Capítulo 34
Subí a las doce y media con un pase de visita en la mano y sin quitarme el abrigo.
El despacho de Celia está en la esquina de la tercera y tiene dos ventanas y una mesa de trabajo que no es una mesa de reuniones, porque ella no hace reuniones en su despacho: hace conversaciones. Había un portátil abierto en el centro de la mesa, girado hacia el sitio de las visitas.
—Siéntate, por favor.
Me senté.
—Voy a enseñarte una cosa y quiero hacerlo bien —dijo—. Primero te digo lo que es, luego te lo enseño y luego hablamos. Si prefieres que no te lo enseñe, no te lo enseño y hablamos igual.
—Enséñamelo.
Giró el portátil dos centímetros más hacia mí.
Es una carpeta. Se llama con el número de operación, 4471-B, y dentro hay tres carpetas más, y dentro de cada una hay archivos.
No los abrió. No hizo falta.
Están los nombres de archivo, que en esa casa se generan solos y llevan la fecha y la hora de inicio en el propio nombre.
Está la columna de duración, en minutos y segundos.
Está la columna de tamaño. Y está una última columna, que la puso alguien de sistemas hace años porque yo pedí que existiera, que se llama «estado» y que solo tiene dos valores posibles.
En las tres carpetas, la columna estado dice lo mismo.
Íntegro.
Íntegro. Íntegro. Íntegro.
—El consentimiento habla de indicadores y fragmentos necesarios —dije, y me salió la voz normal. Fue lo único que me salió bien en toda la hora.
—Habla de los necesarios para validar el procedimiento —dijo Celia—. Y para validar el procedimiento de una operación en la que el sujeto es la persona que escribió el procedimiento, se necesita todo. Lo pensé bastante, por si te sirve. Tardé dos días en decidir cómo se interpretaba esa palabra.
—La palabra la puse yo.
—La palabra la pusiste tú. —Ni un gramo de triunfo—. Y la pusiste ancha a propósito, y me lo explicaste en su día, y tenías razón: si enumeras, dejas fuera lo que no habías previsto.
—Eso es conservación. Enseñárselo a un tercero es otra cosa.
—Sí. —Puso las manos sobre la mesa—. Eso es otra cosa y no está cubierto por ese papel. Y por eso te lo estoy enseñando yo, aquí, en vez de que te enteres dentro de dos meses.
Miré la pantalla otra vez y aparté los ojos, y ese movimiento, ese apartar los ojos de una lista de nombres de archivo, es lo más humillante que he hecho en mi vida.
—¿Quién lo ha visto?
—Los revisores tuvieron acceso al material de verificación desde la primera semana. Está en la lista que firmaron.
—Los revisores son cuatro tíos de un despacho.
—Y Bru.
Yo tenía la vista en la mesa.
—Bru pidió ver una entera antes de la cena de la Habana —dijo Celia—. La primera. Quería comprobar por sí mismo qué significaba «verificado» antes de sentarse a hablar de reproducibilidad. La vio el día veintiséis por la mañana.
La cena fue el día veinticinco.
He escrito antes en estas páginas que aquella noche fue la primera vez en once años que trabajé con alguien de verdad. He escrito que Bru se despidió de los dos como de una pareja y que fue una noche agradable, y lo he escrito porque lo fue.
Aquel hombre me pasó la carta, me preguntó si prefería el pescado, me dijo que llevaba ocho semanas leyendo cosas escritas por mí y que estaban mejor redactadas que casi todo lo que ve. Me dio la mano con las dos manos al final. Nos dijo que nos cuidáramos.
Y había visto entera, la mañana anterior, la grabación de la noche del día veintisiete.
No hizo nada. Ni un gesto, ni una mirada, ni una frase con dos filos. Estuvo tres horas siendo igual de correcto de lo que habría sido si no hubiera visto nada, y probablemente para él es que no había visto nada: había verificado una muestra de procedimiento.
—¿Por qué me lo cuentas? —dije.
—Porque a partir de aquí ya no hace falta que sigas.
—¿Seguir con qué?
—Con la operación. —Celia se recolocó en la silla—. Ya está terminada, Mara. Terminó hace días. Y no ha terminado como tú crees.
—Ilumíname.
—Ellos no querían saber si te enamorabas. —Lo dijo despacio, sin subrayar—. Eso no vale dinero y además ya lo sabíamos todos. Lo que querían saber es otra cosa, y me lo preguntaron por escrito en septiembre, antes de que tú dijeras que ibas a votar en contra.
—Dilo.
—Si a una persona que conoce el método, que lo ha escrito, que sabe que se lo están aplicando y que puede identificar cada sección mientras se la aplican, se le puede inducir de todas formas a actuar contra sus propios intereses.
El despacho tiene una lámpara de pie en la esquina que zumba un poco. Es lo único que se oyó durante un rato.
—Esa es la reproducibilidad que compran —dije.
—Esa es. Lo demás son ficheros. —Y luego, sin cambiar de tono—: Y tú lo has demostrado en tres semanas.
—Yo no he firmado nada.
—Todavía no. Pero has salido del edificio con dos cajas y sigues yendo a las citas.
Me levanté. No sé para qué, porque no me fui.
—Y una última cosa —dijo Celia—, y esta te la digo porque nadie más te la va a decir y porque llevo once años trabajando contigo.
—No.
—Sí. —Se llevó una mano al borde del portátil—. El día catorce él paró.
Yo me quedé de pie.
—No hubo verificación esa noche, así que no hay informe. —Miró la pantalla, no a mí—. Pero la sección de cierre de aquel guion se entregó en mano a las cinco de la tarde con firma de recepción, y volvió firmada, y está archivada donde se archiva todo.
—¿Qué me estás diciendo?
—No te estoy diciendo nada. Te estoy diciendo dónde está el papel. —Y ahí sí levantó la vista—. Tú eres la única persona de esta casa que sabe lo que significa que una cosa esté en el cinco.
—Podrías enseñármelo ahora mismo.
—Podría.
—Enséñamelo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque entonces lo sabrías —dijo—, y esto se acabaría, y no quiero que se acabe todavía. Quiero que te vayas de aquí sabiendo lo mismo que sabías al entrar, más una posibilidad.
Y bajó la tapa del portátil.
La bajó despacio, con las dos manos, acompañándola hasta el final para que no hiciera ruido, como se tapa a alguien que se ha dormido en el sofá.
—Nadie te obligó, Mara —dijo—. Lo perfeccionaste porque te divertía.
Bajé por la escalera y no por el ascensor, y en el vestíbulo me quité la pegatina del abrigo y la tiré en la papelera de la entrada.
En el coche estuve veinte minutos sin arrancar.
Tenía el móvil en la mano y tenía su nombre en la pantalla, y la pregunta cabía en cuatro palabras.
Y no la mandé, y sigo sin poder explicarme del todo por qué. Lo más cerca que llego es esto: si se lo preguntaba y me contestaba que no estaba escrito, no me iba a servir de nada, porque no hay ninguna manera de comprobarlo. Y si me contestaba que sí estaba escrito, tampoco.
La única persona del mundo que sabe la respuesta a esa pregunta es la única persona del mundo cuya respuesta no vale.
Guardé el móvil y arranqué.