Lo que sabe de mí Capítulo 13
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Capítulo 13

El taller está en un polígono de Valencia, entre una empresa de rótulos y una nave vacía con un cartel de «se alquila» descolorido. La persiana estaba subida hasta la mitad y dentro sonaba una radio de esas que ponen tertulia por la mañana.

Damián Sela tendría cuarenta y muchos. Estaba de pie junto a un banco de trabajo con una pieza desmontada delante, y no levantó la cabeza hasta que llevé dos o tres segundos parada en la entrada.

—Está cerrado hasta las cuatro.

—No vengo a arreglar nada.

Entonces sí me miró. Y no le hizo falta nada más: cogió un trapo del banco, se limpió las manos despacio, dedo por dedo, y no me tendió ninguna.

—Usted es la de los papeles —dijo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque solo hay dos clases de gente que viene aquí sin coche. —Tiró el trapo al banco—. Y usted no es de Hacienda.

En el taller hacía frío. Había un reloj de pared grande, de los de aguja, con el segundero saltando, y en el corcho, entre albaranes, un dibujo hecho por alguien pequeño y una foto que estaba de espaldas a mí y que él giró con dos dedos hacia la pared antes de sentarse en un taburete de metal.

—Dígame.

—Trabajó usted en Mímesis.

—Siete años.

—Y se fue hace siete.

—Me fui hace siete. —Cruzó los brazos—. Y no cobro nada de allí, ni tengo nada de allí, y no he vuelto a hablar con nadie de allí. Eso lo digo yo primero para no perder la mañana.

—No vengo a ofrecerle dinero.

—Peor.

Se lo conté con la mitad de las palabras que había preparado, porque en aquel sitio las otras no servían.

Le dije que había una operación de hace nueve años, un número de expediente y una autorización interna firmada por Celia.

Le dije que había una mujer, y que la mujer era mi hermana, y que la casa le había mandado un papel muy amable la semana pasada.

Sela escuchó sin moverse. Cuando terminé, miró el reloj de la pared. Fue lo único que hizo en dos minutos.

—¿Qué quiere de mí?

—Que me cuente lo que sepa.

—¿A usted?

—A mí. En privado. Sin abogados, sin grabar, sin nada.

—¿Y usted qué hace con eso?

—Todavía no lo sé.

Fue la mejor respuesta que le pude dar y él la agradeció, a su manera, que consistió en no contestarla.

—Yo firmé cosas cuando entré —dijo—. Y firmé más cosas cuando salí. Confidencialidad, no divulgación, y una lista de qué se considera información reservada que ocupaba tres páginas. ¿Usted sabe lo que dice esa lista?

—La escribí yo.

Sela se rio con la boca cerrada.

—Pues entonces ya nos entendemos.

—Escúcheme una cosa. Lo que yo le pido no es que declare.

—Ya sé lo que me pide.

—Quiero que quede claro, porque va a haber gente que se lo cuente al revés. Si mañana un juez le manda una citación, usted va, y va porque tiene que ir, y ni yo ni esa casa ni nadie puede impedírselo. Eso no está en discusión y no hay papel que lo cambie.

—Lo sé.

—Bien.

—Lo sé desde el primer día. —Se movió por primera vez: se echó hacia delante, con los codos en las rodillas y las manos colgando—. Lo que pasa es que un juez no me ha llamado y usted sí. Y usted no es nadie. Usted es una señora que ha venido en tren.

Tenía razón, y era la primera persona en tres semanas que me lo decía con esa limpieza.

—Entonces deme una manera —dije.

—Se la doy. —Levantó un dedo—. Que me manden por escrito que me liberan.

Una dispensa. Con membrete, con fecha y con una firma que valga.

Que diga que puedo hablar con usted, en privado, de lo que me pregunte, sin que eso me cueste nada.

Con eso yo me siento aquí, en este taburete, y le cuento lo que quiera saber, y le digo lo que me acuerde y lo que no.

—Sabe que no me la van a dar.

—Claro que lo sé. —Se echó atrás—. Por eso se la pido.

Nos quedamos callados. En la radio discutían dos hombres sobre algo que no era importante.

—Tengo pareja —dijo, sin que yo hubiera preguntado— y tengo críos.

Este taller es mío desde hace cinco años y todavía debo la mitad.

No me voy a poner delante de una empresa como esa con mi nombre y sin un papel, para que dentro de ocho meses el que se coma la instrucción sea yo. Y no porque me den miedo ellos.

—¿Entonces?

—Porque el que ejecutaba era el que ejecutaba. —Volvió a mirar el reloj—. Los que firmaban, firmaban con una inicial.

—¿Usted ejecutó aquella operación?

Y ahí se acabó.

Se levantó del taburete y cogió otra vez el trapo, y se puso a limpiarse unas manos que ya estaban limpias.

—Yo no voy a decirle a usted, aquí, en mi taller, qué operaciones hice y cuáles no. —Lo dijo sin rencor, como quien recita una dirección—. Tráigame el papel y se lo digo todo. Sin el papel no le digo ni el año.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. Lo mismo sería que le dijera que no me acuerdo. —Dejó el trapo—. Y no le he dicho eso.

Salí a la nave. Él vino detrás, no por acompañarme sino porque tenía que cerrar hasta las cuatro.

—Una cosa —dijo, ya con la mano en la persiana—. Si consigue el papel, no venga usted en tren. Venga con alguien que sepa escribir lo que yo diga.

Bajó la persiana hasta abajo del todo. Yo me quedé un momento en la acera, con el ruido del metal todavía en los oídos y el polígono entero vacío a las dos menos cuarto.

El tren de vuelta era a las cuatro y diez. Me senté en una cafetería de la estación con un café que no me bebí y con la libreta abierta, y me puse a hacer lo que hago siempre: ordenar.

Escribí tres líneas.

La primera decía: bloquear la venta.

La segunda decía qué pasa si bloqueo la venta.

Y lo que pasa es que el archivo se queda donde está, entero, con once mil expedientes y con el de mi hermana dentro, en un edificio de la calle Zurbano al que yo no voy a poder entrar dentro de cuatro días.

Celia sigue siendo Celia, con el cuarenta por ciento y con la lista de acceso a la diligencia, y dentro de siete meses vuelve a llamar a un fondo, o al mismo, con un despacho mejor y una cláusula estudiada, y con dos socios de los cuales uno estará cansado.

Julia sigue con su papel amable en la mesa de la cocina, y la clave con su nombre sigue pegada al expediente, esperando una firma mía que ya no va a llegar nunca, y por lo tanto para siempre.

Mi voto no destruye nada. Conserva.

Tardé bastante en escribir la tercera línea. La escribí en el andén, de pie, con la libreta apoyada en el muslo.

Decía: la única vía pasa por el archivo.

Y debajo, porque soy incapaz de dejar una nota sin fecha:

Día 22. Los accesos se van el 18.