Lo que sabe de mí Capítulo 32
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Capítulo 32

Fue en su casa y fue a la una de la mañana y no había nada.

No había guion. No había hoja de asignación, ni aviso automático, ni hora de verificación, ni un sobre encima de una mesa con un número de operación. Nadie iba a escribir un informe a las dos. Nadie iba a leerlo nunca.

Y por eso fue un desastre.

Habíamos estado hasta la una repasando la lista de los cinco de la diligencia.

En algún momento yo me había quitado los zapatos y había puesto los pies encima del sofá, y en algún momento él se había sentado en el suelo con la espalda contra el sofá, a la altura de mis rodillas, y llevábamos veinte minutos sin decir nada útil.

—¿Nos vamos a quedar así? —dije.

—Yo estoy bien así.

—No te he preguntado si estás bien.

Levantó la cabeza y la echó hacia atrás para mirarme del revés, en una postura tonta que no favorece a nadie.

—Dime lo que quieres —dijo.

—¿Ahora hay que decirlo?

—Ahora es la primera vez que hay que decirlo.

Y tenía razón, y me di cuenta de golpe de la cantidad de cosas que en tres semanas no habíamos tenido que decir nunca, porque las había dicho antes un papel.

—Quiero acostarme contigo —dije—. Ahora. Sin nada.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale, sí. Yo también. —Se puso de rodillas y se volvió hacia el sofá—. Dime tú cómo empezamos, porque yo no tengo ni idea.

Y así fue todo.

Nos besamos en el sofá y estaba mal calculado, porque él estaba de rodillas en el suelo y yo sentada, y a los dos minutos me dolía el cuello y se lo dije, y nos levantamos, y al levantarnos se me quedó el pie dormido y me tuve que apoyar en su hombro y los dos nos reímos una vez, mal, de esa manera en que se ríe la gente que no quiere reírse en ese momento.

En el pasillo me quitó el jersey y se me quedó enganchado en un pendiente. Estuvimos cuatro segundos parados, él con las manos arriba y yo con la cara tapada por la lana, mientras me lo desenganchaba.

—Perdona.

—No pasa nada.

—¿Te he hecho daño?

—No.

En la habitación había una lámpara de esas de pinza sujeta a la mesilla y la encendió, y luego la apagó, y luego la volvió a encender.

—¿Da igual?

—Da igual.

—Vale.

Y ahí ya no hubo más preguntas de ese tipo, pero hubo otras.

Hubo un «así no», dicho por mí, y él paró y esperó y probó otra cosa. Hubo un «espera» dicho por él, y esperé. Hubo un momento en que yo hice una cosa que no funcionó nada y él me cogió la mano y la movió cinco centímetros y dijo «aquí», y yo dije «vale», y funcionó.

Nos interrumpimos dos veces. La primera porque sonó un móvil, el suyo, en el salón, y ninguno de los dos se movió pero los dos dejamos de estar allí durante quince segundos.

La segunda porque él se paró en seco y dijo que le daba un calambre en la pierna y se tuvo que sentar en el borde de la cama con el pie en el suelo, y yo me quedé mirándolo con la sábana por encima y no supe qué cara poner.

—Qué desastre —dijo.

—Sí.

—¿Seguimos?

—Sí.

Y seguimos.

No sé cómo escribir la parte de después sin estropearla, así que voy a escribir lo que hubo y no lo que pareció.

Hubo dos personas que no sabían lo que iban a hacer, y que se lo preguntaron en voz alta cuatro o cinco veces, y que se equivocaron, y que se corrigieron.

Hubo un ritmo que no era el mío ni el suyo sino uno que fuimos encontrando y perdiendo.

Hubo un momento en que él me estaba mirando y yo le dije que dejara de mirarme y él dijo que no, y no dejó, y no dije nada más.

Terminó torcido, sin coreografía y sin final, con los dos respirando mal y con una risa suya que fue lo único bonito de toda la noche.

Y no estaba en ninguna parte.

Eso es lo que no me deja dormir cuando lo escribo.

Ochenta páginas sobre mí, con umbrales medidos y una eficacia al lado de cada cosa.

Y nada de lo que pasó en aquella cama estaba en esas ochenta páginas, porque no se puede escribir «se le queda el pendiente enganchado» ni «le da un calambre» ni «ella le dice que deje de mirarla y él no deja».

No fue mejor. Fue mucho peor.

A las cuatro nos levantamos porque teníamos hambre. La cocina de esa casa tiene una bombilla sin lámpara y una nevera con tres cosas. Comimos pan con jamón de pie, apoyados en la encimera, él con una camiseta y yo con una camisa suya, y estuvimos un rato sin hablar.

—Oye —dijo.

—Dime.

—El día cero. Cuando levanten la mano.

—¿Qué.

—Qué vas a votar.

Yo tenía en el bolso, a cuatro metros, en el salón, una página doblada en dos con un punto cuarto que dice quién firma el manifiesto de integridad. La tenía desde hacía cuarenta y ocho horas.

—En contra —dije.

Adrián asintió despacio y siguió comiendo.

—Vale —dijo.

Y esa fue la tercera.