Capítulo 10
Bru se levantó cuando llegamos, apartó la carta de la mesa antes de que el camarero la retirara y le dijo algo al chico que nos acompañaba, por su nombre, sobre una mesa del fondo que estaba libre y en la que se oiría menos.
—Prefiero aquella, si a ustedes les da igual —dijo—. Aquí pasa todo el mundo.
Tendrá cuarenta y pocos, el pelo corto, un traje que no se ve. Es de esos hombres a los que se les nota que han comido en muchos sitios y que no se lo cuentan a nadie.
—Ismael Bru —dijo, y me dio la mano—. Llevo ocho semanas leyendo cosas escritas por usted.
—Espero que estuvieran bien redactadas.
—Están mejor redactadas que casi todo lo que veo. —Se sentó y sacó una libreta pequeña del bolsillo interior, la puso a su derecha y no la abrió—. Eso no siempre es bueno, dicho sea de paso. Cuando una documentación está muy bien hecha suele ser porque alguien tenía miedo de algo.
—O porque le pagaban por hacerla bien.
—También.
Adrián estaba a mi izquierda y no había dicho nada más que buenas noches. Llevaba la camisa que le habían puesto y una manera de estar sentado que yo conozco de los informes: presente, disponible, sin ocupar.
Pedimos. Bru pidió el vino sin consultarnos y se disculpó después, y luego pidió agua con gas y se bebió dos vasos antes de que llegara nada. Fue lo único de aquella noche que me pareció un tic.
Le dejé quince minutos de cortesía y luego entré.
—¿Qué compran ustedes?
—El archivo, el método, la marca y lo tecnológico —dijo, con la naturalidad de quien ha contestado eso treinta veces.
—Eso es la lista. Le he preguntado qué compran.
Bru dejó el tenedor en el plato.
—¿Quiere la respuesta larga?
—Quiero la respuesta de verdad.
—Suelen ser la misma. —Se limpió las manos con la servilleta y la volvió a poner en las rodillas—.
Nosotros tenemos participaciones en dos aplicaciones de citas.
Entre las dos, once millones de usuarios en cuatro países.
Tenemos también una empresa de historiales de consumo, que es un nombre feo para una cosa aburrida: sabemos qué compra la gente, con qué frecuencia y qué deja de comprar cuando le va mal.
Y tenemos una participación pequeña en un negocio de servicios de compatibilidad, que trabaja para aseguradoras y para dos plataformas de contratación.
—Nada de eso necesita lo nuestro.
—Nada de eso funciona.
Lo dijo sin subir la voz.
—Perdone, me explico. Funciona comercialmente.
La gente se registra, paga, se aburre y se va.
Lo que no funciona es lo otro: predecir con quién se queda alguien y por qué.
Llevamos siete años haciéndolo con correlaciones.
Emparejamos por gustos, por horarios, por vocabulario, por foto.
Y acertamos poco, y no sabemos por qué acertamos cuando acertamos.
—¿Y nosotros?
—Ustedes no correlacionan. Ustedes intervienen.
—Cogió la libreta pequeña, la abrió por la primera página y la volvió a cerrar sin escribir nada, y creo que fue el único gesto nervioso que le vi—.
Ustedes tienen, expediente por expediente, la secuencia completa.
Qué se sabía de una persona, qué se decidió hacer con eso, en qué orden, en qué tiempos, y qué pasó después.
Y lo tienen verificado. Eso no lo tiene nadie.
Ni las universidades, porque no pueden; ni nosotros, porque nuestros datos son de lo que la gente hace, no de lo que se le hizo.
—Está describiendo usted diez mil operaciones ilegales.
—Estoy describiendo un conjunto de datos —dijo—. Con qué se hizo no es mi trabajo. Se lo digo sin coquetería: no es una postura moral, es una cuestión de perímetro. Yo compro un activo y verifico que se puede integrar. Lo demás lo mira otro departamento y, si lo mira mal, esto no se cierra.
—¿Y qué integran ustedes exactamente?
—Lo que se puede reproducir. —Ahora sí abrió la libreta y escribió una palabra, una sola, y volvió a cerrarla—.
Nosotros no queremos las historias de esas mujeres, señora Vidal.
Las historias no valen nada, están todas contadas.
Queremos el manual. Queremos poder decirle a un sistema: esta persona responde a la anticipación, esta otra responde al retraso, y que el sistema acierte dos veces seguidas con dos personas distintas.
Yo había preparado seis preguntas para aquella cena. Se me cayeron cinco.
—¿Y luego?
—Luego se aplica donde tenga sentido. Recomendación de perfiles, para empezar. Retención de usuarios. Después hay cosas que me interesan más y que están más lejos: renovación de pólizas, aceptación de ofertas laborales, decisiones de compra grandes.
—Está hablando de decidir por gente que no sabe que está decidiendo.
—Estoy hablando de aumentar entre tres y siete puntos una tasa de conversión —dijo—. Que es lo mismo, sí. Pero se paga por la segunda frase, no por la primera.
Fue ahí donde pasó.
—¿Cuántos perfiles necesitan para que el sistema acierte dos veces? —dijo Adrián.
No estaba en el guion. Lo sé porque el guion de aquella noche lo había leído yo aquella tarde, entero, y porque su papel en esa mesa era ninguno: acompañar, servir vino, hacerme una pregunta amable cada veinte minutos y no hablar de trabajo.
Bru se volvió hacia él con verdadero interés, y ese fue el momento en que dejé de controlar la mesa.
—¿Usted a qué se dedica?
—A nada de esto. Pregunto por preguntar.
—Ya. —Bru sonrió un poco—. Con lo que hay auditado, y contando solo lo que está completo y verificado, entre nueve y once mil. Nos han enseñado la parte suficiente para saber que están.
Once mil.
Nadie de la casa me había dicho nunca ese número, y no me lo habían dicho porque nadie lo había contado nunca junto. Está en siete sitios distintos y ninguno de los siete habla con los otros seis. Eso también lo escribí yo.
Lo apunté por dentro, con la misma letra con la que apunto todo, y seguí sonriendo, y le pregunté a Bru por el calendario de integración, y él me contestó, y a los diez minutos volví a preguntarle otra cosa que él contestó también, y en algún punto de aquella hora dejé de trabajar sola.
No sé decirlo mejor. Yo preguntaba y Adrián dejaba caer el silencio en el sitio exacto para que Bru lo llenara.
Yo cerraba un tema y él lo reabría desde un lado que a mí no se me habría ocurrido, sin contradecirme nunca delante del comprador.
Dos veces me pasó el vino cuando yo iba a hablar demasiado rápido.
Una vez, cuando Bru evitó una respuesta, Adrián se rio de algo que no tenía gracia y Bru volvió a la pregunta él solo, para no quedar como el que se escaqueaba.
Nunca en once años había trabajado así con nadie. Ni siquiera con Celia.
Bru pidió la cuenta a las doce menos veinte y no dejó que la mirásemos. Se levantó, se abrochó la chaqueta y nos dio la mano a los dos, primero a mí, con las dos manos, como hace la gente que quiere decir que ha sido un placer sin tener que decirlo.
—Ha sido una noche muy agradable —dijo—. Y no lo digo por educación: llevo dos meses tratando con abogados.
Se puso el abrigo. Ya de pie, con las llaves del coche en la mano, nos miró un segundo a los dos.
—Cuídense —dijo.
Y se fue.
En la calle hacía frío. Anduvimos hasta la esquina sin hablar y allí me paré, porque si no lo preguntaba en ese momento no lo iba a preguntar nunca.
—Lo de los perfiles.
—¿Qué le pasa?
—Que no estaba.
Adrián se metió las manos en los bolsillos y miró hacia el paseo, donde no había nada que mirar.
—Verdad —dijo.
—¿Seguro?
—No.
—¿Cómo que no?
—Que no lo sé. —Se volvió—. Sé que no estaba escrito.
No sé si lo he preguntado porque quería saber la cifra o porque tú llevabas veinte minutos sin conseguir que te dijera nada y estabas empezando a apretar demasiado.
Si es lo segundo, entonces es la sección seis y es guion, aunque nadie me lo haya puesto en un papel.
—Eso no es cómo funciona.
—Es exactamente cómo funciona. —Empezó a andar—. Los buenos no ejecutan el guion. Lo tienen puesto.