Capítulo 16
Lo cité a las doce y le dije que trajera tiempo, o sea, que no íbamos a tardar poco.
Cuando llegó tenía los nueve cuadernos en la mesa del salón, en fila, con el lomo hacia arriba y el segundo abierto, y dos hojas mías al lado con lo que iba a decirle escrito por orden.
Lo había preparado como se prepara una operación.
Lo digo porque es la verdad y porque no pienso escribirlo de otra manera: me senté el jueves por la noche, con la libreta, y ordené el material por eficacia esperada.
Puse primero lo que iba a desconcertarlo, luego lo que iba a hacerle daño y al final lo que iba a hacerle daño de verdad, que no es lo mismo y que se coloca al final por la misma razón por la que se coloca al final en cualquier expediente.
—¿Qué es esto? —dijo.
—Siéntate.
Se sentó. Miró los cuadernos y no los tocó.
—Tú has leído las conclusiones —dije.
—He leído el manual, como todo el mundo.
—El manual no. Las conclusiones analíticas. Los documentos de trabajo con los que se hizo el manual. Los que iban a la presidencia cada trimestre.
—Alguno.
—Todos. Lo sé porque están firmados por lectura y tu clave está en catorce de ellos.
Adrián se echó atrás en la silla.
—Vale —dijo—. Todos.
—Eso es lo depurado. —Puse la mano abierta sobre el cuaderno—. Esto es de dónde salió.
Y empecé a leer.
Empecé por una entrada del cuaderno tres, de hace diez años y medio, sobre un informe suyo de una operación en Sevilla. Leí primero el fragmento sanitizado, que son cuatro líneas suyas, y luego lo que había escrito yo al lado.
—«Repite la última palabra del sujeto cuando no sabe qué decir. Lo hace también cuando sí lo sabe y está ganando tiempo. Distinguible por el volumen: cuando gana tiempo, baja la voz».
Levanté la vista. Él no se había movido.
—«Comprobado en tres informes» —seguí—. «Preguntar a C. si se lo enseñó alguien o si le sale».
—¿Y qué contestó?
—Que le sale.
Pasé al cuaderno cuatro.
—«El sujeto de campo evita las despedidas. En seis informes consecutivos no consta cómo terminó el último encuentro. Redacta el cierre en pasado y en una sola frase. Comprobar si es un problema de redacción o un problema de conducta».
—¿Y qué era?
—Todavía no lo sé. —Pasé la página—. Esa entrada tiene una nota debajo de dos meses después. Pone: «no es redacción».
Ahí se movió por primera vez. Se pasó una mano por la boca, se la quitó enseguida y la dejó en la mesa.
—¿Cuánto hay? —dijo.
—Seis años.
—¿Seis?
—Empecé hace doce y tú te fuiste hace seis. En medio hay seis años de informes tuyos y nueve cuadernos, y tú estás en todos menos en el primero.
—Nunca coincidimos.
—Nunca coincidimos —dije—. Seis años en la misma casa.
Yo en la segunda planta y tú entrando por el mismo portal, y no nos hemos cruzado ni una vez, porque hay una norma que dice que análisis no conoce a campo.
La escribí yo, la segunda semana, y me costó una reunión de tres horas convencer a Celia de que era necesaria.
—Ya sé que la escribiste tú.
—Lo que a lo mejor no sabes es para qué. —Cerré el cuaderno cuatro y abrí el seis, el que tenía preparado—. La escribí porque un analista que sabe a quién lee deja de leer bien. Empieza a disculpar. Y yo llevaba cuatro meses leyéndote y ya había empezado.
No dijo nada.
El seis es de hace ocho años y medio y es el peor. No es el más duro de leer: es el más exacto, y por eso es el peor.
—«Rendimiento decreciente en operaciones de más de tres meses» —leí—. «A partir de la semana diez, los informes se acortan. Pierde el detalle sensorial y conserva el procedimental. No es cansancio; es que deja de mirar. Recomendación: no asignarle operaciones largas».
—Eso lo hicisteis.
—Eso lo hicimos. Dejaste de coger operaciones largas y no te dijeron por qué.
—Yo pensé que era por otra cosa.
—Todos pensáis que es por otra cosa. Esa es la gracia.
Bajé el dedo dos líneas.
—Y debajo pone: «Comprobar si el acortamiento aparece también cuando el objetivo le gusta».
Adrián levantó la cabeza.
—¿Y aparece?
—Ahí no lo puse.
—¿Por qué no?
—Porque no tenía datos.
—¿Y ahora?
Y esa es la pregunta que yo no había previsto en las dos hojas, y por eso contesté mal, que quiere decir que contesté deprisa.
—Ahora tengo dos informes tuyos de esta semana —dije—. Uno de once minutos y otro de cuatro.
Se quedó callado.
Yo estaba de pie al otro lado de la mesa con un cuaderno abierto en la mano, a metro y medio, y no me había acercado en toda la hora, y llevaba toda la hora sabiendo dónde tenía las manos él.
Eso también hay que escribirlo. No lo estaba haciendo por venganza.
Lo estaba haciendo porque llevaba tres semanas siendo la única persona de la habitación que no sabía nada, y porque tener a alguien delante mientras se le lee su propio diagnóstico es lo más parecido que hay a tocarlo sin tocarlo.
—¿Esto qué es? —dijo él entonces, y lo dijo despacio, mirándome—. ¿Guion o verdad?
Y yo dije:
—Verdad.
Lo dije por lo que él iba a entender y por lo que yo sabía que era.
Le estaba diciendo que aquello no formaba parte de ninguna operación, que no lo había escrito nadie, que no iba a constar en ningún informe y que no había un cliente detrás.
Y le estaba diciendo, en la misma palabra, que se lo estaba haciendo yo, a propósito, con material propio, después de prepararlo dos noches.
Es la primera vez en once años que he usado ese vocabulario fuera de un papel para hacerle daño a alguien.
Él tardó en contestar.
—Vale —dijo.
—¿Vale?
—Sigue.
—¿Cómo que siga?
—Que sigas leyendo. —Se echó hacia delante y puso los codos sobre la mesa, muy cerca del cuaderno, y no me lo quitó—.
Llevo doce años trabajando con un manual hecho conmigo y nunca he visto el material en bruto.
Solo he visto las conclusiones, que están escritas para la presidencia y en las que yo soy «el operativo de campo».
—Señaló el cuaderno con la barbilla—. Ahí pone lo que hago.
—Ahí pone lo que hacías.
—Ahí pone lo que hago. —Y luego, más bajo—: Lee la parte de las despedidas otra vez.
La leí otra vez.
Y mientras la leía por segunda vez, con él a cuarenta centímetros y los ojos cerrados, me di cuenta de una cosa que llevaba nueve días delante y que no había querido mirar.
Yo había subido a aquella habitación de hotel indignada porque alguien había abierto una ficha sobre mí. Ochenta páginas, umbrales, rutinas, la frecuencia con la que llamo a mi hermana. Un expediente.
Sobre él había seis años.