Lo que sabe de mí Capítulo 27
53%

Capítulo 27

En recepción me pidieron el DNI.

Es la misma chica que lleva cuatro años y que me llama por mi nombre de pila, y me pidió el DNI porque el sistema no le deja generar un pase de visita sin documento, y yo se lo di, y ella lo pasó por el escáner con la cara de quien preferiría estar en cualquier otro sitio.

—¿Con quién viene?

—Con la sociedad.

—Ya, pero ¿a ver a quién?

—Pon asesoría jurídica.

Me dio una pegatina con mi nombre impreso y la fecha, de las que se ponen en la solapa y se caen a los veinte minutos.

La sala de visitas es la primera puerta a la derecha del vestíbulo.

Yo elegí ese sitio hace nueve años precisamente para que nadie que viniera de fuera tuviera que pasar por delante de las plantas de trabajo.

Está bien pensada. Tiene una mesa redonda, seis sillas iguales y un cuadro que no dice nada.

Estuve dieciocho minutos esperando.

Vino el abogado joven con una carpeta.

—Buenas tardes. Le entregamos la documentación complementaria correspondiente a los epígrafes cinco, seis y siete, en los términos del requerimiento.

—Léalos.

—Epígrafe cinco, cuaderno de venta actualizado a la última versión entregada al comprador. Epígrafe seis, informe de valoración, versión definitiva. Epígrafe siete, alcance de los trabajos de revisión efectuados por los asesores del comprador.

—El alcance sí.

—El alcance sí. —Puso la carpeta encima de la mesa—. El alcance forma parte del objeto. Lo que se entregó a los revisores, no.

—Eso ya me lo dijo la semana pasada.

—Y lo seguiré diciendo.

Firmé el acuse. Él se fue. Y yo me quedé sola en la sala de visitas del edificio en el que llevo once años, con una pegatina en la solapa, leyendo un documento de catorce páginas que se llama «Alcance de los trabajos de revisión».

Es una lista. Numerada, seca, sin adjetivos. Dice qué han comprobado los asesores del comprador durante ocho semanas.

Comprobaron la existencia y el volumen de los repositorios. Comprobaron la trazabilidad interna: que a un expediente le corresponde un guion, y a ese guion una clave, y a esa clave un informe. Comprobaron la integridad de la matriz por muestreo.

Y el punto once dice esto:

Verificación de reproducibilidad. Selección aleatoria de veinte expedientes cerrados en los últimos cuatro años, correspondientes a sujetos sin relación entre sí.

Comprobación de que, aplicada la misma sección a sujetos con el mismo indicador de umbral, el resultado documentado coincide en un porcentaje no inferior al declarado por la sociedad.

Lo leí tres veces.

Veinte mujeres. Y no digo mujeres porque lo ponga: pone «sujetos». Digo mujeres porque he leído once años de expedientes y sé cuál es la proporción.

Veinte personas elegidas al azar, sin ninguna relación entre ellas, que no se conocen, que no saben lo que les pasó ni cómo se llama, y a las que un despacho de asesores de un fondo ha usado durante ocho semanas para comprobar que lo que hicimos con ellas se puede volver a hacer.

Eso es el activo. No los once mil expedientes. Eso.

Ni siquiera están vendiendo la máquina. Están vendiendo el certificado de que la máquina funciona, y el certificado lo firmamos nosotros con la vida de veinte personas que no lo sabrán nunca.

Celia entró cuando yo llevaba veinte minutos con las catorce páginas.

Traía un vaso de agua y lo dejó en la mesa. Al pasar, enderezó una de las seis sillas, que estaba torcida, y la metió bien debajo de la mesa antes de sentarse en otra.

—¿Te han dado todo lo del requerimiento?

—Lo que habéis decidido dar.

—Lo que procede.

—El punto once del alcance —dije—. La verificación de reproducibilidad.

—Sí.

—Veinte expedientes.

—Veinte. —Ni un titubeo—. Elegidos por ellos, no por nosotros. Nosotros no supimos cuáles hasta que los pidieron.

—Eso lo empeora.

—Lo hace más limpio. —Cruzó las manos sobre la mesa—. Y de todas formas, Mara, ¿qué vas a hacer con eso?

Es la pregunta que llevaba veinte minutos haciéndome yo sola en aquella sala.

—Tienes un documento de catorce páginas que es correcto —siguió—.

No hay una sola línea ahí que no puedas enseñar en cualquier sitio, porque no hay nada ilegal en comprobar que un método funciona.

Y no tienes nada más. No tienes un expediente, ni un nombre, ni una autorización, ni una hora.

Tienes el índice de una casa que no puedes abrir.

—Todavía.

—Todavía no, ni luego. —Se echó un poco hacia atrás—. Tú no puedes usar esto, y lo sabes desde que has leído el punto once, y por eso llevas veinte minutos aquí sentada sin llamar a nadie.

Y ahí tenía razón, y las dos lo sabíamos, y ninguna de las dos lo dijo.

—Hay una cosa que no te ha contado Tomás —dijo entonces—. El paquete está cerrado desde el lunes. Con todas las cláusulas, como pediste. Y el plazo se acaba el día seis.

—¿Por qué me lo dices tú?

—Porque a él le da apuro y a mí no. —Cogió el vaso de agua, no bebió, lo volvió a dejar—. Todavía puedes salir de esto con dinero. No mucho más adelante. Ahora.

Recogí las catorce páginas y las metí en la carpeta.

—Se te ha caído eso —dijo, señalando la pegatina, que estaba en el suelo junto a la pata de la silla.

Adrián estaba en la acera de enfrente, apoyado en el coche.

—¿Qué te han dado? —dijo.

—Lo que pedí.

—¿Sirve?

—Es correcto.

Me abrió la puerta del copiloto y la sujetó, y cuando pasé por delante se quedó un segundo más de la cuenta con la mano en el marco.

—Vale —dijo.

—¿Vale qué?

—Nada.

Condujo él. En un semáforo de Génova, sin mirarme, dijo:

—Cuando decidas contármelo, cuéntamelo entero o no me cuentes nada. Lo de la mitad se me da fatal.