Capítulo 17
La casa de Puerta de Hierro era de la fundación y estaba vacía, y habíamos ido a las nueve a mirar dos accesos y una escalera para la aparición del jueves siguiente, porque en las operaciones públicas alguien tiene que ver los sitios antes.
Estuvimos cuarenta minutos con el encargado y una linterna.
Cuando salimos me metí en el coche y no arranqué.
Adrián se metió también. Se quedó mirando la calle, que a esa hora no tiene ni gente ni coches ni nada.
—Vamos a repartirlo —dije.
—Vale.
—Yo tengo el requerimiento. Vence el dieciocho y lo que me den va a ser el cuaderno de venta, la valoración y once epígrafes de cosas que ellos han escrito sobre sí mismos. Eso lo leo yo, y lo leo bien, porque es lo único que sé hacer mejor que cualquiera de esa casa.
—De acuerdo.
—Lo que yo no tengo es lo que se dice en las salas. Quién está en la lista de la diligencia y por qué. Qué les han enseñado. Si Bru ha estado en el edificio alguna vez sin que conste.
—Eso lo puedo intentar.
—¿Cómo?
—Preguntando mal. —Se encogió, un movimiento pequeño—. En el debrief siempre hay alguien que corrige. Si yo digo un dato equivocado con seguridad, alguien lo arregla. Es la manera más fácil de que te cuenten algo, y la única que no deja registro.
—Eso es la sección tres.
—Eso es la sección tres, sí.
Anoté dos cosas en la libreta. Fuera se encendió una farola que llevaba apagada desde que habíamos llegado.
—El jueves —dije— quiero saber por qué mi nombre no está en la lista de cinco.
—Eso te lo puedo decir yo ahora.
—Dímelo.
—Porque la lista la hicieron hace diez semanas. —Se giró un poco hacia mí—. Cuando la hicieron, tú todavía no habías dicho que ibas a votar en contra. Y aun así no te pusieron.
—Ya.
—No es una conclusión mía. Es una fecha.
Estuvimos un rato callados. Yo tenía las manos en el volante de un coche parado. Es una postura tonta y no conseguí deshacerla.
—Hay otra cosa —dijo.
—Dime.
Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó unas hojas dobladas por la mitad, cuatro o cinco, dobladas y vueltas a doblar, del tamaño de una cartera. Las dejó encima del salpicadero, entre los dos, y quitó la mano enseguida, antes de que a mí me diera tiempo a hacer nada.
—¿Qué es?
—El camino corto.
—Explícate.
—Lo escribí yo hace once días, la noche que subimos a la habitación. —Miraba la calle, no a mí—. Cuando alguien te desmonta la operación entera en un bar, lo normal es dejarlo. Yo no lo dejé y me senté a rehacerla. Ahí está la manera de conseguir tu firma.
—No existe esa manera.
—Existe.
—Adrián.
—Existe, y no es un truco, y no tiene nada que ver con acostarse contigo.
—Ahí sí se volvió—. Es una secuencia de cuatro pasos con dos cosas que tú ya me has dado y una que me darías la semana que viene.
Está calculada para que no te dieras cuenta, y si la ejecuto, firmas. No digo que firmarías. Digo que firmas.
—¿Y por qué no la ejecutas?
—Porque te la estoy dando.
—Eso no es una respuesta.
—Ya lo sé.
Miré las hojas. Estaban dobladas de esa manera en que se dobla una cosa que se lleva encima muchos días.
Y aquí está el problema, y voy a escribirlo entero porque es el único punto de aquella noche en el que fui honesta conmigo misma.
Si aquello era verdad, aquel hombre acababa de renunciar a lo único que le garantizaba cobrar. Se había quedado sin la vía rápida por decisión propia y me había entregado la prueba de que la tenía.
Y si aquello era la sección siete, que es la que se aplica cuando el sujeto ha desmontado el procedimiento y ya no se puede seguir por el camino previsto, entonces lo que acababa de ocurrir era lo que hay que hacer: entregar una ventaja pequeña, comprobable y espectacular para que el sujeto conceda una grande.
No hay ninguna manera de distinguir las dos cosas. Ni leyendo las hojas, porque las hojas dirían lo mismo en los dos casos. Ni mirándole la cara, porque en la cara de este hombre no hay nada que no haya decidido poner. Ni esperando, porque las dos versiones se comportan igual durante semanas.
Yo he construido un sistema entero sobre la idea de que la conducta se puede leer. Aquella noche, en un coche parado, con las manos en un volante que no iba a ninguna parte, tuve delante la primera conducta de mi vida que no significaba nada.
—¿Las has enseñado a alguien? —dije.
—No.
—¿Consta que existen?
—No. No están en ningún informe y no las he pasado a limpio.
—Entonces puedes escribirlas otra vez cuando quieras.
—Puedo, sí. —Volvió a mirar la calle—. Eso también es verdad.
Cogí las hojas. Pesaban lo que pesa nada.
Podía abrirlas allí mismo. Encender la luz de cortesía y leer cuatro folios y saber qué me habría hecho este hombre, en qué orden y con qué me habría cogido, y a lo mejor reconocer un par de secciones mías y sentirme muy inteligente durante diez minutos.
Y luego ya lo sabría. Y entonces todo lo que hiciera a partir del jueves sería una cosa que yo estaría comparando, línea por línea, con una lista que tendría memorizada.
Abrí la guantera. Aparté el manual del coche y un paquete de pañuelos, metí las hojas al fondo, dobladas como estaban, y la cerré.
—Cuando esto se acabe —dije.
—Vale.
—No es una promesa.
—No he dicho que lo fuera.
Arranqué. Estuvimos veinte minutos en el coche hasta Chamberí y no volvimos a hablar de eso, ni de nada, y cuando lo dejé en la boca de metro se bajó sin decir nada más que buenas noches.
Aquella noche, en casa, me acordé dos veces de la guantera.
No bajé.