Lo que sabe de mí Capítulo 28
55%

Capítulo 28

La gestoría es una oficina de dos plantas en la calle Orense con la que Mímesis trabaja desde el principio, y la chica que me atendió tenía toda la documentación preparada en una carpeta con mi nombre escrito a rotulador en el lomo.

Fue rápido y fue educado y duró veintiséis minutos.

Extinción de la relación laboral por causas objetivas.

Fecha de efectos, hoy. Preaviso sustituido por indemnización.

Liquidación, finiquito, vacaciones no disfrutadas, prorrata.

La cifra estaba bien calculada, porque las cifras de esa casa siempre están bien calculadas, y me la leyó en voz alta, y firmé el recibí con la coletilla de «no conforme» que se escribe a mano encima de la firma y que no sirve para casi nada pero que hay que poner.

Luego vino la lista de entrega de material.

—Portátil.

—Lo devolví el dieciocho.

—Consta. Tarjeta de acceso.

—Está anulada.

—Consta que está anulada, pero hay que devolverla.

La saqué del hueco de la puerta del coche, donde llevaba diecinueve días con las monedas, y se la di. La metió en un sobre pequeño y escribió mi nombre.

—Y queda otra cosa —dijo—. La cobertura del seguro de responsabilidad de administradores y directivos. Al extinguirse el vínculo, deja de cubrirte a partir de hoy para actos posteriores. Los anteriores siguen cubiertos, salvo exclusiones.

—Salvo exclusiones.

—Es la fórmula.

—Ya sé que es la fórmula. La negocié yo en el año cuatro.

Se quedó callada, con el bolígrafo en el aire, sin saber si eso requería una respuesta.

Cuando salí a Orense eran las diez y veinte de la mañana y llevaba en la mano una carpeta con mi vida laboral de once años y medio, y me di cuenta de que no tenía adónde ir.

Subí al despacho a las once, porque me habían dicho que fuera a recoger.

Estaba vacío.

No estaba desordenado ni revuelto: estaba vacío. Alguien lo había hecho bien, con cajas de las buenas, y había puesto en una las cosas personales y en otra los libros, y había dejado las dos cajas al lado de la puerta con una etiqueta que decía mi nombre y un número de teléfono por si faltaba algo.

Los muebles siguen ahí. La mesa que elegí, la silla, la estantería. En la pared hay una marca más clara donde estaba el cuadro, que es mío y estaba en la caja dos.

Abrí la caja uno delante de la puerta. Hay un cargador, dos libretas, una taza, un paquete de pañuelos sin abrir, una foto de Hugo con siete años en una playa de Cádiz y un bolígrafo bueno que me regaló Tomás cuando cumplimos cinco años.

Volví a cerrarla.

Bajé las dos cajas yo sola en el ascensor y las metí en el maletero, encima de las otras dos, que llevaban ahí desde el dieciocho.

Cuatro cajas.

Y a las doce y cuarto, sentada en el coche en el garaje de un edificio en el que ya no soy nada, hice tres llamadas.

La primera fue a un banquero de inversión que conozco desde hace ocho años y con el que he cerrado dos operaciones. Le expliqué lo que quería en cuatro frases: comprar el cuarenta de Celia y el treinta y cuatro de Tomás, o el cuarenta solo, o lo que se pudiera.

Me dejó terminar.

—Mara, tú sabes lo que te voy a decir.

—Dímelo igual.

—Primero, ellos no están vendiendo participaciones. Están vendiendo activos. Si vendieran participaciones a un tercero tú tendrías derecho de adquisición preferente y esto sería otra conversación. Pero es que no lo hacen, y por eso no se te activa nada.

—Eso ya me lo has dicho.

—Segundo: aunque quisieran vendértelas a ti, que no quieren, tú no tienes con qué.

—Puedo apalancarlo.

—¿Con qué garantía? ¿Con las participaciones de la propia sociedad?

—Es lo que se hace.

—Es lo que se hace cuando la sociedad está limpia.

—Se oía a alguien hablando de fondo en su oficina—.

Nadie financia la compra de una empresa contra la propia empresa cuando el comprador es la persona que va a abrirle una causa.

Porque esa es la parte que no me estás diciendo y que yo he entendido en la segunda frase.

No dije nada.

—Y si no fueras a abrirle nada —siguió—, tampoco. Porque hay una diligencia de venta en curso, y un comprador con abogados, y una socia de control con el cuarenta. Cualquier comité te lo devuelve en cuatro minutos.

—¿Y si consigo un plazo?

—Consígueme una empresa sin ese problema y te doy el dinero mañana.

Las otras dos llamadas fueron peores y más cortas.

A la una menos cuarto me quedaba una y la hice a Nuria, que no me cogió.

A la una y veinte me devolvió la llamada desde un número que no era el suyo.

—No puedo hablar mucho —dijo.

—No hace falta.

—Mara, están preparando una cosa.

—Ya lo suponía.

—El lunes nos pidieron a cuatro que pusiéramos por escrito incidencias de los últimos dos años. Decisiones tuyas. Cosas que hubieras hecho sin consultar. —Bajó la voz—. Dos lo han hecho.

—¿Tú?

—Yo he dicho que no me acordaba de ninguna.

—Eso no te lo van a perdonar.

—Ya. —Se rio sin gracia—. Bueno.

Colgué y me quedé un rato con las manos en el volante.

Once años. Un método, un protocolo de trazabilidad, un consentimiento de verificación, un artículo veintiuno y un blindaje estatutario que se protege a sí mismo. Todo escrito por mí, todo bien escrito, todo defendible delante de cualquiera.

Y a las once y media de la mañana de un día doce, con cuatro cajas en el maletero, la primera versión completa de mi vida profesional que iba a existir en el mundo la estaban redactando cuatro personas de la segunda planta a las que yo les había firmado las vacaciones.

Encendí el móvil y busqué en la agenda un nombre que me había dado hace tres años una compañera, en una comida, por si alguna vez.

Penalista. Despacho pequeño. No la conocía de nada.

Marqué el número con el motor todavía encendido.