sujeto en curso solo le pasa una cosa que explique que se derrumbe y se quede quieta: que la operación se le caiga encima.
Si Adrián me destruye en público, no hace falta que nadie me crea. Se comprueba.
Escribí la primera línea a las nueve y cuarto y no me gustó y arranqué la hoja.
Aquí conviene que diga cómo lo hice, porque es la parte de aquella semana de la que menos me gusta acordarme y la única que hice bien.
Lo escribí en el formato de la casa. Cuatro folios.
Contexto arriba, dos líneas. Objetivo. Secciones numeradas del uno al cinco.
Imperativos sin sujeto. Tiempos entre paréntesis, en minutos, con horquilla.
Al final, un punto sexto que dejé sin desarrollar porque el cierre de mi guion consistía en levantarme y salir.
Lo escribí con mi letra, que no se parece nada a la de Celia, y a media mañana me di cuenta de que estaba poniendo los puntos de las íes por delante, como los pone ella, porque iba más deprisa que la mano.
Lo dejé así.
El material fue lo que más tiempo me llevó, y el criterio lo decidí a las once y lo mantuve.
Nada inventado. Ni un hecho, ni una fecha, ni una frase que él no hubiera dicho.
Y nada de Elena.
Podía usarla. Tenía un informe con su nombre, la edad de su hija, la fecha del acuerdo y la ciudad.
Podía haber escrito una sección entera con eso y habría funcionado, porque el daño de verdad siempre funciona.
Y no lo hice, y no lo hice por decencia: no lo hice porque hace dos días una mujer me cerró una puerta sin dar un portazo y me pidió que él no volviera a acercarse a su calle, y usar su nombre en un restaurante para que dos empleados de mi antigua empresa lo oyeran habría sido exactamente el mismo delito que llevo un mes intentando probar.
Así que usé lo que él me dio.
Sección uno: el expediente que puso encima de una mesa la primera noche. Es suyo, me lo enseñó él, y no hay nada más humillante que recordarle a alguien lo que te enseñó cuando todavía no le importabas.
Sección dos: NÁCAR. La operación entera.
Cuatro informes que me trajo en una bolsa de deporte a mi casa, sin que yo se los pidiera, marcados con un papel doblado por la página que él quería que leyera.
La promesa de París. La desviación anotada de su puño y letra.
El resultado, que consta: el objetivo firma el acuerdo el jueves siguiente.
Sección tres: lo del suelo de Lavapiés.
Eso es lo que me costó ponerlo por escrito.
Un hombre me contó a las tres de la mañana, sentado en el suelo de su casa, que hace seis años leyó media línea en una hoja que no era suya y que desde entonces no ha podido volver a saber si algo de lo que hace es suyo.
Me lo contó sin que yo se lo pidiera, sin ninguna contrapartida, después de decir una palabra que en esa casa significa que no estás trabajando.
Y ahí lo tenía, en la sección tres, con su horquilla de minutos al lado.
Sección cuatro: el cierre lógico. Que un hombre que necesita creer que a él también lo escribieron es un hombre que ha encontrado una manera muy limpia de no responder de nada.
Sección cinco: la salida.
Terminé a la una y veinte. Cuatro folios por las dos caras.
Los leí enteros dos veces, en voz baja, cronometrando, que es lo que se hace con un guion antes de mandarlo a campo.
Duraba entre once y catorce minutos.
Los doblé por la mitad y los metí en el bolso, en el mismo compartimento en el que llevaba desde hacía cinco días una página del Anexo III doblada en dos.
Y luego llamé al restaurante de la calle Villanueva, que es donde la asesoría cierra las operaciones desde hace seis años, y pregunté si tenían mesa para dos a las diez y media.
La tenían.
—Perfecto —dije—. ¿Y hay mucha gente esa noche?
—Bastante. Tenemos un grupo de ocho y varias mesas de dos.
—Bien.