Lo que sabe de mí Capítulo 11
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Capítulo 11

El orden del día decía «Punto único: asuntos de gobierno». Es la fórmula que se pone cuando no se quiere poner nada, y la habíamos usado tres o cuatro veces en nueve años, todas ellas para cosas menores.

Cuando entré había una persona más de las previstas: un abogado joven de la asesoría, con un portátil, sentado en el extremo de la mesa.

—Levanta acta —dijo Celia.

—¿De un punto de gobierno?

—De todo.

Me senté donde me siento siempre. Tomás llegó el último, con la carpeta, y se sentó sin decir buenos días, y eso fue lo único que tuve antes.

Celia leyó la propuesta en voz alta, sin adornos, con esa manera suya de leer que hace que las cosas parezcan ya ocurridas.

Cese de doña Mara Vidal Ríos como administradora de la sociedad. Cese de doña Mara Vidal Ríos como directora ejecutiva. A propuesta de don Tomás Llorente.

Cinco palabras. Iban al final, en la parte de la fórmula donde nadie escucha ya, y las dijo con la misma entonación que el resto.

Miré a Tomás. Tomás miraba el filo de la mesa.

—¿Motivo? —dije.

—No se requiere motivo.

—Ya sé que no se requiere. He preguntado por el motivo.

—Conflicto de interés durante una operación de venta en curso —dijo Celia—.

La administradora ha manifestado su intención de votar en contra del punto único de la junta convocada, y la administradora dirige el área de análisis, que es la que produce el inventario que se está auditando. No es sostenible.

Es un buen argumento. Es tan bueno que probablemente lo he escrito yo en algún informe sobre otra persona.

—Tomás.

Levantó la vista por fin.

—Es lo mejor para ti —dijo.

—No me digas lo que es mejor para mí. Dime por qué lo has propuesto.

—Porque estás dentro de la cadena. —Se pasó la mano por la boca—. Mientras seas administradora, todo lo que salga de ahí lleva tu nombre, y todo lo que se descubra dentro de dos años te lo van a preguntar a ti. Si estás fuera, estás fuera.

—Eso es lo que te has contado.

—Es lo que he pensado. No es lo mismo y ya lo sé.

Celia esperó a que termináramos. Nunca interrumpe una discusión que le conviene.

—Votamos —dijo.

Cuarenta a favor. Treinta y cuatro a favor. Veintiséis en contra.

—Quiero que conste el sentido de mi voto y quiero que conste literal lo que voy a decir ahora —dije, y me volví hacia el chico del portátil, que dejó de teclear y luego se dio cuenta de que era justo lo contrario de lo que tenía que hacer y volvió a empezar—.

Voto en contra del cese. Solicito que este acuerdo se eleve a acta notarial y que se me expida copia.

Y hago constar que, desde este momento, ejerceré todos los derechos que me corresponden como socia titular del veintiséis por ciento, incluidos los de información e impugnación.

—Consta —dijo Celia.

—¿Alguna cosa más? —dijo el chico.

—Sí. Que consta también que no dimito.

Fue lo único que hizo levantar la vista a Celia.

—Nadie te ha pedido que dimitas.

—Ya lo sé. Que conste igual.

Hubo veinte segundos de nada, con el ruido del teclado. Yo tenía las manos abiertas delante y las dejé donde estaban, porque en algún momento de aquella semana había decidido dejar de ordenar objetos delante de esa mujer.

—Hay un asunto operativo —dijo Celia entonces, y ahí cambió el tono, se volvió práctico—. La diligencia está abierta y la auditoría de inventario necesita a alguien que conozca la arquitectura. No podemos sustituirte de un día para otro sin que se caiga el calendario del comprador.

—Qué pena.

—Sí. —Ni un pestañeo—. Se propone mantenerte vinculada temporalmente como directora técnica en traspaso hasta el día dieciocho, con las funciones de acompañamiento y consulta que se determinen, y con tus credenciales operativas activas durante ese periodo.

Tardé un momento en entenderlo del todo, y cuando lo entendí me reí, una vez, sin ruido.

—¿Me cesáis y me quedo dentro dos semanas.

—Te cesamos de los cargos. El vínculo técnico es otra cosa.

—¿Con acceso?

—Con acceso monitorizado.

Ahí está.

—Explícalo para el acta —dije—. Con las palabras exactas.

Celia se lo cedió al chico de la asesoría con un gesto mínimo de la mano, y el chico leyó de la pantalla, muy deprisa, como si eso lo hiciera menos:

—Durante el periodo de traspaso, los accesos de la señora Vidal quedarán sometidos a registro individualizado de operación, con anotación de identificador, fecha, hora y elemento consultado, conforme al protocolo interno de trazabilidad.

—Conforme al protocolo interno de trazabilidad —repetí.

—Sí.

—¿Sabes quién escribió ese protocolo?

El chico miró a Celia. Celia no contestó, porque no hacía falta.

Es de las primeras cosas que hice cuando llegué.

Lo redacté para que ningún analista pudiera consultar un expediente por curiosidad, ni buscarse a sí mismo, ni buscar a su ex; para que cada vez que alguien abriera algo quedara escrito su nombre al lado.

Estuve una semana peleándolo porque la gente lo vivía como desconfianza, y lo defendí en una reunión diciendo que era al revés: que un registro protege sobre todo al que no ha hecho nada.

—Nada —dije—. Consta.

Bajé sola. En el vestíbulo pasé la tarjeta por el torno y el torno se abrió, como todos los días, con el mismo pitido corto.

Y esa es la parte que no supe explicarme durante días. Yo había ido bajando la escalera preparándome para una tarjeta muerta, para la escena de la mujer que se queda quieta delante de un cristal mientras dos personas de administración miran hacia otro lado. Habría sido más limpio.

Lo que había en cambio era un pitido igual que siempre, un torno que giraba igual que siempre, y una línea nueva en un registro que yo misma había inventado, con mi identificador, la fecha, la hora y la palabra «salida», esperando a que alguien la leyera.

Julia estaba en la acera de enfrente, apoyada en el escaparate de la papelería, con el bolso cruzado y las manos en los bolsillos del abrigo.

Llevaba allí el rato suficiente para que se le hubiera pasado el frío a los pies y hubiera empezado a moverlos.

MÍMESIS, S.L.

ACTA DE LA JUNTA GENERAL EXTRAORDINARIA DE SOCIOS

Extracto. Punto único: asuntos de gobierno.

En Madrid, siendo las diez horas, se reúnen la totalidad de los socios, presentes, que representan el cien por cien del capital social. Preside doña Celia Monterde Ayala. Actúa como secretario el letrado asistente designado al efecto.

Primero. Se somete a votación el cese de doña Mara Vidal Ríos como administradora de la sociedad y como directora ejecutiva, a propuesta de don Tomás Llorente Sanz.

Votos a favor: setenta y cuatro por ciento. Votos en contra: veintiséis por ciento. Se aprueba.

Segundo. Doña Mara Vidal Ríos solicita que se haga constar literalmente lo siguiente: que vota en contra del acuerdo; que solicita su elevación a acta notarial y la expedición de copia; que ejercerá desde este momento todos los derechos que le corresponden como socia titular del veintiséis por ciento del capital, incluidos los de información e impugnación; y que no presenta dimisión.

Se hace constar.

Tercero. Se acuerda mantener a doña Mara Vidal Ríos vinculada temporalmente como directora técnica en traspaso, con funciones de acompañamiento y consulta, hasta el día dieciocho.

Durante dicho periodo sus credenciales operativas permanecerán activas y sus accesos quedarán sometidos a registro individualizado de operación, con anotación de identificador, fecha, hora y elemento consultado, conforme al protocolo interno de trazabilidad.

No se formulan objeciones.

Sin más asuntos que tratar, se levanta la sesión a las diez horas y treinta y un minutos.