Lo que sabe de mí Capítulo 22
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Capítulo 22

Vive en un tercero sin ascensor de una calle de Lavapiés en la que hay dos bares y una tienda de móviles. Abrió con la camisa por fuera y sin sorprenderse.

La casa es de las que se alquilan amuebladas.

Un sofá que no eligió nadie, una mesa con dos sillas, una estantería con cuatro libros y una caja de herramientas.

En la cocina había un plato y un vaso escurriendo.

Seis años fuera de Mímesis y no hay ni una fotografía, ni un cuadro, ni una planta, ni un objeto que diga que ahí vive un hombre de cuarenta y un años y no un hombre de paso.

—¿Quieres algo?

—Quiero que me digas por qué te fuiste.

Se quedó de pie en mitad del salón.

—Ya te lo he dicho.

—Me has dicho que te fuiste. Eso no es por qué.

—Se me acabó.

—No. —Dejé el bolso en la silla—. Me traes cuatro carpetas a mi casa. Me pones delante la última operación que hiciste sin que te la pida. Un hombre que quiere que lo dejen en paz no hace eso.

—Un hombre que quiere que lo dejen en paz tampoco vuelve.

—Pues empieza por ahí.

Estuvo un rato mirando la ventana. En la calle había gente saliendo de uno de los bares.

—¿Has leído los cuatro informes de NÁCAR o solo el tercero?

—Los cuatro.

—¿Y el de cierre?

—El de cierre son dieciséis líneas.

—Sí. —Se sentó en el brazo del sofá—. Ese lo entregué en mano.

Y me lo contó.

Le mandaron subir a coordinación con la carpeta cerrada, como siempre, porque los informes de cierre no se mandan, se llevan. Le dijeron que esperara. Había una mesa con material de tres operaciones a punto de archivarse, y encima de la de NÁCAR, boca arriba, un juego de folios que no era el suyo.

—Lo miré porque estaba delante —dijo—. No lo cogí. No lo saqué de la mesa. Le di la vuelta a una página con un dedo y ni siquiera me senté.

—¿Qué era?

—No lo sé.

—Adrián.

—No lo sé, y eso es lo que llevo seis años sin poder arreglar. —Se pasó la mano por la boca—. Era una hoja con mi clave arriba. LEV cero cuatro uno siete. Y debajo había párrafos numerados, y los números no empezaban por uno. Empezaban por seis.

Me senté en la silla de la mesa.

—Solo leí una línea entera. La otra la leí a medias porque entró alguien. —Miraba el suelo—. La línea decía que, cuando el procedimiento se agote, el operativo tenderá a ofrecer continuidad personal al objetivo, y que ese ofrecimiento debe registrarse pero no corregirse.

—¿Ofrecer continuidad personal.

—Sí.

—Es decir, prometer.

—Es decir, prometer.

Hubo un silencio de esos que se miden en respiraciones.

—El once de aquel mes —dijo—, en casa de aquella mujer, en mitad de una conversación que se estaba muriendo, se me ocurrió a mí decirle que me iba con ella a París.

A mí. Se me ocurrió allí, mirándole las manos, porque no se me ocurría otra cosa y porque no quería irme sin nada.

Y lo escribí en el informe como desviación, porque hay que escribirlo, y pedí instrucción sobre la sección seis por tercera vez.

—Y te devolvieron el sello.

—Me devolvieron el sello. —Levantó la vista—. Y veintitrés días después subí a entregar el cierre y vi una hoja con mi clave y un párrafo numerado seis punto algo que describía exactamente lo que yo creía que se me había ocurrido a mí.

Yo tenía que decir algo y no dije nada.

—No la volví a ver —siguió—. Pedí una copia por escrito y me contestaron que la sección seis no forma parte de la documentación del operativo. Que es correcto. Lo pone en el protocolo.

—Lo pone en el protocolo porque lo escribí yo.

—Lo sé.

—Escribí que el operativo no recibe la última sección para que no pudiera negociar el cierre de una operación por su cuenta. —Me oí decirlo y me pareció una explicación de otra persona—. Para protegeros.

—Sí.

—¿Y qué crees que era la seis?

—Yo. —Lo dijo sin ninguna carga—. Creo que la seis era yo. Creo que en algún momento alguien se sentó a escribir qué hago cuando el guion deja de funcionar, y lo puso en una sección que yo no podía leer, y desde entonces me han estado dejando huecos a propósito para que los rellene con lo mío.

—Eso no lo puedes probar.

—No.

—Puede que fuera una hoja de análisis de riesgo. Puede que fuera un informe de otro. Puede que leyeras mal una línea a metro y medio con alguien entrando por la puerta.

—Puede.

—Entonces por qué te fuiste.

Y ahí fue cuando se levantó del brazo del sofá.

—Porque durante ocho años pensé que lo mío era mío —dijo—.

Que había un manual y que había una parte que no estaba en el manual, y que esa parte era la mía y por eso me salía bien.

Y aquella tarde, delante de una mesa de archivo, se me ocurrió por primera vez que a lo mejor lo único que yo tenía era el sitio que me habían dejado vacío para que lo llenara.

—Verdad —dijo, y no lo dijo como pregunta.

Yo llevaba once años sabiendo que aquel método era mío. Lo he defendido en tres reuniones, lo he cobrado, lo he mejorado y le he puesto mi apellido en la portada de catorce documentos de trabajo.

Y aquella noche, en un tercero sin ascensor, entendí que yo había escrito la mitad.

Yo leí a un hombre durante seis años y convertí en procedimiento lo que ese hombre hacía.

Eso es la mitad. La otra mitad es que alguien, en la planta de arriba, mientras yo hacía eso, estaba escribiendo al hombre.

Y las dos mitades encajan porque están hechas con el mismo material y porque la persona que las juntaba era la misma, y no era yo.

—¿Cuánto tardaste en irte? —dije.

—Once días.

Me levanté y fui a la ventana. Era lo único que se podía hacer en aquel salón.

No sé cuánto rato estuvimos así. Sé que en algún momento él se sentó en el suelo, con la espalda contra el sofá y las piernas estiradas, y que yo me senté también, y que no nos sentamos cerca ni lejos, sino a la distancia en la que se sienta la gente que va a estar mucho rato.

Hablamos de cosas pequeñas durante hora y media.

De la caja de herramientas, que no es suya.

Del bar de abajo. De un tío suyo de Cuenca.

Yo le conté lo del piso sin muebles en el que redacté los estatutos, y que el notario tenía prisa, y que aquella noche me fui a cenar sola a un japonés porque no tenía a quién llamar.

En algún momento me quité los zapatos.

En algún momento me pasó una manta que había en el respaldo, sin decir nada, y yo me la puse por encima de las piernas y él no se movió de donde estaba.

No hubo nada. No es un eufemismo: no hubo nada.

No nos tocamos, no hubo ese momento en que uno alarga la mano, no hubo ninguna de las cuatro o cinco cosas que a esas alturas cualquiera de los dos sabía hacer con los ojos cerrados.

Y sin embargo aquello fue lo primero que hicimos juntos que no estaba en ningún papel, ni en el suyo ni en el mío.

A las tres y algo le conté lo de Julia.

Se lo conté entero. Que tenía una hermana cinco años mayor.

Que hace nueve años estaba en mitad de una separación y de una discusión por el niño, que entonces tenía seis.

Que apareció un hombre. Que fue amable. Que la convenció de que firmara una residencia temporal con el padre porque era lo mejor para todos, y que ella lo firmó con su bolígrafo en una mesa como esta, y que el hombre desapareció, y que el padre no devolvió al niño.

Que estuvo cinco años con visitas.

Que Hugo pidió volver con ella a los once y que por eso hoy existe esa casa de Getafe con el tejado que hay que arreglar en verano.

Y que aquello lo hizo mi empresa, con una autorización interna firmada arriba, y que yo tengo el número de referencia porque me lo trajo ella en un papel que le habían mandado la semana pasada.

Adrián escuchó todo sin interrumpir ni una vez.

—¿Y tú qué sabías? —dijo al final.

Es la pregunta. La hizo en el tono en que se pregunta una hora.

—Nada, entonces.

Fue la primera mentira que dije en aquellos treinta días, y la dije de la única manera en que se dicen bien, que es diciendo algo que es verdad si se le pone el adverbio adecuado.

Él no dijo nada más.

A las cinco menos veinte seguíamos los dos despiertos, uno a cada lado de aquel suelo, sin tocarnos, con la manta y la luz de la calle, y ya se oían los primeros camiones de la basura en la esquina.

—Entonces tú tampoco sabes si esto lo estamos eligiendo —dijo.