Capítulo 33
Aparqué en la esquina de Zurbano a las nueve y cuarto y no me bajé del coche.
Julia llegó a las nueve y media en taxi, con el abrigo bueno y el bolso pequeño, y me hizo un gesto con la mano desde la acera de enfrente, uno de esos gestos de «ya está, no salgas» que se hacen con la palma hacia abajo.
Entró a las nueve treinta y tres.
Yo tenía un café de máquina en el portabebidas y la radio puesta sin sonido, que no tiene ningún sentido y que hice igual.
Estuvo dentro una hora y cuarenta minutos.
De lo que pasó ahí dentro no puedo contar nada, y no por delicadeza: es que no lo sé. Sé la hora a la que entró y la hora a la que salió, porque las apunté, y sé lo que me contó después: poco, y lo que ella quiso.
Lo que hice yo durante esa hora y cuarenta fue lo siguiente.
Me bebí el café. Miré cuatro veces el portal.
Escribí en la libreta tres cosas que había que hacer esa semana y taché dos.
A las diez y cuarto salió a fumar un chico de sistemas al que conozco y me agaché a buscar algo en la guantera hasta que se fue.
A las diez y media me di cuenta de que llevaba veinte minutos mirando la puerta y contando a la gente que entraba, y me obligué a dejar de hacerlo, y volví a hacerlo a los cinco minutos.
A las once y trece salió.
Bajó los tres escalones despacio, con el bolso cruzado, y no vino directa al coche. Se paró en la acera, delante del escaparate de la papelería, y abrió el bolso y sacó un paquete de tabaco.
Mi hermana no fuma.
Mi hermana dejó de fumar hace once años, cuando Hugo tenía cuatro, y no ha vuelto a fumar delante de mí en toda mi vida adulta, y yo me quedé en el coche mirándola encender un cigarrillo en la acera a resguardo del viento, dándome la espalda, y no me bajé.
Se fumó la mitad. Luego lo apagó contra la papelera y subió al coche.
—Ya está —dijo.
—¿Qué has firmado?
—Lo del fondo de Hugo y lo del expediente.
—¿Y el dinero?
—El dinero no.
Se puso el cinturón. Yo no arranqué.
—Julia.
—El dinero no lo quiero. —Miraba adelante—. El del niño sí, porque el del niño es del niño y a mí no me pone la mano encima nadie por eso. El otro es para mí y no lo quiero, y no me preguntes por qué porque no te lo voy a saber explicar.
—Vale.
—Y lo del expediente lo he firmado como estaba.
—¿Como estaba?
—Como estaba. —Se volvió por fin—. Destruyen la clave cuando se formalice la venta. Eso lo entendí perfectamente el día que me lo tradujiste y lo he vuelto a leer esta mañana delante de ellos, y lo he firmado igual.
—Eso significa que si yo voto que no, tu expediente...
—Ya sé lo que significa. —Levantó una mano—. Mara, ya sé lo que significa. Lo sé desde el veinticuatro.
Nos quedamos calladas.
—¿Quién estaba? —dije.
—Ella y un abogado joven.
—¿Qué tal ella?
—Muy educada. —Se ajustó el bolso en las rodillas—. Y muy lista. Me ha preguntado dos veces por ti.
Se me tensó algo en el estómago.
—¿Y qué le has dicho?
—Nada. Que estás bien.
—Julia.
—Que estás bien y que estás liada. —Se encogió—. ¿Qué querías que dijera?
—Nada. Está bien.
—Y me ha preguntado si te veo mucho, y le he dicho que últimamente sí. Y ya está.
Arranqué. La llevé hasta Getafe y estuvimos casi todo el camino hablando de Hugo y del tejado, y en el portal de su casa se bajó y se quedó un segundo con la puerta abierta.
—El cigarro no se lo digas a nadie —dijo.
—¿A quién se lo voy a decir?
—Ya. Bueno.
Cerró.
Volví por la A-42 y estaba metiendo el coche en el garaje de mi casa cuando me sonó el móvil.
Era el fijo de la sede.
—¿Mara? —dijo Celia—. ¿Estás en Madrid?
—Sí.
—¿Puedes venir un momento? Diez minutos.