Capítulo 9
Lo primero que noté aquella mañana fue que el chico de verificación no me saludó.
No es que me evitara. Estaba en el office con un café, me vio entrar por el pasillo y bajó la vista al móvil con una naturalidad que le costó trabajo. Nos vemos todos los días desde hace tres años. Le firmo las vacaciones.
Es lo que pasa cuando el informe de una operación lleva tu nombre en la casilla de sujeto. La gente que lo ha leído ya no sabe cómo mirarte, y la que no lo ha leído ha oído que existe.
Subí a mi despacho, cerré la puerta y estuve doce minutos sin hacer nada. Tenía el cuerpo raro, de una manera que no tenía que ver con el cansancio; había algo en los antebrazos, una especie de conciencia de que existían. Lo anoté mentalmente en la columna de lo que no viene al caso y seguí.
A las diez y media bajé a operaciones y pedí el cuaderno de venta.
—No lo tengo aquí —dijo la responsable de la sala pequeña, que es una mujer eficiente que lleva con nosotros seis años—. Lo lleva la asesoría.
—¿Qué asesoría?
—La de ellos.
—¿Y aquí no hay copia?
—Aquí hay borradores.
—Enséñame un borrador.
Hizo lo que hace la gente cuando le pides una cosa que no te va a dar: miró la pantalla como si allí estuviera la respuesta.
—Tendría que autorizarlo Celia.
—Yo soy administradora de esta sociedad.
—Ya lo sé. —Lo dijo con pena—. Es que la lista de acceso a la diligencia la hizo ella y son cinco nombres.
—¿Estoy yo?
—No.
Volví a subir. En el rellano de la segunda me crucé con Celia, que venía con dos carpetas y una taza de las de siempre.
—Buenos días —dijo—. He leído el informe.
Yo también tenía prevista esa frase. La había ensayado en la ducha, con dos o tres respuestas posibles, todas cortas. No sirvió ninguna, porque siguió antes de que me diera tiempo.
—Va muy bien —dijo—. Enhorabuena.
Y se metió en su despacho.
Estuve un rato de pie en el rellano. En algún momento pasó alguien y le dije buenos días con la voz normal.
Lo que Celia acababa de hacer no era una crueldad ni un aviso.
Era administración. Se felicita el progreso de una operación cuando la operación progresa, y se felicita delante del responsable, y ella es la responsable de operaciones, y el responsable de aquella era yo.
Había leído los tiempos, el cumplimiento de secciones y las desviaciones del sujeto. El sujeto era yo.
Y me había dado la enhorabuena en un rellano, con dos carpetas y una taza, como se le da a alguien la enhorabuena por un trimestre.
A las once y cuarto llamé a la notaría de Almagro con la que trabajamos desde la constitución y pedí hora para esa misma tarde. Me la dieron a las seis y media, la hora que dan cuando alguien insiste.
Pasé la tarde redactando. Es lo único que sé hacer cuando no puedo hacer nada.
El requerimiento tiene tres partes y las tres las escribí en hora y media, sin buscar ni un modelo.
Primera: quién soy. Titular del veintiséis por ciento del capital de Mímesis, Sociedad Limitada.
Segunda: qué pido. La documentación relativa a los asuntos comprendidos en el orden del día de la junta convocada, con enumeración de once epígrafes, y el primero de todos, el cuaderno de venta, con su denominación exacta y su fecha. Tercera: cuándo lo quiero.
Esa fue la única parte que me costó.
El derecho de información de un socio no es una llave.
No abre el archivo, no abre los expedientes, no abre nada de lo que la casa hace.
Sirve para una cosa muy concreta y muy pequeña: obliga a la sociedad a entregarte lo que se refiere a lo que se va a votar.
Es decir, obliga a Celia a ponerme por escrito cómo describe la empresa lo que vende.
No lo que hace. Lo que dice que hace, delante de un comprador que paga.
Y el plazo no viene en ninguna ley con un número que a mí me sirva. Lo pone quien requiere. Así que el plazo era una decisión y no un dato.
Podía pedirlo en diez días y quedarme corta. Podía pedirlo en tres y que me contestaran con una negativa formal, y entonces tener razón y no tener papeles.
Escribí ocho días.
El notario era un hombre de unos setenta años que lo leyó dos veces sin hacer ningún comentario y que solo levantó la cabeza al llegar al final.
—Ocho días desde la notificación.
—Sí.
—Eso la coloca a usted en el dieciocho.
—Sí.
—¿Y hay algo que ocurra el dieciocho?
—No que yo sepa.
Volvió a bajar la vista. Era mentira y él no tenía por qué saberlo, pero lo que yo no le dije, y lo que yo tampoco me estaba diciendo del todo aquella tarde, es que había elegido esa fecha porque era la última en la que todavía podía hacer algo con lo que me dieran.
Después del dieciocho quedaban dieciocho días para la junta, y dieciocho días es tiempo suficiente para leer y no lo es para nada más.
—¿Requiere usted también la entrega en soporte?
—En papel.
—¿Papel?
—Papel. Y con índice.
Hizo una anotación.
—Hay quien pide soporte digital —dijo, sin mirarme—. Se transmite mejor.
—Y se borra mejor.
No contestó a eso. Preparó el acta, la firmé, pagué el arancel con la tarjeta y me dio la copia con el sello de registro de entrada en la esquina superior derecha, un poco corrido porque el tampón estaba seco.
Salí a Almagro a las siete y diez. Había empezado a llover un poco, de esa manera que no moja pero obliga a todo el mundo a andar más deprisa.
Me quedé mirando el sello un momento debajo de una marquesina. Ocho días, y el último caía en el dieciocho.