Lo que sabe de mí Capítulo 35
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Capítulo 35

Volví a Getafe a las nueve de la noche del mismo día, once horas después de haberla dejado en su portal.

Julia estaba recogiendo la cocina. Hugo estaba arriba con la puerta cerrada y la música puesta, de esa manera en que la ponen a los quince, lo bastante alta para que se sepa que está y lo bastante baja para que nadie suba.

—¿Otra vez? —dijo, y no lo dijo de mala manera.

—Diez minutos.

—Siéntate.

Se secó las manos y se sentó enfrente, con el paño todavía en la mano.

—Hay una cosa que va a pasar el día de la junta —dije.

—El seis de febrero.

—El seis de febrero.

—Lo tengo apuntado en la nevera. —Miró el reloj del horno, que va cuatro minutos adelantado y ella lo sabe—. Dime.

Se lo conté a medias, y lo conté con cuidado, y voy a escribir aquí lo que dije para que quede constancia de lo que no dije.

Le dije que la empresa está repartida en sitios que no se hablan entre sí, y que por eso nunca ha existido junta en ninguna parte.

Le dije que el día de la venta, y solo ese día, todo eso se pone encima de una misma mesa, con un perito y un notario, para que el comprador pueda contarlo.

Le dije que es la primera vez en nueve años y medio que va a ocurrir y que probablemente sea la última.

—Y ahí es donde tú vas a hacer algo —dijo Julia.

—Ahí es donde se puede hacer algo.

—¿El qué?

—Todavía no lo sé del todo.

Eso fue verdad. Aquella noche todavía no sabía cómo, y no lo supe hasta el día dos, sentada delante de Pilar. Lo que sí sabía era lo otro.

—¿Y qué necesitas de mí? —dijo.

—Nada.

—Mara.

—Nada tuyo. —Abrí las manos delante de ella—. Necesito que no firmes más cosas y que si te llaman me lo digas.

—Ya he firmado.

—Lo sé.

—He firmado esta mañana, delante de ti. —Dobló el paño y lo dejó a un lado—. Y lo he firmado sabiendo lo que firmaba, y no me arrepiento, y no voy a volver a hablar de eso.

—Vale.

—No, «vale» no. —Se echó hacia delante—. Escúchame una cosa. Yo lo que necesito no es que se haga justicia. Lo que necesito es que en abril Hugo se saque el curso y que en verano venga alguien a mirar el tejado. Eso es lo que necesito. Y llevo cuatro años consiguiéndolo y me ha costado mucho.

—Lo sé.

—No lo sabes, porque tú no has estado. —No lo dijo con rencor. Lo dijo como se dice un dato—. Perdona. No he querido decirlo así.

—Lo has dicho bien.

Estuvimos calladas un momento. Arriba cambió la canción.

—¿Y lo mío? —dijo entonces.

—¿Qué de lo tuyo?

—Lo mío. El papel con mi nombre. Si tú haces lo que sea que vas a hacer, ¿qué pasa con eso?

Y ahí es donde tenía que haber dicho la verdad.

La verdad cabía en una frase. La verdad es que un inventario no es un inventario si le falta una pieza, que un perito no certifica un corpus incompleto y que una certificación con un hueco no vale nada, y que por lo tanto el día que aquello se ponga encima de una mesa va a estar todo, y que todo incluye once mil expedientes, y que uno de ellos tiene el apellido Vidal.

La tenía delante desde hacía cuatro días. La había leído tres veces. Llevaba la página doblada en dos en el bolso que estaba colgado en el respaldo de mi silla, a veinte centímetros de mi mano derecha.

—No entra —dije.

Julia me miró.

—¿Qué significa «no entra»?

—Que lo que yo haga no va a llevar tu expediente dentro. Que tu nombre no va a aparecer en nada de esto.

—¿Eso lo puedes hacer?

—Sí.

Ahí está. Cuatro letras.

—¿Cómo lo vas a hacer?

—Julia, eso es técnico.

—Pues explícamelo técnico, que ya me has explicado cosas peores.

Hice entonces una cosa que llevo desde aquel día sin poder mirar de frente, y es que en vez de contestarle le di una garantía.

—En mi trabajo hay tres palabras —dije—. Son de la casa, están escritas desde hace años y las usa todo el mundo. Una es para cuando lo que haces está previsto en un papel. Otra es para cuando no lo está y sale de ti. Y la tercera es para parar.

—¿Y para qué sirve eso?

—Sirve para que dos personas que trabajan mintiendo puedan decirse una cosa cierta de vez en cuando.

—O sea que tenéis una palabra para no mentir.

—Sí.

—Qué manera de vivir. —Se pasó la mano por el pelo—. ¿Cuál es?

—Verdad.

Julia se quedó un momento con la cara de quien está haciendo una cuenta.

—Vale —dijo—. Pues dímelo con esa.

—Julia.

—No, si me parece bien. Me parece que es lo más honrado que me has traído a esta casa en nueve años. —Puso las dos manos sobre la mesa, planas—. Tú tienes una palabra que en tu trabajo significa que no estás actuando. Pues úsala.

—No hace falta.

—A mí sí.

Arriba se abrió la puerta de Hugo y se volvió a cerrar. Bajó las escaleras hasta la mitad, dijo algo sobre un cargador y volvió a subir sin esperar respuesta.

Julia no se movió en todo ese rato. Siguió con las manos planas donde las tenía, mirándome.

—Verdad —dije.

—Dilo entero.

—Verdad. Tu expediente no entra.

Asintió una vez y se levantó a por el paño otra vez, aunque ya estaba doblado, y se puso a limpiar la encimera que ya estaba limpia.

—Vale —dijo, de espaldas—. Pues ya está.

Me fui a las diez menos veinte. Desde la calle se veía la ventana de Hugo encendida y la de la cocina también, y Julia dentro, todavía de pie, haciendo algo que no requería estar de pie.