Capítulo 18
Me citaron a las nueve en la sala de visitas, que es donde se recibe a los proveedores.
Había dos cajas de archivo en la mesa, de las de tapa, con una etiqueta impresa en el lomo, y al lado un juego de tres folios grapados que era el índice. El abogado joven de la asesoría estaba de pie junto a la ventana con un bolígrafo en la mano.
—Buenos días. ¿Le importa que vayamos punto por punto?
—Al contrario.
Nos sentamos. Sacó el índice, me dio una copia y empezó por el primero.
—Epígrafe uno, cuaderno de venta. Se entrega íntegro, con sus anexos, en la caja uno, separadores del uno al cuatro. Epígrafe dos, informe de valoración. Íntegro, caja uno, separador cinco.
—¿Y el rango de la valoración? Pedí los tres escenarios, no solo el central.
—Están los tres.
—Bien.
—Epígrafe tres, correspondencia con el comprador relativa al objeto de la transmisión. Se entrega la relativa al objeto. No la relativa al proceso.
—Eso no es lo que pedí.
—Es lo que se le entrega. —Lo dijo sin ninguna incomodidad, como se aprende en los despachos buenos—. Si considera que la entrega es incompleta, tiene los cauces que tiene.
—Ya sé los cauces que tengo. Los escribí yo hace nueve años en el artículo veintiuno.
Levantó la vista un segundo y volvió al papel.
Estuvimos cincuenta minutos. Yo iba tachando epígrafes en mi copia y anotando al lado, en el margen, «completo», «parcial» o «no». Salieron cuatro completos, cinco parciales y dos noes.
Los dos noes eran los mismos que llevaba tres semanas pidiendo. La composición de la lista de acceso a la diligencia, con el criterio de designación. Y el detalle de qué materiales de verificación se habían puesto a disposición de los asesores del comprador.
—Epígrafe diez —leyó—. «No procede: no se refiere a los asuntos comprendidos en el orden del día».
—El orden del día es la transmisión del activo.
—Correcto.
—Y yo pregunto qué se le ha enseñado al que compra el activo.
—Y la sociedad le contesta que eso es proceso, no objeto.
—¿Lo ha redactado usted?
—Lo he redactado yo.
—Está bien redactado.
—Gracias.
—No era un cumplido. —Firmé el acuse en las dos copias y le devolví una—. Es una constatación de que lo han hecho con tiempo.
Cuando terminamos, entró un chico de sistemas al que conozco desde que era becario. Traía una hoja y no me miró a los ojos en ningún momento.
—Es la baja de accesos —dijo—. Tengo que hacerla delante de ti.
—Adelante.
Se sentó en la punta de la mesa con el portátil y lo fue diciendo mientras lo hacía, porque el protocolo obliga a decirlo en voz alta y el protocolo lo escribí yo.
—Baja de credenciales operativas de la usuaria. Repositorio uno, revocado. Repositorio tres, revocado. Cuatro, revocado. Cinco, revocado. Seis, revocado. Siete, revocado.
—Falta el dos.
Se paró.
—El dos no lo tienes.
—Ya lo sé. Dilo igual, que si no el registro queda cojo.
Tragó saliva.
—Repositorio dos, sin acceso previo. —Escribió algo—. Y baja del vínculo técnico de traspaso, con efectos de hoy a las nueve treinta y cinco.
—Gracias.
—Lo siento —dijo, muy bajo, mirando la pantalla.
—No lo sientas delante del portátil, que eso también se registra.
Se levantó, recogió y se fue.
El abogado joven se quedó a apilar las cajas y a llamar por teléfono para preguntar si había un carro. No lo había. Bajamos las cajas él y yo, una cada uno, por la escalera, porque en el ascensor no cabíamos con las dos y ninguno de los dos propuso hacer dos viajes.
En el rellano de la primera me crucé con Nuria.
Se paró. Yo me paré. Ella tenía una carpeta contra el pecho y la apretó un poco más, y estuvo dos segundos así, y luego dijo:
—Buenos días.
Y siguió andando.
Nuria me ha llamado por teléfono catorce veces en tres años para preguntarme cosas que no venían en ningún manual. Le firmé el traslado de su hermana a la delegación de Sevilla. Sabe cómo se llama mi hermana.
—¿Hay orden? —le pregunté al abogado, ya en el vestíbulo.
—¿Perdón?
—Una instrucción a la plantilla. Sobre comunicarse conmigo.
—Yo no la he visto.
—Usted no la ha visto.
—Correcto.
Cargamos las cajas en el maletero. Me dio la mano, se despidió con corrección y volvió a subir.
Yo me quedé un momento en el garaje, con las manos frías, delante de mi coche.
Entonces hice una cosa que no tenía ningún sentido y que no había decidido hacer.
Fui hasta la puerta de acceso al garaje, la de personal, y pasé la tarjeta por el lector.
No hubo nada. Ni luz roja ni luz verde ni sonido. El lector se quedó igual que estaba, con su piloto naranja fijo, como si yo no hubiera acercado nada.
La pasé otra vez, más despacio, por si acaso.
Nada.
Volví al coche, me senté y estuve un rato sin arrancar, con la tarjeta todavía en la mano. Es una tarjeta blanca con el logotipo pequeño en la esquina y mi nombre impreso en letra fina. La diseñé yo. Elegí ese plástico porque era el único que no se rayaba dentro de un bolso.
La metí en el hueco de la puerta, con las monedas.
Y ahí, en el garaje, con el motor apagado y dos cajas detrás, tomé la única decisión limpia de aquella semana: no iba a intentarlo.
No iba a llamar a nadie de sistemas. No iba a pedirle a un antiguo colaborador que consultara una cosa por mí.
No iba a montar ninguna de las seis maneras que se me habían ocurrido entre las nueve treinta y cinco y las diez y veinte, y que eran seis y eran todas viables, porque llevo once años sabiendo dónde están los agujeros de esa casa.
Cualquier cosa que sacara de ahí a partir de aquella mañana sería una cosa sacada por una mujer a la que acababan de echar.
Arranqué. En la rampa, el móvil vibró en el asiento del copiloto.
Era Julia.
—Oye —dijo—. ¿El del otro día viene a cenar esta noche o no?
—¿Qué del otro día?
—El de tu trabajo. El que me dijiste.
—No te dije nada.
—Me dijiste bastante. —Se oía la campana extractora de fondo—. Que venga. Y avísame si come de todo.