Lo que sabe de mí Capítulo 31
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Capítulo 31

El despacho de Pilar Ferrán está en un tercero de la calle Barquillo, sin placa en el portal, con dos mesas y una sala de reuniones que es la misma habitación con la puerta cerrada.

Tiene cincuenta y tantos, el pelo corto y una manera de escribir mientras hablas que al principio incomoda y a los diez minutos tranquiliza.

—Cuénteme desde el principio y sin ordenarlo —dijo—. Ya lo ordeno yo.

Tardé cuarenta minutos. No me interrumpió ni una vez. Escribió cinco folios.

Cuando terminé dejó el bolígrafo.

—Voy a hacerle tres preguntas y quiero las tres respuestas cortas.

—Vale.

—¿Usted diseñó el método?

—Sí.

—¿Usted dirigía la unidad que construía los expedientes?

—Sí.

—¿Usted supo, en algún momento, que había un expediente sobre su hermana y no hizo nada?

Ahí me costó contestar.

—Sí.

Pilar volvió a coger el bolígrafo, escribió una línea y lo volvió a dejar.

—Bien. Ahora le voy a decir lo que hay, y luego usted decide, y esta es la única vez que se lo voy a explicar entero.

Cogió los cinco folios.

—Lo que describe usted es, en lo esencial, un tratamiento sistemático de datos reservados de personas concretas, obtenidos y utilizados sin su conocimiento, en su perjuicio, y cedidos a terceros que pagaban por ello.

Dentro de eso hay información de la esfera más protegida: relaciones familiares, procedimientos de familia, vida sexual.

Y hay ánimo de lucro, porque se facturaba.

—Sí.

—Y hay una circunstancia que le afecta a usted en particular, y es que quien dirige o gestiona los ficheros no está en la misma posición que quien ejecuta. Está peor. —Levantó la vista—. Usted no es el que llamaba a la puerta. Usted es la que hizo el fichero y la que escribió cómo se usaba.

—Ya.

—Además de eso, cada operación concreta puede añadir lo suyo, dependiendo de qué se consiguiera con ella.

Si con un engaño se logró que alguien firmara algo con contenido económico, eso tiene su propio nombre y su propia pena.

Y si hubo procedimientos de familia de por medio, habrá que mirar cada uno.

—¿Cuánto?

—No se lo voy a decir.

—Pilar.

—No se lo voy a decir porque cualquier número que yo le dé hoy va a ser mentira, y usted se va a agarrar a él.

—Se echó atrás—. Le voy a decir otra cosa, la que importa.

Esto no es una multa. Esto es de los que llevan prisión en el arco alto.

Con atenuantes puede quedar en otra cosa, y con confesión y reparación se mueve, pero no le voy a prometer una suspensión porque no se la puedo prometer.

—Entiendo.

—No, todavía no. —Puso las dos manos sobre la mesa—. Usted ha venido aquí con una idea. No me la ha dicho, y no me la diga hoy. Pero yo llevo veintiséis años en esto y sé cómo se sienta la gente que quiere defenderse y cómo se sienta la gente que quiere hacer algo. Usted es de las segundas.

No dije nada.

—Si lo que quiere es defenderse, tenemos trabajo y no es imposible. Usted no ejecutó, no aparece en ninguna ficha de campo y hay dos socios por encima. Se puede pelear.

—¿Y si lo que quiero es lo otro?

—Si lo que quiere es lo otro, entonces empiece por entender lo siguiente.

—Y ahí bajó la voz, no por dramatismo, sino porque el despacho es pequeño—.

Todo lo que sirva para probar lo que hicieron ellos sirve igual para probar lo que hizo usted.

No hay una versión de esto en la que caiga la casa y usted se quede fuera.

Ninguna. Y quien le diga lo contrario le está cobrando mal.

—Ya lo sabía.

—Saberlo y oírlo son cosas distintas y por eso se lo he dicho.

Estuvimos un momento en silencio.

—¿Me coge? —dije.

—La cojo. —Sacó una hoja de una carpeta—. Hoja de encargo. Provisión de fondos, esto. Si va usted por el otro camino, en algún momento habrá que preparar cosas y las prepararemos, pero hoy no. Hoy usted se va a su casa y no habla con nadie de esto.

—¿Con nadie?

—Con nadie. Ni con socios, ni con periodistas, ni con la persona que la está esperando abajo en un coche gris.

Levanté la cabeza.

—Se ve desde la ventana —dijo, sin mirarla—. Y lleva cuarenta minutos ahí.

Firmé la hoja. Me acompañó hasta el rellano y me dio la mano.

—Una última cosa —dijo—. ¿Tiene a alguien?

—¿Para qué?

—Para nada. Para que le haga la cena.

Bajé.

Adrián tenía la ventanilla bajada y el motor apagado.

—¿Qué tal? —dijo.

—Bien.

—¿Bien?

—Es cara y es buena. —Me abroché el cinturón—. Me ha dicho lo que ya sabía. Que la posición de la casa es mala y que hay que ir con cuidado.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—Tú qué posición tienes.

Miré la calle.

—Yo estoy fuera de la cadena operativa desde hace tres semanas —dije—. Es lo mejor que me ha pasado.

Arrancó. En la primera curva, sin mirarme, dijo:

—Vale.

Y no dijo nada más en once minutos.