Capítulo 14
Entrar en el edificio siendo directora técnica en traspaso consiste en lo siguiente: se llama desde abajo, alguien baja, ese alguien firma tu entrada en su nombre y te acompaña hasta la planta, y al salir vuelve a bajar contigo.
No hay ninguna norma que lo diga. Lo hace la gente sola, porque nadie quiere ser el que te dejó suelta por un pasillo.
Aquel día bajó Nuria, de coordinación, con la carpeta de la aparición debajo del brazo y una disculpa en la cara que yo le agradecí en silencio no poniéndosela más difícil.
—Estamos en la dos —dijo—. Han traído las cosas a las once.
La sala de coordinación tiene una mesa larga y un espejo que se puso para los briefings de campo, hace años, con la idea de que los operativos pudieran verse mientras ensayaban una entrada. Se usó dos veces y luego se quedó ahí, como se quedan las cosas caras.
Encima de la mesa había una funda de ropa, un plano del salón del hotel, la lista de invitados de la fundación y una hoja con horarios impresa en cuerpo doce.
—Le dan el premio a un consejo de administración entero —dijo Nuria—. Es de esas cosas.
—¿Cuánta gente?
—Ciento veinte. Cóctel de ocho a nueve, cena, entrega a las once. Vosotros entráis a y cuarto para que os vean llegar juntos y os sentáis en la mesa nueve, que está bien colocada.
—¿Quién hay en la nueve?
—Dos del ICO, un notario y la mujer de un fondo pequeño que os va a preguntar por la operación.
—¿Y qué se contesta?
—Nada. Que es un proceso en curso. —Nuria bajó un poco la voz, aunque no había nadie—. Eso lo he puesto yo.
Adrián llegó diez minutos después, solo, sin que nadie lo acompañara, porque él sí puede subir. Saludó a Nuria por su nombre, no me saludó a mí de ninguna manera especial, y se quedó de pie junto a la ventana mientras ella iba a por el resto de los papeles.
Estuvimos tres minutos sin hablar. Yo tenía delante el plano del salón y me puse a contar las mesas, que son veinte, y a calcular en cuántas de ellas habría alguien que supiera quién soy. Salían nueve. Es lo que hago cuando estoy en una habitación con alguien y no puedo decir nada.
Nuria volvió con dos sobres.
—El de la ropa y el otro —dijo, y me dio los dos a mí, lo cual ya me pareció raro, porque el otro no es mío.
Lo abrí igual. En esa casa yo he abierto todo durante nueve años.
Eran cuatro folios manuscritos.
No mecanografiados con formato. No la plantilla de secciones con los tiempos entre paréntesis.
Cuatro folios de papel blanco, escritos a mano por las dos caras, con una letra pequeña, inclinada a la derecha, con las eses cerradas y los puntos de las íes desplazados hacia delante porque quien escribe va más deprisa que su propia mano.
La conozco. La he visto en márgenes de contratos durante once años. La vi por primera vez en una carta de dos páginas que me mandó cuando yo tenía veintidós años y le acababa de entregar un dictamen que no me habían pedido.
—¿Esto lo ha escrito Celia? —dije.
Nuria hizo una pausa mínima.
—La presidencia redacta a veces los guiones de las apariciones —dijo—. Cuando son en público y hay riesgo de imagen.
—A veces.
—Sí.
—¿Cuántas veces en los últimos dos años?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
Nuria miró la funda de la ropa.
—Cuatro —dijo—. Contando esta.
Me senté. Empecé por la primera cara, arriba a la izquierda, donde no hay número de sección porque a mano no se numeran igual.
Llegada a y cuarto. No dar el brazo en la entrada; ofrecerlo dentro, cuando ya haya gente mirando y ella no pueda rechazarlo sin que se note.
Durante el cóctel, apartarse. Que se la vea sola diez minutos. Volver cuando alguien la esté abordando y retirarse otra vez en cuanto la conversación se estabilice.
Mesa nueve. Sentarse a su izquierda. Ella se cansa de la gente por la derecha.
Levanté la vista un momento y volví a bajarla.
Eso último no está en ningún expediente.
No lo ha observado un operativo desde una barra ni lo ha deducido un analista de una hoja de consumo.
Eso lo sabe una mujer que ha estado sentada a mi lado en cuatrocientas reuniones y que se dio cuenta, en algún momento de estos once años, de que yo giro el cuerpo hacia la izquierda cuando quiero que alguien deje de hablarme.
Seguí leyendo.
Los tres primeros folios son la aparición. Entradas, salidas, con quién sí y con quién no, dos frases preparadas por si preguntan por la venta, y una anotación al margen que dice si sale Tomás, dejarla sola con él .
El cuarto folio es la noche.
Está escrito con la misma letra, con la misma velocidad y con la misma sintaxis administrativa, que es lo que hace que sea insoportable.
No hay ni una palabra sucia. No hay ni una palabra amable.
Es una mujer de sesenta y un años describiendo, en imperativo y sin sujeto, lo que un hombre va a hacerle a otra mujer esa noche, con las esperas medidas en minutos y con dos alternativas por si la primera no funciona.
Hay una línea, en el tercio de abajo, que dice qué hacer si me pongo a hablar de trabajo en mitad de algo.
La respuesta que propone es correcta. Es lo que a mí me haría callarme.
Nuria estaba abriendo la funda de la ropa y comentando algo del bajo del vestido. Yo dejé los cuatro folios sobre la mesa, boca arriba, y me levanté a beber agua del dispensador de la esquina, y bebí dos vasos seguidos que no me apetecían.
Cuando volví, Adrián los tenía en la mano.
No los había cogido a escondidas. Estaba de pie junto a la mesa, con los cuatro folios y con Nuria al lado, leyendo como se lee un horario de trenes.
Pasó la primera cara, la segunda, la tercera.
Al llegar a la cuarta no cambió el ritmo.
No apretó la mandíbula ni se puso serio ni levantó la vista hacia mí para comprobar si yo estaba mirando.
Tardó cincuenta segundos en el último folio. Más o menos lo que se tarda en leer eso.
Luego lo dejó encima de la pila, cuadró los cuatro papeles con dos golpecitos contra la mesa y se los devolvió a Nuria.
—¿Alguna duda? —dijo ella.
—Ninguna.
Nos hicieron ensayar la entrada, que suena ridícula y se hace en todas las operaciones públicas, porque la gente que llega junta a un sitio y no ha llegado junta nunca se nota a diez metros. Nuria puso dos sillas simulando el arco del salón y nos dijo que entráramos.
Entramos tres veces.
La primera lo hicimos mal, los dos, por separado. La segunda me ofreció el brazo en la puerta y Nuria dijo que no, que dentro. La tercera salió.
En la tercera me puso la mano en la parte baja de la espalda para orientarme hacia la izquierda, como había que hacer, y la quitó justo cuando terminó el movimiento, ni un instante después.
—Ya está —dijo Nuria—. Coche a las siete y media.
Recogí el sobre de la ropa. Adrián se fue primero, con un gesto para las dos.
Nuria estaba guardando los cuatro folios manuscritos en la carpeta, y yo me quedé mirando cómo desaparecían dentro, boca abajo, entre el plano del salón y la lista de invitados.
—Nuria.
—Dime.
—¿Los devolvéis?
—¿El qué?
—Los guiones de la presidencia. Cuando termina la operación, ¿los devolvéis o se archivan?
Se paró un segundo con la carpeta a medio cerrar.
—Se archivan —dijo—. Como todo.