Capítulo 19
La casa de Julia es un adosado de tres alturas con el salón en medio y la cocina abierta, y desde la puerta se ve la escalera entera. Abrió Hugo.
—Hola.
—Hola.
—Mamá está arriba. —Miró a Adrián dos segundos—. ¿Vosotros dos sois...?
—Compañeros de trabajo —dije.
—Vale.
Y se fue al sofá.
Tiene quince años y una manera de andar que todavía no le corresponde al cuerpo, y desde marzo me saca media cabeza.
Estuvo con nosotros los primeros veinte minutos, mirando el móvil y contestando por encima, hasta que su madre le dijo que subiera y bajara a cenar, y él subió y bajó a cenar sin discutirlo, que es lo que su madre lleva cuatro años consiguiendo.
Cenamos los cuatro en la mesa de la cocina. Julia había hecho arroz al horno porque le sale bien y porque no hay que estar pendiente.
Adrián se portó como se porta la gente que sabe estar en casa de alguien. Preguntó por la casa, se levantó a por agua sin que se lo pidieran, y a Hugo le hizo dos preguntas sobre un videojuego y luego lo dejó en paz, lo único que funciona con quince años.
Yo tenía la cabeza en otro sitio.
Llevaba desde aquella mañana con dos cajas en el maletero y una tarjeta muerta en el hueco de la puerta, y llevaba dos días con una idea que había empezado como una molestia y que a mitad de aquella cena se convirtió en otra cosa.
Adrián entró en la casa hace catorce años.
Se fue hace seis.
Lo de mi hermana fue hace nueve.
Es una aritmética de tres líneas y la había hecho por primera vez de pie en mi cocina, y luego otras cuatro veces por si acaso.
No da un resultado. Da una franja. Da que un hombre que estaba en esa casa haciendo ese trabajo estaba en esa casa haciendo ese trabajo el año en que a mi hermana le hicieron aquello.
Hugo dijo que se subía. Julia le dijo que dejara el plato en el lavavajillas y él lo dejó en el fregadero, y ella no dijo nada, que es cómo se ganan las guerras largas.
Nos quedamos los tres.
Julia se puso a hablar de la casa, de la hipoteca y de que en verano hay que arreglar el tejado, y luego, sin ningún aviso, dijo:
—A mí esta casa me la dieron tarde. Estuve cinco años en un piso de treinta y ocho metros en Leganés porque en aquel momento no me llegaba para más.
—¿Y eso? —dijo Adrián.
—Un divorcio malo.
Y siguió con el tejado.
Yo me quedé mirando la mesa. Es la única vez en nueve años que le he oído decir eso delante de un desconocido, y lo dijo así, en dos palabras, como se dice una fecha.
Adrián había dejado el tenedor.
No lo levantó durante un rato. Estuvo con las manos a los lados del plato, escuchando lo del tejado con toda la atención del mundo, y cuando volvió a comer lo hizo despacio y no volvió a preguntar nada personal en veinte minutos.
Ni una sola pregunta. Un hombre que llevaba dos horas haciendo exactamente lo que hay que hacer para que una casa se relaje, y que a partir de aquel momento se limitó a contestar.
No sé cuándo lo entendió. Sé que en algún punto entre el arroz y el café aquel hombre supo en casa de quién estaba cenando, y sé que no me miró ni una vez para comprobar si yo lo estaba viendo.
Julia sacó el café y una caja de galletas de las que compra para Hugo.
Y entonces, por lo que fuera, empezó a contar lo del juicio.
No lo de dentro. Lo de alrededor: que su abogada de entonces era una mujer mayor que le hablaba como a una tonta, que hubo un día que se dejó las llaves dentro del coche a la puerta del juzgado, que se acuerda de la máquina de café del pasillo mejor que de la sala.
—Es lo que se me quedó —dijo—. La máquina. Y que no me dio el cambio.
Adrián dijo entonces:
—¿Y eso lo has contado alguna vez entero?
Fue en el tono correcto. Sin peso, sin ternura, casi de pasada, mientras le acercaba la leche.
Julia se quedó un segundo con la taza en la mano.
—No —dijo—. Nunca.
—Ya.
Y lo dejó ahí.
Yo estaba a un metro y no fui capaz de tragar el café.
Es una pregunta. Es una pregunta amable que hace mucha gente.
Yo he leído esa pregunta, con esas palabras o con otras muy parecidas, en informes de campo firmados por seis operativos distintos, y está clasificada, y tiene una función, y la función es que la persona se ponga a contarlo entero, porque nadie ha contado nunca nada entero y todo el mundo quiere.
Julia empezó a recoger. Adrián se levantó a ayudar y ella le dijo que se sentara y él se sentó.
Hugo bajó a por agua a las once menos cuarto, en pantalón de chándal, y al volver se paró en el tercer escalón.
—Adiós —dijo, desde arriba, levantando la mano.
—Adiós —dijo Adrián.
Y el chico subió.
Nos fuimos a las once y diez. Julia me acompañó a la puerta con el abrigo de él en el brazo, se lo dio, le dio dos besos y le dijo que volviera cuando quisiera.
Luego salió conmigo al escalón, con los brazos cruzados por el frío, mientras él iba hacia el coche.
—Es majo —dijo.
—Sí.
—Muy majo. —Miró hacia la calle—. Oye.
—Dime.
—Esa frase se la he oído a otro.