Lo que sabe de mí Capítulo 26
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Capítulo 26

Me lo llevé al salir. Estaba en la mesa del salón del apartamento, sujeto por el mismo cenicero limpio de la primera noche, y lo cogí a las siete menos cuarto de la mañana con el abrigo puesto y sin encender la luz grande.

Llegué a mi casa a las siete y veinte. Me hice un café, me senté a la mesa y lo leí entero.

Son siete páginas. Ocupa lo que ocupa cualquiera de los otros: dos folios de contexto, una hoja de contactos previstos y el resto de secciones numeradas, con los tiempos estimados entre paréntesis y los imperativos sin sujeto que puse yo en la plantilla hace nueve años porque un verbo en imperativo se ejecuta y un verbo en condicional se discute.

Sección uno. Sección dos. Sección tres. Sección cuatro. Sección cinco.

Y luego, abajo del todo de la séptima página, un encabezado con su número y su título, y debajo dos líneas de letra pequeña diciendo lo que dicen siempre.

No es una página que falte. Es una página que no está porque no puede estar.

Cuando escribí el protocolo dos punto cuatro yo tenía veinticinco años y una preocupación muy concreta, que me la había dado un caso del año anterior: un operativo que sabía cómo terminaba una operación había decidido, por su cuenta, terminarla antes.

Lo hizo porque le pareció que ya estaba, y el cliente reclamó, y la casa no tenía nada que oponer porque el hombre había cumplido las secciones que tenía.

Así que escribí que la última sección se entrega aparte, en mano, poco antes de ejecutarla, contra firma de recepción con clave y hora, y que se archiva con el expediente en el repositorio cinco.

Y escribí también, en un párrafo del que estuve orgullosa una temporada, que el operativo no conserva copia, para que ningún encargo pueda negociarse con ella encima de la mesa.

Es una buena norma. Sigue siendo una buena norma.

Y conviene que quede claro lo que significa y lo que no, porque yo estuve dos horas aquella mañana confundiéndolo a propósito.

No significa que él no supiera cómo acababa.

Él lo sabía. Se la dieron a las cinco de la tarde en un sobre, la leyó, firmó el acuse con su clave y con la hora, y la llevaba doblada en cuatro en el bolsillo interior de la chaqueta que estuvo toda la noche en el respaldo de una silla del salón, a tres metros de la puerta de la habitación.

Significa que yo no lo puedo saber.

A las nueve me puse a hacer lo que sé hacer: una lista de vías.

La primera es preguntárselo. Se lo pregunté anoche, en la habitación, y no contestó. Preguntar dos veces es una petición. Preguntar tres es una necesidad, y a una necesidad se le pone precio.

La segunda es coordinación. La sección está archivada en el cinco con el número de operación, y para pedirla hay que ser alguien que puede pedirla, y desde hace cinco días, a las nueve treinta y cinco, yo no soy nadie que pueda pedir nada.

Y una consulta al cinco deja una línea con el identificador de quien la hace.

La tercera es deducirlo.

Y en esta me detuve más rato, porque es la que hace uno cuando ya sabe que no hay ninguna.

Se puede deducir por el tiempo. Si el guion tiene cinco secciones y la sexta es el cierre, y si él se paró antes de terminar, entonces o bien la sexta decía que se parase, o bien no la cumplió.

Se puede deducir por la conducta posterior: un hombre que ejecuta una instrucción no se queda de pie, vestido, sin explicar nada.

O sí. Se puede deducir por la ausencia de informe, porque anoche no había verificación y por lo tanto no hay nada que escribir.

De todo eso salen dos hipótesis, las dos completas, las dos coherentes, las dos incomprobables.

Yo llevo once años redactando notas al pie que dicen «no verificado, no procede».

Sé perfectamente lo que vale una deducción sin la línea de abajo, y no es que valga poco: es que no vale nada, y además contamina lo que venga después, porque a partir del momento en que uno se queda con una de las dos hipótesis empieza a leer todo lo demás desde ahí.

A las once y media cerré el guion, le puse la grapa suelta en su sitio y lo metí en el mismo montón que las cuatro carpetas de anillas.

Y decidí dejarlo.

No como se dejan las cosas cuando uno se cansa. Lo decidí como se decide un archivo: escribiéndolo. Cogí la libreta y puse la fecha y una línea: 06-B, sección 6. Sin acceso. No reabrir.

Debajo, más pequeño, puse la hora.

Él no llamó.

No llamó en toda la mañana, ni al mediodía, ni por la tarde.

Yo tenía el móvil boca arriba en la mesa, lo cual ya es bastante decir, y a las cinco lo puse a cargar en el pasillo para dejar de mirarlo.

A las ocho fui al pasillo a ver si había llamado.

El móvil estaba cargando con la pantalla apagada.

MÍMESIS · GUION OPERATIVO

Operación 4471-B. Copia de campo. Páginas 4 a 7 de 7.

4. INSTRUCCIÓN DIRECTA

4.1. Formular en imperativo. No anunciar la acción propia. (Sustituye a la pauta de anticipación empleada en encuentros anteriores.)

4.2. Una instrucción cada vez. No encadenar.

4.3. Esperar al cumplimiento antes de formular la siguiente. Espera prevista: variable.

4.4. No corregir el cumplimiento. No agradecerlo.

4.5. Si el sujeto pregunta por el orden, no responder.

5. VERBALIZACIÓN DEL SUJETO

5.1. Requerir una manifestación en voz alta. Elegir del expediente, epígrafe 26.

5.2. No comentar la manifestación. No repetirla.

5.3. Registrar la respuesta en el informe únicamente si se produce desviación.

6. CIERRE

Sección entregada por separado conforme al protocolo 2.4. Contra firma de recepción con clave y hora. No consta en copia de campo. Archívese con el expediente.