Capítulo 25
No había verificación aquella noche. Lo comprobé dos veces antes de llamarlo: no había hoja de asignación, no había hora, no había nada en el calendario de coordinación al que ya no tengo acceso pero que sigue mandando el aviso automático a una lista de la que nadie me ha borrado.
Le dije que fuera al apartamento a las diez.
Llegó a las diez menos cinco con la chaqueta doblada en el brazo, la dejó en el respaldo de la silla del salón y se quedó de pie.
—¿Qué pasa?
—Quiero pedirte una cosa.
—Dime.
—Quiero que me lo hagas entero.
No se movió.
—Explícate.
—El expediente. El mío. —Me quité el abrigo yo y lo dejé donde lo dejé la primera noche, que ya no era un sitio a la vista, sino el respaldo de la misma silla que su chaqueta—. Todo lo que hay. Sección por sección, de la primera a la última, sin saltarte nada y sin adaptarlo.
—No.
—No te he terminado de decir por qué.
—No hace falta.
—Sí hace falta, porque si no te lo digo vas a pensar que es una prueba y no lo es.
—Me quedé donde estaba, a tres metros—. Yo llevo once años leyendo lo que pasa dentro de esas habitaciones.
Lo he leído en tercera persona, en pasado, con los verbos en impersonal, en informes de ochocientas palabras que corregía por las tardes con un café al lado.
He escrito los umbrales. He puesto notas al margen sobre la eficacia de las cosas que se les hacían a mujeres que estaban en mitad de un divorcio o de una herencia o de un juicio por un niño de seis años. Y no tengo ni idea de lo que es.
—Sabes lo que es. Te lo he hecho dos veces.
—Me has hecho tres secciones y media, con verificación, y las dos veces sabiendo yo lo que venía. —Y ahí bajé la voz, porque me estaba temblando y no quería que se notara en el volumen—. Quiero saber qué se siente cuando alguien tiene ochenta páginas tuyas y las usa todas.
—No.
—Es la segunda vez.
—Sí.
—Da una razón.
—Porque tú te crees que esto es un experimento. —Se pasó la mano por la boca y se la quitó—. Y no lo es. Lo que tú quieres es que te haga daño de una manera que puedas ordenar después.
Estuvimos así un rato. En aquel piso, de noche, no se oye la calle.
—Falta algo —dijo entonces, y se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta, que estaba en el respaldo, a tres metros de los dos.
Sacó una hoja doblada en cuatro.
—Esto me lo han dado esta tarde. En mano, en un sobre, arriba. Es la última sección.
Yo no me moví.
—No está en mi copia —dijo—. Nunca está. Se entrega aparte, poco antes, y se devuelve. Si me lo pides, no puedo enseñártela, porque la firma de recepción va con mi clave y con la hora.
—Ya sé cómo funciona. Lo escribí yo.
—Pues entonces sabes lo que estás pidiendo. —Volvió a doblar la hoja por donde ya estaba doblada y la metió otra vez en el bolsillo interior—. Me estás pidiendo que te haga lo que hay en un papel que tú no vas a leer.
—Sí.
—Dilo entero.
—Te estoy pidiendo que ejecutes el expediente completo sobre mí, incluida la parte que yo no he visto y que no voy a ver. Sabiendo que no la he visto. —Tenía las manos frías y las dejé quietas—. Sí. Eso es lo que te estoy pidiendo.
—¿Y si en esa hoja pone algo que no te gusta?
—Entonces diré la palabra.
Adrián miró la chaqueta en el respaldo. Miró la mesa. Miró la puerta de la habitación, que estaba abierta.
—Vale —dijo—. Lo hago.
—Dilo tú también entero.
—Voy a ejecutar el expediente completo sobre ti, con la última sección incluida, sabiendo que tú no la has leído. —No apartó la vista—. Y si dices la palabra, se acaba.
—Se acaba.
—En el sitio en que estemos.
—En el sitio en que estemos.
Y empezó.
No anunció nada. Eso fue lo primero y lo entendí enseguida: la primera noche me dijo lo que iba a hacer antes de hacerlo, y aquella noche no me dijo lo que iba a hacer. Me dijo lo que tenía que hacer yo.
—Quítate los zapatos.
Me los quité.
—Ven aquí.
Fui.
—Date la vuelta.
Ahí se acaba lo que yo puedo explicar bien.
Yo conozco ese expediente. Lo tuve delante en una habitación de hotel hace veinticuatro días, abierto encima de una mesa, y leí lo suficiente para saber lo que hay.
Sé que están las rutinas y los umbrales.
Sé que está lo de la anticipación verbal, y sé que está lo de la muñeca izquierda, y sé, porque lo leí con mis ojos y me dio vergüenza, que está el orden en que se me desarma.
Lo que no sabía es que ese orden funciona igual cuando lo reconoces.
Peor: funciona mejor. Porque cada vez que él hacía una cosa, yo sabía dos cosas a la vez. Sabía lo que estaba pasando en mi cuerpo, que es una información, y sabía en qué epígrafe estaba escrito, que es otra. Y las dos llegaban juntas y no se anulaban. Se sumaban.
Fue largo. Fue mucho más largo que ninguna de las dos noches anteriores, y no porque hubiera más, sino porque él no tenía ninguna prisa y porque cada instrucción venía después de un espacio en el que yo no sabía cuál iba a ser la siguiente.
Me dijo dónde ponerme y me lo dijo dos veces.
Me dijo que no me moviera y no me moví. Me dijo que le dijera una cosa en voz alta y se la dije, y era una cosa mía, una que no le he dicho a nadie, y estaba en la página veintiséis con un número de umbral al lado, y me oí decirla en una habitación vacía con una precisión que me dio la vuelta entera.
Hubo un momento en que dejé de poder mirarlo. Fue cuando me di cuenta de que estaba obedeciendo antes de que terminara la frase.
Después hubo otro, más adentro, en que dejé de saber si él estaba en la sección cuatro o en la cinco o en ninguna. Y eso, que era exactamente lo que yo había ido a averiguar, fue lo que dejó de importarme.
Acertaba. Acertaba en todo. En lo que me gusta, en lo que no digo que me gusta, en el sitio, en el ritmo, en cuánto esperar y en cuándo no esperar nada.
Ochenta páginas hechas con datos de consumo, con horarios, con lo que alguien vio desde una barra y con lo que dedujo un analista de veintitantos años en la segunda planta de un edificio de la calle Zurbano.
Y hay una cosa en la que no acertó, y no es un defecto del expediente. Es que no está.
En algún momento, con la cara contra su cuello y las dos manos donde él las había puesto, quise decirle una cosa que no tiene nada que ver con nada de esto.
No era del cuerpo. Era de las cinco de la mañana del otro día, del suelo de Lavapiés y de la manta.
Y no la dije, porque no supe cómo, y porque en ochenta páginas sobre mí no hay una sola línea que explique cómo se hace eso, ni cuánto tarda una en fiarse de alguien, ni qué haría falta.
Nadie ha escrito nunca esa sección. No se puede observar desde fuera.
Y entonces, casi al final, cuando faltaba muy poco y los dos lo sabíamos, se paró.
—Corta.
Lo dijo él.
Se detuvo en el sitio en que estábamos, exactamente como habíamos dicho, y no siguió, y no hubo ni un gesto más, ni una mano que se quedara donde estaba un segundo de más.
Yo tardé en entender lo que acababa de pasar. Estaba en un sitio en el que no se entienden las cosas deprisa.
—¿Qué? —dije.
No contestó.
Se apartó, se sentó en el borde de la cama y estuvo así un momento, de espaldas, y luego se levantó y se puso los pantalones y la camisa, y se abrochó los botones de abajo arriba, sin prisa, como se viste alguien que va a salir a la calle.
—Adrián.
—No.
—Solo dime si estaba escrito.
Se quedó quieto un segundo. Fue el único segundo de toda la noche en que no supe qué estaba haciendo.
Luego cogió la chaqueta del respaldo de la silla del salón, con la hoja doblada en el bolsillo interior, y se la puso.
—Buenas noches —dijo.
Y se quedó ahí de pie, vestido, de espaldas a la lámpara, sin explicar nada.