Lo que sabe de mí Capítulo 20
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Capítulo 20

A las dos y cuarenta de la madrugada tenía el suelo del salón ocupado.

Las dos cajas abiertas contra la pared. El cuaderno de venta con sus cuatro separadores.

El informe de valoración, con los tres escenarios.

La correspondencia relativa al objeto, que son ciento veinte folios de abogados diciéndose cosas que ya se habían dicho por teléfono.

Once epígrafes: cuatro completos, cinco parciales y dos noes.

Estuve dos horas buscando en aquello algo que no estaba.

Lo digo así de claro porque me lo tuve que decir a mí misma a las cuatro y veinte, sentada en el suelo con la espalda contra el sofá: ahí dentro no hay un solo expediente.

No hay una identidad. No hay un informe de campo, ni una ficha de objetivo, ni una autorización interna, ni el nombre de una sola mujer.

Hay ciento sesenta y tantos folios en los que Mímesis, Sociedad Limitada, se describe a sí misma para vender.

Es lo que pedí y lo que tenían que darme.

El derecho de información de un socio no abre el archivo.

Nunca lo ha abierto. Yo lo sabía cuando redacté el requerimiento y lo sabía cuando elegí la fecha, y aun así me pasé dos horas de madrugada abriendo separadores con la esperanza tonta de que a alguien se le hubiera colado algo.

A nadie se le había colado nada.

Así que a las cuatro y media hice lo que se hace cuando no se tiene lo que hace falta: trabajé con lo que hay.

Bajé los nueve cuadernos y bajé el catálogo.

El catálogo es una libreta pequeña, de tapa dura, que empecé el segundo año y que no había vuelto a abrir desde hace mucho.

No tiene identidades. Tiene tres columnas: clave de operativo, periodo de actividad y números de referencia de las operaciones sobre las que hice dictamen.

Lo monté porque necesitaba saber qué informes eran del mismo hombre sin poder preguntar de quién eran.

Es, literalmente, un índice de personas sin nombre.

Y había una cosa más, que llevaba nueve días en el salón sin que yo la hubiera mirado con esta luz.

La propuesta que le habían mandado a mi hermana.

Arriba a la izquierda, en cuerpo pequeño, encima del membrete: Ref. interna 08-ÁMBAR / conformidad retroactiva .

Ocho.

En esa casa las referencias internas llevan delante el número del año de apertura contado desde la constitución. El año ocho es hace nueve años.

A las cinco y diez tenía las tres líneas escritas.

ÁMBAR se abre hace nueve años. En la parte de la documentación societaria que sí me han dado, porque afecta a facturación consolidada, hay una primera factura del intermediario y una última, y entre las dos hay siete meses. La última es de hace ocho años y cinco meses.

Siete meses. Una operación larga. De las que, a partir de la semana diez, ya no se le asignaban a él.

Miré el catálogo.

En la franja de aquellos siete meses hay tres claves activas con dictamen mío.

Una de ellas es LEV-0417.

Me levanté. Fui a la cocina, me bebí un vaso de agua de pie, apoyada en la encimera, y volví al salón, y me senté otra vez en el suelo y miré la libreta con las tres claves y la franja, como si mirarla más rato fuera a quitar una.

El catálogo no dice qué clave hizo qué operación. Nunca lo dijo. Yo no podía saberlo entonces y no puedo saberlo ahora, porque lo que empareja una clave con una referencia está en el repositorio cinco, y el repositorio cinco lo perdí ayer a las nueve treinta y cinco.

A las seis y media me dormí en el sofá con el abrigo por encima.

Adrián llegó a las once y media, porque habíamos quedado para preparar lo del jueves.

Le abrí con la cara que tenía. Vio el salón: las dos cajas abiertas, los separadores por el suelo, los nueve cuadernos en fila y la libreta pequeña abierta en la mesa, boca arriba.

No preguntó qué era.

Eso fue lo primero. Un hombre entra en casa de una mujer que la noche anterior estaba normal, se encuentra el suelo así, y no pregunta.

—¿Has dormido? —dijo.

—Un rato.

—¿Preparo café?

—Sí.

Se fue a la cocina y estuvo allí ocho o nueve minutos, bastante más de lo que se tarda en hacer café. Volvió con dos tazas, dejó la mía en el único sitio donde había hueco, y se sentó en el suelo con la espalda contra la pared, delante de mí y no al lado.

Hablamos del jueves. De la casa de Puerta de Hierro, de la escalera, de quién iba a estar y de a qué hora. Estuvimos cuarenta minutos, contesté todo lo que había que contestar y no dije ni una palabra de la libreta abierta que había entre los dos.

Él tampoco.

En algún momento me alargó su taza para que la dejara en la mesa, porque yo estaba más cerca, y al cogerla nuestras manos hicieron lo que hacen las manos, y no la retiró, y yo tampoco.

Se inclinó.

—No —dije.

Se paró donde estaba. No hubo pregunta, ni gesto de sorpresa, ni ninguna de las tres o cuatro cosas que hace un hombre cuando le dicen que no y quiere que se note que lo ha oído.

Se echó atrás, apoyó otra vez la espalda en la pared y bebió café.

—¿Guion o verdad? —dije, y me salió peor de lo que quería.

—¿El qué?

—Lo de ahora.

—Ah. —Miró la taza—. Ninguna de las dos. Eso ha sido tuyo.

Y tenía razón, y era lo peor que me podía decir en aquel momento, porque yo no le había parado por lo de la otra noche.

Le había parado porque a las cinco y diez de la mañana había escrito tres claves en un papel y una de ellas era la suya, y no tenía ninguna manera de quitarla de ahí, y no podía preguntárselo sin acusarlo, y no podía dejar de mirarlo sin que lo notara.

Se fue a la una y media. En la puerta se puso el abrigo y se paró un segundo con la mano en el picaporte.

—Voy a por unas cosas a casa —dijo—. Vuelvo a las cinco, si te va bien.

—Me va bien.

—Vale.

Cuando cerró, volví al salón y me quedé de pie mirando el suelo.

Tres claves. Siete meses. Hace nueve años.

Y una de las tres acababa de sentarse en el suelo de mi casa, a metro y medio, a hacerme café.