Capítulo 30
Sela llamó a las ocho y veinte, cuando yo estaba en la cocina con el abrigo puesto.
—Soy Damián Sela. ¿Puede hablar?
—Puedo.
—Voy a ser rápido, que abro a las nueve. —Se oía una radio de fondo y luego dejó de oírse—. Me ha llegado un escrito de la asesoría de su antigua empresa. Ayer, por mensajero, a nombre mío y a la dirección del taller.
—¿Y qué dice?
—Tres cosas. La primera, que no procede concederme ninguna dispensa de mis obligaciones de confidencialidad para mantener conversaciones privadas con terceros. La segunda es una relación de los informes que constan firmados por mí, con fechas. Son once folios.
—¿Y la tercera?
—Que debo conservar toda la documentación que obre en mi poder y no destruirla. —Hizo una pausa—. Y hay un párrafo al final que dice que nada de lo anterior afecta a mis obligaciones ante autoridades administrativas o judiciales.
—Eso es cierto.
—Ya sé que es cierto. Está bien puesto. —Se oyó cómo movía algo—. Yo si me llama un juez voy, y voy sin abogado si hace falta, y digo lo que sepa. Eso no ha cambiado y no lo va a cambiar un papel.
—Pero.
—Pero a usted no le cuento nada. Ni por teléfono ni en el taller ni en ningún sitio.
—Damián.
—No me han amenazado. Me han recordado lo que firmé. Es peor.
Colgó él, después de decir que sentía las molestias, de esas que dice la gente que no ha causado ninguna.
Me quedé mirando la lista que había escrito la noche anterior en la cocina. Ocho nombres, de los cuales cuatro tenían teléfono.
Tacho el primero a las ocho y veintiséis de la mañana.
La segunda vive en Aluche y trabaja en una clínica dental. Habíamos quedado a las once en una cafetería de al lado y no apareció. A las once y veinte le mandé un mensaje. A las once y media contestó: lo siento, prefiero no. Gracias de todas formas.
Le contesté que lo entendía y no volví a escribir.
La tercera sí quedó, en una plaza de Tetuán, con un carrito de niño y quince minutos.
—Yo firmé en octubre —dijo, en cuanto me senté—. Antes de que usted me llamara.
—Ya lo sé, no vengo a eso.
—No, si me da igual a qué venga. Se lo digo para que no perdamos el rato.
Tendría treinta y muchos y hablaba deprisa, moviendo el carrito con el pie sin mirarlo.
—¿Le explicaron qué firmaba?
—Me lo explicó un abogado que me pusieron ellos y luego se lo enseñé a una amiga que es procuradora. —Se encogió de hombros—. Es un acuerdo. Yo cobro y no reclamo. No me engañaron.
—¿Y lo que le pasó?
Se quedó un momento con la mano en el asa.
—Lo que me pasó lo sé yo —dijo—. Y usted, por lo visto.
Y no hay nadie más en el mundo que lo sepa, y yo tengo una niña de dos años y una hipoteca.
—Movió otra vez el carrito—. Si un día hay algo grande y sale en el periódico, yo no voy a salir.
Si me llaman de un juzgado, iré. Pero yo sola, con mi historia, contra una empresa, no.
—No le estoy pidiendo eso.
—Sí me lo está pidiendo. —Lo dijo sin ninguna dureza—. Lo que pasa es que usted todavía no sabe que me lo está pidiendo.
Estuve dos minutos más y me fui.
Elena Soria trabaja en un estudio de la calle Espronceda, en un bajo con dos ventanas grandes a la calle, y a las siete de la tarde había luz dentro.
Llamé al timbre con Adrián detrás de mí, a dos metros, en la acera.
Abrió ella. Cuarenta y dos años, el pelo recogido, un jersey gris y unas gafas subidas en la cabeza. Me miró a mí primero y luego miró por encima de mi hombro.
Y cerró.
No dio un portazo. Cerró la puerta despacio, sin ruido, y echó el pestillo, y todo ocurrió en tres segundos y sin una palabra.
Me volví. Adrián estaba donde estaba, quieto, con las manos en los bolsillos.
—Vete —dije.
—Sí.
—A la esquina no. Al coche.
—Vale.
Esperé a que llegara al coche y volví a llamar.
Tardó casi un minuto. Cuando abrió, miró la calle entera antes de mirarme a mí.
—¿Se ha ido?
—Sí.
—Pase.
El estudio es una sala larga con dos mesas de dibujo, un ordenador y una maqueta de un edificio de viviendas en una mesa aparte.
Nos quedamos las dos de pie junto a la maqueta.
No me ofreció sentarme y no me ofreció nada de beber, y no fue descortesía: fue una manera de decirme cuánto iba a durar aquello.
Le conté quién era y de dónde venía y qué era Mímesis. Le conté que hace seis años alguien pagó por que ella firmara un acuerdo de residencia, y que lo que le hicieron estaba escrito en secciones numeradas, y que había un informe con fecha y con una desviación anotada.
Elena escuchó veinte minutos sin interrumpir ni una vez. Cuando terminé, tardó en hablar.
—Lo del trabajo de París —dijo—. ¿Eso también?
—Eso lo propuso el cliente. La oferta era real. Lo que estaba diseñado era que usted la aceptara.
—Ya.
Se quitó las gafas de la cabeza y las dejó en la mesa de dibujo.
—Yo pensé durante seis años que había sido tonta —dijo—. Eso es lo que he pensado. No que fuera desgraciada, ni que me hubieran hecho nada. Que fui tonta a los treinta y seis, con una hija de ocho y un juicio, por un hombre que conocía de dos meses.
—No fue tonta.
—Ya lo sé. —Volvió a coger las gafas y las dejó otra vez—. Lo sé desde hace once minutos, y le voy a decir una cosa: no me ha servido de nada. Es igual de irreparable que hace doce minutos, pero ahora además hay gente que lo sabe.
—Puedo llevar esto a un juzgado.
—¿Con qué?
—Con lo que usted cuente.
—Yo no voy a contar nada.
Lo dijo con una tranquilidad completa.
—Escúcheme —seguí—. Su testimonio, con el informe, con las fechas, con la autorización...
—Que usted no tiene.
—Que voy a tener.
—Cuando la tenga, vuelva. —Se apoyó en el borde de la mesa de dibujo—. Y aun así le voy a decir que no, y le voy a decir por qué una vez para que no me lo vuelva a preguntar.
Esperé.
—Alba tiene catorce años y sabe usar un buscador —dijo—. Eso es todo. No hay más razones y no le voy a dar otras.
—Se puede pedir que se proteja su identidad.
—Se puede pedir. —Casi sonrió—. Usted es abogada. Dígame cuánto dura eso y quién lo decide.
No contesté, porque la respuesta la sabemos las dos.
Me acompañó a la puerta. Antes de abrir, se paró.
—Una cosa —dijo—. ¿Él sabe que ha venido usted aquí?
—Sí.
—¿Y ha venido igual?
—Sí.
Elena se quedó un momento con la mano en el pestillo.
—Dígale que no vuelva a acercarse a esta calle.
En el coche, Adrián no preguntó nada. Arrancó y condujo hasta Chamberí y aparcó en doble fila delante de mi portal.
Yo saqué la libreta y taché el cuarto nombre.
Ocho nombres. Cuatro teléfonos. Un hombre que declarará si lo citan y que no me va a decir ni el año. Una mujer que no vino. Una que firmó en octubre. Y una que sabe exactamente lo que le hicieron y que no va a decirlo nunca, y que tiene razón.
Cerré la libreta.
—¿Mañana? —dijo él.
—Mañana no hay nada.
Y era verdad. Aquella noche, por primera vez en veinte días, no había ninguna vía abierta que no pasara por una sala del edificio de la calle Zurbano el día cero por la mañana.