Capítulo 23
Julia estaba tendiendo cuando llegué. Es de las que tienden a las nueve y media de la mañana aunque llueva, porque lo hace su madre y porque lo hacía la nuestra.
—Hugo está en el instituto —dijo, con dos pinzas en la boca.
—Ya lo sé. Por eso he venido ahora.
Bajó las manos.
—Vale.
Le dije que necesitaba cualquier cosa que le quedara de entonces. Papeles, correos, mensajes, un nombre, una factura. Lo que fuera.
—Los papeles del juzgado están en una carpeta arriba —dijo—. Eso lo tienes cuando quieras. ¿Qué más quieres?
—De él.
—De él no tengo nada. —Volvió a la cuerda—. No teníamos fotos. Yo entonces no me hacía fotos.
—¿Mensajes?
—Cambié de número dos veces.
—¿Te acuerdas del número?
—No. —Puso una pinza—. Y no te estoy diciendo que no. Te estoy diciendo que no me acuerdo, que es distinto y me jode más.
Terminó de tender. Recogió el barreño, lo dejó boca abajo encima de la lavadora y se secó las manos en el pantalón.
—Falta una cosa —dijo.
—Vale.
—Y antes de dártela te voy a decir dos cosas, y luego decides.
Subió. Estuvo arriba cinco o seis minutos, más de lo que se tarda en coger algo de un cajón, y bajó con un móvil.
Es de esos de hace diez años, con teclas, con la carcasa azul rayada por abajo, con una pegatina de una tienda de reparaciones en la parte de atrás.
—Está muerto —dijo—. Lo cargo dos veces al año, en enero y en julio. Le tengo el cargador guardado con él porque ya no se encuentran.
Lo puso encima de la mesa de la cocina, pero no lo soltó.
—La noche antes de firmar quedamos en un sitio de Atocha —dijo—.
Yo llevaba el móvil en el bolsillo del abrigo y el abrigo en la silla.
Se ve que se me quedó pulsado algo. Cuando llegué a casa vi que tenía una grabación de cuarenta minutos y me acuerdo perfectamente de que pensé qué tontería, y le di a guardar en vez de a borrar, y luego me acosté.
—¿Lo has escuchado?
—Dos veces.
—¿Cuándo?
—La primera aquella misma semana. La segunda hace cuatro años, cuando Hugo dijo que se quería venir. —Miró la ventana—. Esa vez lo escuché entero. La primera lo corté a los diez minutos.
Yo no dije nada. Fue lo mejor que hice en toda la mañana.
—La primera cosa que te quiero decir es esta —dijo—. Yo esto lo he tenido nueve años. Nueve años en un cajón con su cargador, cambiándolo de casa dos veces. Y en nueve años he tenido delante a dos abogadas, a una mediadora, a un juez y a una psicóloga del colegio, y no se lo he enseñado a ninguno.
—Julia.
—No, escúchame, que esto lo he pensado mucho y solo lo voy a decir una vez.
—Se apoyó en la encimera—. Todo el mundo se cree que yo no hice nada porque no pude.
Y no. Yo no hice nada porque decidí no hacerlo.
Cada vez. Con Hugo llorando en el asiento de atrás los domingos, decidí que no.
Cuando cumplió nueve, decidí que no. Y cuando volvió conmigo, decidí que ya para qué.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que lo pensaba, la cuenta salía igual.
—Levantó un hombro—. Yo ganaba una cosa que no sabía qué era y él perdía un padre.
Y ahora tiene quince años y su padre le paga la mitad de las cosas y se llevan bien, y a mí eso me duele todos los días y es lo mejor que le ha pasado a mi hijo.
Se hizo un silencio largo, y en ese silencio yo tenía una frase preparada desde el coche que empezaba por «yo» y que no dije.
—La segunda cosa —dijo Julia— es que si tú te llevas esto, esto no es un papel. Aquí se oye mi voz. Se oye lo que le dije yo a aquel hombre esa noche.
—Ya.
—No, no «ya». —Y ahí sí me miró—. Aquí no se oye lo que me hicieron. Se oye lo que le dije yo. Y no es lo que tú te crees.
—¿Qué es?
—Es una mujer de treinta años dándole las gracias a alguien.
Cogió el móvil con las dos manos y me lo puso en la mía, y me sujetó la mano un segundo con las dos suyas antes de soltarlo, que es una cosa que hace desde que éramos pequeñas y que no sé si sabe que hace.
—Si lo usas, lo usas conmigo dentro —dijo—. No hay una manera de usar esto en la que yo me quede fuera. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo.
—Dilo tú, con tus palabras de abogada, que así te acuerdas.
—Que no hay ninguna forma de utilizar esta grabación que no te identifique a ti.
—Eso.
Se dio la vuelta y puso el fuego para el café que no me había ofrecido antes.
—El cargador está en la bolsa —dijo, de espaldas—. Y no lo cargues del todo, que se hincha.