Capítulo 8
El apartamento operativo está en un edificio de la calle Alcalá que la casa tiene desde hace once años y que no figura en ninguna parte con nuestro nombre. Es grande, está bien puesto y no vive nadie. Yo he leído doscientos informes redactados en él y nunca había pasado del recibidor.
Él llegó doce minutos antes que yo, como estaba previsto. Cuando entré, tenía la chaqueta en el respaldo de una silla y el guion abierto encima de la mesa, boca arriba, con las páginas sujetas por un cenicero limpio.
—¿Empezamos por lo administrativo? —dije.
—Empezamos por lo administrativo.
Dejé el bolso en el suelo. No me quité el abrigo.
—Hay verificación. Los indicadores se registran y el informe lo escribes tú antes de las dos.
—Sí.
—Estamos los dos dentro del guion y los dos lo hemos leído.
—Sí.
—Yo lo he leído esta tarde. Tú lo tienes desde ayer.
—Sí.
—Entonces léelo.
Se quedó quieto un segundo.
—¿En voz alta?
—En voz alta. Sección por sección, según vayas. —Me solté el primer botón del abrigo—. Si vas a hacer algo, quiero oírlo antes.
Y ahí está la cosa, y conviene decirla ya para que no parezca que la descubrí después.
Yo pedí eso creyendo que estaba levantando una barrera.
Anunciar el procedimiento es lo que se hace con los procedimientos que dan miedo: se dice el nombre del trámite en voz alta y el trámite se encoge.
Lo que no había mirado, porque llevaba once años leyendo la sección cuatro sin aplicármela, es que el anuncio previo está dentro del método.
No es una defensa contra la técnica. Es la técnica.
—Tres punto uno —dijo—. Confirmar el vocabulario en voz alta.
—Confirmado.
—Tres punto dos. No tocar hasta que el sujeto reduzca la distancia.
—Eso no lo vas a conseguir hoy.
—Lo pone así.
—Ya sé lo que pone. Lo escribí yo.
Se apoyó en el borde de la mesa, a dos metros, con las manos quietas, y no hizo absolutamente nada durante casi un minuto.
Yo tenía el abrigo a medio abrir, la puerta a mi espalda y todo el tiempo del mundo.
En el edificio se oía un ascensor que sube hasta la novena y que aquella noche no paró en ninguna otra planta.
Reduje la distancia.
—Tres punto tres —dijo—. Retirar una prenda de abrigo desde detrás, sin contacto con la piel.
Y lo hizo así, tal cual, y no me tocó, y lo dejó en la silla de al lado, doblado por los hombros, y volvió a su sitio.
—Tres punto cuatro. Recolocar la prenda en un punto visible.
—¿Eso para qué es?
—Para que sepas dónde está tu abrigo.
—¿Y eso qué produce?
—Que te quedes.
Miré la silla. Estaba a la vista, junto a la puerta, donde yo lo habría puesto.
—Sigue —dije.
—Cuatro punto uno. Anunciar la acción siguiente antes de ejecutarla, con un margen de dos a tres segundos.
—Anúnciala.
—Voy a ponerte la mano en la muñeca izquierda. En la cara interna. —Se señaló él la suya, con dos dedos—. Y no voy a hacer nada más durante un rato.
Contó los tres segundos. Yo los conté con él.
Me puso la mano en la muñeca.
Fue una mano en una muñeca. Eso es lo que fue, materialmente, y podría haberlo escrito en una hoja de conformidad sin faltar a la verdad.
Y sin embargo se me abrió la boca un poco y tuve que buscar el respaldo de la silla con la otra mano, y él lo vio, y no dijo nada, porque decirlo no estaba en la sección.
—Página cuatro —dije.
—Todavía estoy en la tres.
—Ya sé dónde estás. Ve a la cuatro.
—¿Me lo estás pidiendo o me estás corrigiendo el orden?
—Las dos cosas.
Miró el papel un segundo, como si lo necesitara, que no lo necesitaba.
—Cuatro punto cuatro —leyó—. El sujeto responde a la anticipación verbal más que al contacto. Anunciar con detalle. Cumplir exactamente lo anunciado. No añadir.
Yo he leído esa línea. La he leído en veinte expedientes de veinte mujeres a las que no conozco, y la he corregido, y una vez la reescribí entera porque un analista la había puesto en plural cuando debía ir en singular. Nunca la había visto con mi nombre encima.
—¿Esto lo has escrito tú? —dije.
—Yo no escribo el expediente. Yo lo ejecuto.
—¿Y quién lo ha comprobado? Porque esto no se lo he dicho a nadie. Nunca. Ni a nadie con quien haya estado, ni en una consulta, ni en voz alta estando sola.
—Alguien lo habrá observado.
—Esto no se observa desde fuera. No hay ninguna conducta que lo enseñe.
—Entonces lo habrán deducido. —Y me soltó la muñeca, lo único que no me esperaba—. ¿Corta?
Esa fue la única vez en toda la noche que estuvo en mi mano.
Y pensé lo que se piensa en cuatro segundos, que es poco y ordenado: que la palabra estaba funcionando exactamente como yo la había escrito; que él la había usado sin dramatizarla, igual que se pregunta una hora; y que si decía que sí, a las dos de la mañana habría un informe con una línea que diría que la operación se detuvo a petición del operativo, y esa línea la leería Celia dos días después.
Ninguna de las tres cosas fue la razón.
—No —dije—. Sigue.
Y siguió.
Fue frío y fue exacto y funcionó. Anunciaba, esperaba los tres segundos, cumplía lo anunciado y no añadía nada.
Cuando le pedí que se saltara una parte, no se la saltó; dijo que constaría en el informe como desviación del sujeto y siguió por donde iba, y que dijera eso en ese momento, con esa voz de trámite, me hizo más que lo que estaba haciendo con las manos.
Yo sabía en cada momento lo que venía. Sabía en qué epígrafe estaba escrito, sabía la eficacia media que le habíamos medido y sabía qué se supone que hace un cuerpo cuando se le anuncia una cosa y se le da esa cosa y ni una más. Y contestaba igual. Contestaba más, porque lo sabía.
Hubo un punto, con la espalda contra la puerta de la habitación y su boca en el sitio exacto donde él había dicho tres segundos antes que iba a estar, en que dejé de poder hacer las dos cosas a la vez. Podía clasificar o podía estar allí. Elegí, y la elección duró todo lo que quedaba de noche.
No hubo ternura. No la busqué y no me la ofrecieron.
Tampoco hubo brusquedad: no había ninguna sección que la previera y él no se salió del papel ni una sola vez, ni siquiera al final, cuando cualquiera se sale.
Terminó como termina un procedimiento bien ejecutado, sin sobresalto y sin nada que declarar, y yo me quedé un rato boca arriba oyendo otra vez el ascensor.
Después se incorporó. Se sentó en el borde de la cama, de espaldas, y cogió el móvil de la mesilla.
Empezó a escribir. Todavía desnudo, con la lámpara pequeña encendida, el pulgar bajando despacio por la pantalla y parándose de vez en cuando.
Miré el reloj: la una y cuarenta.
Estuvo once minutos.
MÍMESIS · GUION OPERATIVO
Operación 4471-B. Copia de campo. Páginas 3 a 5 de 5.
3. CONTACTO EN ESPACIO CERRADO
3.1. Confirmar el vocabulario en voz alta. (00:00–00:02)
3.2. No tocar hasta que el sujeto reduzca la distancia. Espera prevista: 40–90 s. Si supera 120 s, pasar a 3.5.
3.3. Retirar una prenda de abrigo desde detrás, sin contacto con la piel.
3.4. Recolocar la prenda en un punto visible. No dejarla en el suelo.
3.5. Alternativa de espera: comentario sobre un objeto de la habitación. Neutro. Máximo dos frases.
4. ANTICIPACIÓN VERBAL
4.1. Anunciar la acción siguiente antes de ejecutarla, con un margen de dos a tres segundos.
4.2. Mantener el margen constante. La variación del margen reduce el efecto.
4.3. Si el sujeto adelanta el orden de secciones, no corregir. Registrar en informe como desviación del sujeto.
4.4. El sujeto responde a la anticipación verbal más que al contacto. Anunciar con detalle. Cumplir exactamente lo anunciado. No añadir.
4.5. Contacto inicial recomendado: muñeca izquierda, cara interna. Sostener sin desplazamiento. 20–30 s.
4.6. No preguntar cómo se encuentra. No nombrar lo que ocurre.
4.7. Ante la palabra de detención, cesar. Sin excepción, sin pregunta y sin registro de incidencia.